
El murciélago sobrevoló sin radar
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Opereta "El murciélago", de Johann Strauss (h), con libreto de Richard Genée y Karl Haffner. Elenco: Teresa Musacchio (Resalinde), Mercedes Acuri (Adele), Gabriel Centeno (Eisenstein), Vanesa Mautner (Orlovsky), Manuel Núñez Camelino (Alfred), Mirko Tomas (Falke), Fernando Núñez (Blind), Cecilia Elías (Ida), Eduardo Jaime (Frosch). Puesta escénica de Horacio Pigozzi. Coro preparado por Hernán Schwarzman. Orquesta dirigida por Emiliano Greizerstein. Organizado por Juventus Lyrica. Teatro Avenida.
Nuestra opinión: regular
No cabe duda de que para tener éxito queriendo ser transgresor, hay que poseer talento e ingenio. En la propuesta teatral de Horacio Pigozzi, se trasunta una enorme audacia para buscar el modo de ser original anulando todas las tradiciones referentes a la opereta vienesa pretendiendo crear un espectáculo atractivo con muy pocos recursos. Pero claro: faltaron elementos para que las nuevas ideas crearan un clima adecuado a la historia y a la música, objetivo que no puede ser descartado cuando se trata del teatro cantado.
Aquí se creyó que un vestuario pintado sobre una madera o cartón, llevado por los cantantes, todos ellos en ropa interior y escondidos detrás de esos elementos, era posible para caracterizar a cada uno de los personajes. Y no se calculó el natural estatismo que impone a cualquiera tratar de moverse llevando su traje dibujado y sostenido por sus propias manos. Entonces la representación fue como de marionetas o un fin de curso de chicos en edad escolar ideado por sus maestras.
Tampoco fue atinada la iluminación. Bien se sabe que luces en contra del público anulan las imágenes en las penumbras. Entonces en la cárcel del último acto se vieron tubos de luces y ningún rostro. Pero ya en el primer acto se vivió la experiencia, original e ingeniosa, por cierto, de ver como elemento principal de la escenografía un gran plano arquitectónico de la planta del supuesto edificio donde se desarrolla la acción y una luz roja para indicar dónde se encontraba cada personaje. Un ejercicio interesante para los alumnos de la Facultad de Arquitectura, que seguramente aprobarán el proyecto, porque todo lo que falta del caserón lo pone la imaginación.
Batuta retenida
Ya en la obertura se escuchó una tendencia pronunciada del joven director Emiliano Greizerstein a retener los tempi en lugar de caminar con liviandad.
En las arias, dúos y tríos del primer acto ese error se hizo mayor, pero por fortuna, en el segundo y tercer acto la dinámica general fue mejorando, claro está que sin lograr calidad de sonido proveniente del conjunto instrumental. En cambio, el coro preparado por Hernán Schwartzman se escuchó con agrado principalmente en la cuerda de tenores.
Es una lástima que el joven músico no haga una reflexión sobre lo mucho que le falta para adquirir una buena técnica de marcación, porque una simple observación de sus gestos dejan ver movimientos presumiblemente confusos para cantantes y orquesta. De todos modos, como se trata de un joven apasionado por la música y la dirección orquestal, sus evidentes ansias de superación le harán encontrar el camino para desarrollar una buena carrera, siempre y cuando profundice el estudio de las obras con mesura y mayor meticulosidad.
Otro fue el rendimiento de los cantantes, la mayoría de ellos dotados de excelentes condiciones vocales. Tal el caso del ya experimentado tenor Gabriel Centeno, un sobrio Einsenstein y de Manuel Núñez Camelino, un muy joven tenor que llama la atención por su segura musicalidad y voz de un lírico llamado a desarrollar una exitosa carrera.
La soprano Teresa Musacchio, con autoridad para personificar a Rosalinda aporta un canto seguro, emisión firme y atractiva personalidad.
La joven Mercedes Arcuri fue una Adela musical y agradable, en tanto que Vanesa Mautner se lució como Otrovsky, destacando su buena condición vocal y una actuación sin las exageraciones habituales. Cecilia Elías tuvo el don de la ubicuidad para Ida y Mirko Tomas como Falke, el verdadero protagonista de la obra, fue de los mejores en cuanto a actuación como actor cantante, tanto por su naturalidad como por las inflexiones de su decir, lástima que Strauss no le otorgó en la partitura una parte con mayor lucimiento.
Los personajes de Frank, Frosch y Blind, no fueron delineados por el director de escena como para provocar la gracia necesaria. Sebastián De Filippi, Eduardo Jaime y Fernando Núñez hicieron lo que pudieron, que en realidad fue mucho y positivo al parecer haber quedado librados a su suerte.
En el segundo acto, el de la famosa fiesta en el Palacio de Orlovsky, se logró un momento que pudo ser muy atractivo, pero que concluyó en un agregado entre gracioso y ridículo. De pronto se ubicó un piano vertical, y un pianista, André Dos Santos, para acompañar a un ramillete de invitados.
El bajo barítono Guy Gallardo lució su hidalga figura con dos canciones. La primera, en buen estilo y sonoridad, "Viena, ciudad de mis sueños", de Sieczynski; la segunda, de Francis Poulenc, sobre un texto de Guillaume Apollinaire fue lo mejor de la fiesta. Después, la actriz Andrea Bonelli, que intentó cantar, un gaucho bailarín y un percusionista -buenos, por cierto-, y el barítono Víctor Torres, con vulgar camiseta y cantando una canción de Gershwin, fuera de estilo y voz emitida con displicencia que puede desteñir su futuro, fue el resto de un conjunto prescindible.
En resumen, un espectáculo de Juventus Lyrica que ha quedado muy lejos de la calidad exhibida en las impecables versiones de "La medium", de Gian Carlo Menotti y, el año pasado, "La violación de Lucrecia", de Benjamin Britten, esta última un recordado acierto del mismo Horacio Pigozzi.




