El paraíso, a medida

El cielo está presente en todas las religiones. Pero con variantes: puede ser desde un jardín exuberante hasta una colmena bulliciosa y trabajadora
Alejandro Schang Viton
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30 de junio de 2012  

Miguel de Unamuno escribía en 1913: "Hay que creer en esa otra vida para poder vivir ésta y soportarla, darle sentido y finalidad". Antiguamente se creía que la vida paradisíaca era sinónimo de ocio, paz y amor; un escenario en el que hombres y mujeres compartían el tiempo eternamente con la presencia del Altísimo. Una especie de revival de los Campos Elíseos de la mitología griega.

Para el islamismo, en cambio, el paraíso de Mahoma representa la generalización y sistematización de toda la civilización árabe del siglo VII. Un lugar envidiable conformado por jardines generosos, fuentes murmurantes y cascadas de agua cristalina donde los elegidos, vestidos suntuosamente y adornados, celebran constantes banquetes, tendidos sobre lechos de seda y oro. En este cielo -a la medida de los hombres- habitan unas 4000 vírgenes por cada creyente puro.

Según el hinduismo, las llaves para ingresar a este destino celestial son la fidelidad y la generosidad. Los antiguos escritos Vedas lo describen ampliamente: "Allí, los muertos, de cuerpos gloriosos, son sentados en la mesa de los dioses, en un tercer cielo. Allí beben el soma, licor de la inmortalidad, y gustan de todos los placeres, incluyendo los carnales. Un lugar repleto de alegrías bien materiales, de palacios, oro, frutas suculentas, cantos y voluptuosas compañías".

El budismo lo interpreta como un país puro , al oeste del cosmos, donde los creyentes renacen en cálices de lotos que se abren con tanta más vida cuanto más pura sea el alma por acoger y, a veces, les son necesarios millones de años.

Mientras que para el shintoísmo, antigua religión japonesa, los ancestros, los Kami, protectores de los vivos durante cien años antes de comenzar la reencarnación de las almas, residen en paz y armonía, un concepto bastante difuso del edén.

Como los dioses

La mayoría de los pueblos africanos suponía que los muertos cazan, contraen matrimonio, habitan ciudades, y las cosechas son exuberantes, existe la eterna juventud, hay danza y placeres continuos, y se festeja todo el tiempo.

Los druidas galos y bretones creían también en la vida futura. Algunos relatos de la mitología celta, como El viaje de Bran , hacen alusión al país de los muertos, una tierra alejada y maravillosa, una isla venturosa más allá del océano a la que se arriba tras una larga travesía y donde se disfruta de una vida semejante a la de los dioses.

El escritor romano Valerio Máximo, del siglo I, contaba que los galos pedían plata prestada que se comprometían a devolver en la ultratumba y depositaban cartas sobre las tumbas de sus familiares fallecidos. Los germanos creían en una nación en el mar al que se llegaba por agua y un barquero de almas los conducía a cambio de un par de monedas. Los escandinavos consideraban el Valhalla como la residencia de los héroes, un palacio de 540 puertas, y compartían una batalla contra el mal permanente junto a Odín. Ahí vivían de banquete en banquete, rodeados por valquirias, bebiendo néctar en abundancia.

Los egipcios, en cambio, compartían en el más allá la gloria con Ra en el cielo, cultivaban las tierras celestiales y el pasaje del alma estaba a cargo de Osiris.

En Asia Central y Occidental, los que seguían la religión de Zaratustra creían que el alma debía atravesar el puente Tchinuat hacia la morada celeste, donde la felicidad consistía en habitar cerca de Dios, en una de las tres esferas bienaventuradas, las tres moradas de los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones.

Los antiguos romanos también creían en la vida después de la muerte, colocaban las tumbas a lo largo de las rutas con el fin de que los muertos no se sintieran aislados u olvidados, y frecuentemente escribían en ellas: "Que la tierra te sea ligera".

El teólogo y escritor suizo Johann Caspar Lavater publicó, entre 1768 y 1778, el libro Previsiones sobre la eternidad, en el que anota que los justos serían capaces de moverse a través de los infinitos mundos del universo.

El filósofo inglés Henry More (1614-1687) en el Tratado de la inmortalidad del alma (1659) refiere que en el cielo "no existe la lujuria ni diferencia de sexo entre las almas". Años antes, el teólogo francés Franois Arnoux escribía en 1622 Maravillas del otro mundo , y en su obra identifica al cielo con el concepto de la ortodoxia escolástica y aceptó el rechazo que Santo Tomás de Aquino había mostrado por los actos de comer y beber en la morada celestial, pero a diferencia del gran teólogo y filósofo italiano, sí difundió la idea de exuberantes jardines, frutas y plantas aromáticas, "siendo las preferidas de los santos, las rosas y los claveles", y agregaba que ahí "la risa no cesa jamás".

Perversos callados

También el poeta y ensayista inglés John Milton en El paraíso perdido , publicado en 1667, describe el edén como un jardín lleno de flores de dulce aroma, árboles frutales y prados de hierba mullida regados por una gran fuente. El poeta inglés Lord Byron (1788-1824) sostenía que aquellas mujeres que durante el matrimonio en la tierra habían actuado como brujas se iban a convertir tras su muerte en ángeles celestiales: "Sin vosotras el jardín del edén se marchitaría".

Tiempo después, el inglés bautista William Clarke Ulyat refirió en uno de sus escritos: "Los santos se ocupan de entregar mensajes, enseñar, trabajos artísticos y el arte de la conversación. El cielo es una bulliciosa colmena, un centro de trabajo, a cuyos habitantes caracterizará la energía positiva, pues no habrá haraganes en el campamento ni zánganos en la colmena".

Finalmente, en el Diccionario del demonio , su autor, Ambrose Bierce, define el cielo como "un lugar donde los perversos dejan de molestar hablándole a uno de sus asuntos personales, y los buenos escuchan con atención mientras uno expone los propios". Para el autor de El hacedor , Jorge Luis Borges, en cambio, el paraíso tiene aspecto de biblioteca.

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