En la tierra de los Hives, las mujeres son hermosas y el gobierno te paga por formar un grupo. Estas son las principales bandas de un fenómeno en expansión. ¿Se viene la invasión vikinga?
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Es viernes a la noche y el tiempo está fresco y seco en Estocolmo, la capital de Suecia. En la puerta de Debaser, un boliche recién inaugurado, unos cuantos jóvenes se dedican a un acostumbrado ritual: consumir bebidas alcohólicas increíblemente caras y emborracharse hasta el descontrol. Adentro, bien podría uno estar en Nueva York, en Chicago, en Londres o en Berlín: la gente lleva remeras y sacos de moda con corbata, y los djs hablan el idioma universal del punk y el rock indie. Pero cuando los parlantes escupen "Main Offender", de los Hives, la multitud despierta de su torpe meneo y de repente se desenfrena: durante dos minutos y medio, a un grupito de personas le da un ataque de convulsiones semiviolentas.
La semana siguiente, de regreso en su departamento de Estocolmo, Howlin’ Pelle Almqvist, el vocalista de los Hives, cuelga su atuendo blanco y negro y da inicio a unas vacaciones de tres meses. "Vivo en el barrio refinado y rico", explica, entre orgulloso y divertido, máxima estrella del garage punk sueco. "Hay muchos jubilados. Es una zona tranquila."
Los Hives estuvieron casi dos años de gira; emprendieron exitosas incursiones en los Estados Unidos e hicieron frente a las preguntas sobre su patria cada vez con más fatiga. "La idea más generalizada es que vivir acá es como vivir en la Edad de Bronce", sintetiza Almqvist. "«¿Cómo encontraste discos de rock & roll? ¿Cómo hiciste para escuchar a todos esos grupos?» Bueno, paren un poco. En Suecia hay aviones, tenemos disquerías. Pero supongo que a algunos les parece un país exótico. Creen que es como venir del Tíbet."
vayan, entonces, algunos datos explicativos. Suecia es el país más grande de la península escandinava; tiene 9 millones de habitantes. Los suecos dicen que es un país socialista: el impuesto a la propiedad ronda el cincuenta por ciento de los ingresos, los trenes de pasajeros son confiables y comodísimos, y todas las tiendas de licores son del Estado. Se dice que en Suecia imperan el suicidio y el alcoholismo, aunque los números de sus estadísticas al respecto no son superiores a los de la mayoría de los países europeos. Eso, claro, no quiere decir que aquí la vida sea una delicia. En la época de Navidad, en el Norte hay, con suerte, dos horas de luz por día.
Por otra parte, actualmente Suecia es suelo fértil para el rock & roll de avanzada. El éxito de los Hives echó luz sobre un abanico de grupos suecos en franco ascenso: Sahara Hotnights, Division of Laura Lee, los Hellacopters, Citizen Bird, (International) Noise Conspiracy, The Soundtrack of Our Lives. Que se cuide el Reino Unido, de donde siempre salieron los intérpretes más importantes de Europa: mientras los músicos británicos siguen padeciendo el mal de la introspección que los asaltó con el nuevo milenio, casi todas las bandas suecas creen en las virtudes originales del rock: el volumen, la velocidad y la idea de que andar a los saltos por el escenario es uno de los placeres más apasionantes de la vida.
A dos horas en tren de Estocolmo está la ciudad industrial de Örebro. Allí, entre fábricas y depósitos, es donde se encuentran las oficinas de Burning Heart, el sello punk que lanzó a los Hives y es el ojo de la tormenta de la música sueca. El lugar no responde al modelo típico de lo que, se supone, es un sello indie clásico: la sede de Burning Heart no es un tugurio despelotado; se caracteriza por el suave murmullo del orden y la eficiencia.
–En mi opinión, los suecos tienen talento para captar influencias desde el principio –aventura el paternal fundador de Burning Heart, Peter Alhqvist, de 36 años–. En la práctica, aquí se habla inglés, así que no hacen falta traducciones. Además, habitualmente disponemos de mucho tiempo libre, y lo tenés que pasar adentro, porque los inviernos son muy largos. Si no te gustan los deportes, tenés que hacer alguna otra cosa.
Según afirma Alhqvist, en Suecia, formar parte de una banda no tiene nada que ver con apartarse de la sociedad, vivir en una cueva inmunda y sobrevivir comiendo papas fritas. Es fácil cobrar el seguro de asistencia social, y afiliándose a un sindicato uno se asegura de que le paguen un porcentaje del sueldo aunque renuncie al trabajo. Hasta hace poco, había organizaciones llamadas "círculos de estudio" que les pagaban a los músicos con dinero del Estado. Esta práctica se anuló debido a los recortes, pero a muchos les sirvió por un buen tiempo.
–Lo único que había que hacer era anotar cuántas veces por semana ensayabas –dice Per Stålberg, guitarrista y cantante de Division of Laura Lee–. Podías reunir diez [círculos de estudio]: Inventabas los nombres de las bandas y listo. Eso hice yo, y me compré guitarras, cuerdas, amplificadores... En estos diez años, junté por lo menos 15 mil dólares. O más. No saqué la cuenta.
De todos los grupos suecos que hoy invaden el mundo, solamente los Hives consideran que la propia idea de rock financiado con impuestos es una contradicción. "Para nosotros, era como trabajar para el sistema", dice Almqvist. "Además, éramos un desastre para llenar tanta papelería."
Los Hives provienen de Fagersta, un pueblo de 12 mil habitantes que queda a dos horas de Estocolmo y que cuenta con una enorme planta siderúrgica, unas doce pizzerías y casi nada más. Quizás por eso, hace mucho que los Hives se consideran a sí mismos como los outsiders más exitosos de Suecia. En la ciudad portuaria de Gotemburgo, en cambio, existe desde hace tiempo una comunidad muy activa de bandas de rock. Al pasear por la zona universitaria de esta ciudad junto con los dos cabecillas de Division of Laura Lee, lo que más llama la atención no es lo famosos que son en su tierra sino el hecho de que forman parte de una subcultura gigantesca. Los jóvenes bohemios que encuentran a su paso les desean suerte en su inminente gira por los Estados Unidos, y al menos en dos oportunidades se cruzan con otros músicos. "Ellos también tienen un grupo", dice Stålberg, sonrojándose.
Ya sentados al aire libre en un café, Stålberg y Gustavsson hablan del trasfondo emocional del art punk furioso que hace su banda. En un país donde hasta las viviendas más pobres parecen hoteles cinco estrellas, ¿qué motivos hay para enojarse?
–No es nada fácil ser adolescente en Suecia –dice Stålberg–. Recibís muchas presiones para llegar a algo: por parte de tus padres, por parte de la escuela... Tenés que estudiar y después tenés que trabajar en una oficina, y después beber mucho y cagar a palos a tu esposa. Aquí hay un montón de problemas personales. Casi todos mis conocidos fueron alguna vez al psicólogo.
Stålberg no es un disconforme de clase media como tantos otros. Es robusto, inquieto, atento y orgulloso hasta la beligerancia, pero su rasgo más saliente es la dentadura destrozada, consecuencia de su antigua afición a recorrer las calles de su Vanersborg nativa en busca de violencia. Una noche en que provocó a una pandilla de matones mayores que él, le rompieron la cara con un palo de hockey.
De ahí provienen canciones de Division of Laura Lee tales como "The Truth Is Fucked", cuyo espíritu subversivo comparten otros compañeros del sello Burning Heart, entre ellos The (International) Noise Conspiracy (más politizados) y Bombshell Rocks. Estas tres bandas exponen la otra cara de la utopía subsidiada por el Estado: por gozar de tantas comodidades, muchos suecos son víctimas de un conformismo aplastante.
Junto al muelle de Gotemburgo está Svenska Grammofon Studion, nombre muy pomposo para el zaparrastroso centro de operaciones de The Soundtrack of Our Lives, a quienes los Division of Laura Lee definen como "los Obi-Wan Kenobis del rock de Gotemburgo". The Soundtrack of Our Lives gira en torno al guitarrista Ian Person y el voluminoso cantante Ebbot Lundberg. Ellos tienen una historia de dieciséis años que empieza con Union Carbide Productions, banda que hizo dos contribuciones esenciales al ambiente de la música sueca: cantar en inglés y generar un barullo ensordecedor que tiene mucho que agradecerles a titanes del punk como los Stooges y los mc5.
–Eran fantásticos –dice Simon Ohlsson, cantante y guitarrista de Citizen Bird, respetadísimo grupo de Gotemburgo–. Pura agresión. Pero también se las arreglaron para encontrar un estilo propio. Para mí, fueron como los Sex Pistols.
Los Union Carbide Productions –que tuvieron a Kurt Cobain como admirador– se aseguraron el apoyo de una iglesia regional fingiendo que eran religiosos.
–Nos hacíamos los cristianos devotos –recuerda Lundberg con una carcajada–. "¡No tenemos instrumentos! ¡Nos va a llevar el Diablo!" Cuando nos dieron la plata, fue como ir a hacer las compras de Navidad.
The Soundtrack of Our Lives no son tan corrosivos como sus predecesores: en Behind the Music, su tercer disco, optan por un sonido de rock clásico que se acerca tanto al estilo sensual de los Rolling Stones como a la psicodelia mansa de Pink Floyd. Lundberg explica que se sienten herederos de los grupos que protagonizaron la invasión británica de los años 60. "Cuando hay algo que te gusta de verdad, no querés ser testigo de su declive", se entusiasma. "Lo que buscamos es mantener viva la llama."
Enamorados de una forma artística norteamericana, a esta altura, tanto los Soundtrack como los Hives se sienten seguros como para empezar a llevar su sueño americano a, justamente, los Estados Unidos.
–Parece que los norteamericanos ya no querían escuchar más este tipo de música, y nosotros lo retomamos –observa Howlin’ Pelle Almqvist–. Siempre hubo grupos estadounidenses que hacían rock como el nuestro, pero no se les prestaba atención. Como somos de Suecia, la gente se interesó.
Como para demostrar que a la escena sueca no le falta ningún ingrediente para ser uno de esos movimientos que definen una época, los habitués más entrometidos de Debaser se desviven por darte la posta sobre la pareja más importante del rock sueco: Almqvist sale con Maria Andersson, cantante y guitarrista del cuarteto femenino de punk Sahara Hotnights. Y él ya sabe cómo se va a anunciar esta unión. "Ah, es un tema demasiado ridículo para hablarlo", protesta. "Seguro que vas a poner algo así como «Los Kurt y Courtney de Suecia». ¡Dios me libre!"
Recuadritos
The Hives
Qué hacen: Garage rock acelerado en manos de cinco tipos que se visten exclusivamente de blanco y negro. "Hate to Say I Told You So", de Veni Vidi Vicious, combina los aires de los Stooges con un gancho no menos suculento que el de "Song 2", de Blur.
Qué dicen: "Recorrimos los Estados Unidos, y nos dimos cuenta de que los norteamericanos adoran a los Hives. Está bien: no lo pueden evitar." (Pelle Almqvist)
Division of Laura Lee
Qué hacen: En Black City, su disco debut, este cuarteto despliega un rock alternativo de alta tensión que te va a hacer acordar a los Pixies.
Qué dicen: "Para qué mentir: sabemos que somos una de las mejores bandas que existen, así que ¿por qué no lo vamos a decir? No es que nos mandemos la parte. Es que es así." (Per Stålberg)
The Hellacopters
Qué hacen: Hacéte la idea de Iggy Pop, mc5, The Cult. Empezá con High Visibility.
Qué dicen: "Comentan por ahí que hacemos demasiados solos de guitarra, pero que se vayan a cagar. ¿Cómo puede ser que uno haga demasiados solos de guitarra?." (Nick Royale)
The Soundtrack of Our Lives
Qué hacen: Su tercer disco, Behind the Music, es un calidoscopio de rock retro que se acerca a los Stones, los Beatles, los Who y Pink Floyd.
Qué dicen: "Nos negamos a formar parte de la decadencia del rock. Es como cuando el cristianismo arrasó con Europa, los suecos se asustaron y empezó la era vikinga. Ahora la cuestión es: «¿Dónde está el rock & roll? ¡Tenemos que hacer algo!»." (Ebbot Lundberg)
Citizen Bird
Qué hacen: Música al estilo de las art bands alemanas de los años 70 como Can y Neu!.
Qué dicen: "Que una guitarra se divida en doce tonos y todas esas forradas... Se puede hacer algo mucho más cool." (Simon Ohlsson)
Sahara Hotnights
Qué hacen: Chicas trash-punk resplandecientes; no te pierdas Jennie Bomb.
Qué dicen: "Nos pusimos a escuchar todos los grupos clásicos: los Ramones y... ¿Quién más..? Suzi Quatro. Sería bueno que la descubriera más gente." (Maria Andersson)
The (International) Noise Conspiracy
Qué hacen: Una fusión de soul sesentista, punk setentista y jazz bebop.
Qué dicen: "Queremos producir la banda sonora de la guerra contra el capitalismo que está teniendo lugar en este momento." (De su manifiesto)
La Escena Sueca
y el rock indie. Pero cuando los parlantes escupen "Main Offender", de los Hives, la multitud despierta de su torpe meneo y de repente se desenfrena: durante dos minutos y medio, a un grupito de personas le da un ataque de convulsiones semiviolentas.
La semana siguiente, de regreso en su departamento de Estocolmo, Howlin’ Pelle Almqvist, el vocalista de los Hives, cuelga su atuendo blanco y negro y da inicio a unas vacaciones de tres meses. "Vivo en el barrio refinado y rico", explica, entre orgulloso y divertido, la máxima estrella del garage punk sueco. "Hay muchos jubilados. Es una zona tranquila."
Los Hives estuvieron casi dos años de gira; emprendieron exitosas incursiones en los Estados Unidos e hicieron frente a las preguntas sobre su patria cada vez con más fatiga. "La idea más generalizada es que vivir acá es como vivir en la Edad de Bronce", sintetiza Almqvist. "«¿Cómo encontraste discos de rock & roll? ¿Cómo hiciste para escuchar a todos esos grupos?» Bueno, paren un poco. En Suecia hay aviones, tenemos disquerías. Pero supongo que a algunos les parece un país exótico. Creen que es como venir del Tíbet."
Vayan, entonces, algunos datos explicativos. Suecia es el país más grande de la península escandinava; tiene 9 millones de habitantes. Los suecos dicen que es un país socialista: el impuesto a la propiedad ronda el cincuenta por ciento de los ingresos, los trenes de pasajeros son confiables y comodísimos, y todas las tiendas de licores son del Estado. Se dice que en Suecia imperan el suicidio y el alcoholismo, aunque los números de sus estadísticas al respecto no son superiores a los de la mayoría de los países europeos. Eso, claro, no quiere decir que aquí la vida sea una delicia. En la época de Navidad, en el Norte hay, con suerte, dos horas de luz por día.
Por otra parte, actualmente Suecia es suelo fértil para el rock & roll de avanzada. El éxito de los Hives echó luz sobre un abanico de grupos suecos en franco ascenso: Sahara Hotnights, Division of Laura Lee, los Hellacopters, Citizen Bird, The (International) Noise Conspiracy, The Soundtrack of Our Lives. Que se cuide el Reino Unido, de donde siempre salieron los intérpretes más importantes de Europa: mientras los músicos británicos siguen padeciendo el mal de la introspección que los asaltó con el nuevo milenio, casi todas las bandas suecas creen en las virtudes originales del rock: el volumen, la velocidad y la idea de que andar a los saltos por el escenario es uno de los placeres más apasionantes de la vida.
A dos horas en tren de Estocolmo está la ciudad industrial de Örebro. Allí, entre fábricas y depósitos, es donde se encuentran las oficinas de Burning Heart, el sello punk que lanzó a los Hives y es el ojo de la tormenta de la música sueca. El lugar no responde al modelo típico de lo que, se supone, es un sello indie clásico: la sede de Burning Heart no es un tugurio despelotado; se caracteriza por el suave murmullo del orden y la eficiencia.
–En mi opinión, los suecos tienen talento para captar influencias desde el principio –aventura el paternal fundador de Burning Heart, Peter Alhqvist, de 36 años–. En la práctica, aquí se habla inglés, así que no hacen falta traducciones. Además, habitualmente disponemos de mucho tiempo libre, y lo tenés que pasar adentro, porque los inviernos son muy largos. Si no te gustan los deportes, tenés que hacer alguna otra cosa.
Según afirma Alhqvist, en Suecia, formar parte de una banda no tiene nada que ver con apartarse de la sociedad, vivir en una cueva inmunda y sobrevivir comiendo papas fritas. Es fácil cobrar el seguro de asistencia social, y afiliándose a un sindicato uno se asegura de que le paguen un porcentaje del sueldo aunque renuncie al trabajo. Hasta hace poco, había organizaciones llamadas "círculos de estudio" que les pagaban a los músicos con dinero del Estado. Esta práctica se anuló debido a los recortes, pero a muchos les sirvió por un buen tiempo.
–Lo único que había que hacer era anotar cuántas veces por semana ensayabas –dice Per Stålberg, guitarrista y cantante de Division of Laura Lee–. Podías reunir diez [círculos de estudio]: Inventabas los nombres de las bandas y listo. Eso hice yo, y me compré guitarras, cuerdas, amplificadores... En estos diez años, junté por lo menos 15 mil dólares. O más. No saqué la cuenta.
De todos los grupos suecos que hoy invaden el mundo, solamente los Hives consideran que la propia idea de rock financiado con impuestos es una contradicción. "Para nosotros, era como trabajar para el sistema", dice Almqvist. "Además, éramos un desastre para llenar tanta papelería."
Los hives provienen de fagersta, un pueblo de 12 mil habitantes que queda a dos horas de Estocolmo y que cuenta con una enorme planta siderúrgica, unas doce pizzerías y casi nada más. Quizá por eso, hace mucho que los Hives se consideran a sí mismos como los outsiders más exitosos de Suecia. En la ciudad portuaria de Gotemburgo, en cambio, existe desde hace tiempo una comunidad muy activa de bandas de rock. Al pasear por la zona universitaria de esta ciudad junto con los dos cabecillas de Division of Laura Lee, lo que más llama la atención no es lo famosos que son en su tierra sino el hecho de que forman parte de una subcultura gigantesca. Los jóvenes bohemios que encuentran a su paso les desean suerte en su inminente gira por los Estados Unidos, y al menos en dos oportunidades se cruzan con otros músicos. "Ellos también tienen un grupo", dice Stålberg, sonrojándose.
Ya sentados al aire libre en un café, Stålberg y Gustavsson hablan del trasfondo emocional del art punk furioso que hace su banda. En un país donde hasta las viviendas más pobres parecen hoteles cinco estrellas, ¿qué motivos hay para enojarse?
–No es nada fácil ser adolescente en Suecia –dice Stålberg–. Recibís muchas presiones para llegar a algo: por parte de tus padres, por parte de la escuela... Tenés que estudiar y después tenés que trabajar en una oficina, y después beber mucho y cagar a palos a tu esposa. Aquí hay un montón de problemas personales. Casi todos mis conocidos fueron alguna vez al psicólogo.
Stålberg no es un disconforme de clase media como tantos otros. Es robusto, inquieto, atento y orgulloso hasta la beligerancia, pero su rasgo más saliente es la dentadura destrozada, consecuencia de su antigua afición a recorrer las calles de su Vanersborg nativa en busca de violencia. Una noche en que provocó a una pandilla de matones mayores que él, le rompieron la cara con un palo de hockey.
De ahí provienen canciones de Division of Laura Lee tales como "The Truth Is Fucked", cuyo espíritu subversivo comparten otros compañeros del sello Burning Heart, entre ellos The (International) Noise Conspiracy (más politizados) y Bombshell Rocks. Estas tres bandas exponen la otra cara de la utopía subsidiada por el Estado: por gozar de tantas comodidades, muchos suecos son víctimas de un conformismo aplastante.
Junto al muelle de Gotemburgo está Svenska Grammofon Studion, nombre muy pomposo para el zaparrastroso centro de operaciones de The Soundtrack of Our Lives, a quienes los Division of Laura Lee definen como "los Obi-Wan Kenobis del rock de Gotemburgo". The Soundtrack of Our Lives gira en torno al guitarrista Ian Person y el voluminoso cantante Ebbot Lundberg. Ellos tienen una historia de dieciséis años que empieza con Union Carbide Productions, banda que hizo dos contribuciones esenciales al ambiente de la música sueca: cantar en inglés y generar un barullo ensordecedor que tiene mucho que agradecerles a titanes del punk como los Stooges y los mc5.
–Eran fantásticos –dice Simon Ohlsson, cantante y guitarrista de Citizen Bird, respetadísimo grupo de Gotemburgo–. Pura agresión. Pero también se las arreglaron para encontrar un estilo propio. Para mí, fueron como los Sex Pistols.
Los Union Carbide Productions –que tuvieron a Kurt Cobain como admirador– se aseguraron el apoyo de una iglesia regional fingiendo que eran religiosos.
–Nos hacíamos los cristianos devotos –recuerda Lundberg con una carcajada–. "¡No tenemos instrumentos! ¡Nos va a llevar el Diablo!" Cuando nos dieron la plata, fue como ir a hacer las compras de Navidad.
The Soundtrack of Our Lives no son tan corrosivos como sus predecesores: en Behind the Music, su tercer disco, optan por un sonido de rock clásico que se acerca tanto al estilo sensual de los Rolling Stones como a la psicodelia mansa de Pink Floyd. Lundberg explica que se sienten herederos de los grupos que protagonizaron la invasión británica de los años 60. "Cuando hay algo que te gusta de verdad, no querés ser testigo de su declive", se entusiasma. "Lo que buscamos es mantener viva la llama."
Enamorados de una forma artística norteamericana, a esta altura, tanto los Soundtrack como los Hives se sienten seguros como para empezar a llevar su sueño americano a, justamente, los Estados Unidos.
–Parece que los norteamericanos ya no querían escuchar más este tipo de música, y nosotros lo retomamos –observa Howlin’ Pelle Almqvist–. Siempre hubo grupos estadounidenses que hacían rock como el nuestro, pero no se les prestaba atención. Como somos de Suecia, la gente se interesó.
Como para demostrar que a la escena sueca no le falta ningún ingrediente para ser uno de esos movimientos que definen una época, los habitués más entrometidos de Debaser se desviven por darte la posta sobre la pareja más importante del rock sueco: Almqvist sale con Maria Andersson, cantante y guitarrista del cuarteto femenino de punk Sahara Hotnights. Y él ya sabe cómo se va a anunciar esta unión. "Ah, es un tema demasiado ridículo para hablarlo", protesta. "Seguro que vas a poner algo así como «Los Kurt y Courtney de Suecia». ¡Dios me libre!"






