
El sainete regresa en carpa
"El conventillo de la Paloma" convocó en una sola función a más de 1000 personas
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Anteayer, acróbatas, malabaristas y zancudos recreaban el colorido lenguaje del circo para entretener al público que hacía cola para ingresar en la carpa. Este preludio entusiasmó a grandes y chicos que ya estaban predispuestos para ver "El conventillo de la Paloma", de Alberto Vacarezza, estrenada en una carpa especialmente instalada en la avenida Garay y Combate de los Pozos.
Los organizadores confirmaron que, para la primera función, la de anteayer, se empezaron a entregar las entradas gratuitas a las 9, y dos horas más tarde ya se había distribuido la totalidad, más de mil localidades.
Allí, bajo las luces multicolores, una imponente figura de Pepino el 88 actúa como anfitriona. La carpa se transformó en un inmenso hormiguero que atraía con el encanto de la fiesta. En el interior, los asientos empezaron a ocuparse con la algarabía de los espectadores que llegaban en tandas familiares o en grupos amistosos.
La ansiedad y la impaciencia hicieron que apenas pasados unos minutos de la hora anunciada las palmas empezaran a sacudirse reclamando el comienzo. A pesar del calor reinante, el predio ofrecía algo de respiro, aunque el ambiente pronto empezó a sacudirse con el movimiento de los abanicos señoriales.
Bajaron las luces, y los bombos de la murga (con la batuta de Gustavo Mozzi) marcaron el inicio con una caravana que incluyó a los artistas circenses (dirigidos por Jorge y Oscar Videla) y los actores.
Sobre el escenario estaban los mayores y los jóvenes, unidos en el hecho artístico.Y un sordo coro de murmullos voceaba el nombre de cada artista que aparecía: Diana Maggi, Beatriz Bonnet, Onofre Lovero, Rubén Stella, María Leal, María Rosa Fugazot, Mario Alarcón, Aldo Bigatti, Mario Labardén, Tony Spina, Pachi Armas, Rafael Carret y Néstor Ducó. Estos pilares del teatro nacional, gastadores de suelas sobre los escenarios de todo el país, se conjugaban para dejar una vez más lo mejor de sí mismos.
La algarabía alcanzó su máxima expresión en las risas y los aplausos que festejaban las situaciones, enriquecidas por un diálogo donde se mezclan todas las lenguas: italiana, andaluza, turca y porteña. Vacarezza hasta se da el lujo de crear a Conejo, un personaje que habla usando apellidos.
Otra joya la incorporó Julio Baccaro, director del espectáculo, al introducir en la fiesta una escena del "Juan Moreira" (a cargo del Equipo Teatro Circo, dirigido por Martín Carella): la muerte del protagonista.
Esta respuesta del público incentivó la energía de los actores y engrandeció la calidad de los personajes. Fue un momento emocionante verlos a todos reunidos sobre ese escenario. Ellos también, en su momento, fueron los artífices del teatro nacional. Y allí volvieron para restablecer ese mágico diálogo con un público que quizá no asista a las salas teatrales, pero que estuvo allí para reencontrarse con sus artistas.
Durante todo el espectáculo el tango estuvo presente con los instrumentos de Gualberto Rodríguez Córdoba, Gabriel Carames y Héctor Léttera y la voz de Enrique Cobián. Pero el momento culminante fue el broche de oro que vino de la mano de Elena Lucena, una invitada a la fiesta del conventillo, que marcó su presencia cantando "Niño bien" y "Garufa". El momento fue, permitiéndonos exagerar un poquito, apoteótico, y el público respondió como suele hacerlo en estos casos, con aplausos, fervor, entusiasmo y agradecimiento.
Durante los casi 100 minutos que dura el espectáculo, nadie se movió, nadie se levantó, nadie se fue. Todos se sintieron atrapados por una ceremonia ancestral que se reponía después de casi 20 años. Todo un éxito que invita a la reflexión.
Rescatar la memoria
La nueva versión de este sainete criollo rescata una especie teatral que floreció en las primeras décadas del siglo y Alberto Vacarezza fue, precisamente, uno de los más prolíficos y que mejor retrató la nueva sociedad porteña instalada en los famosos conventillos que empezaron a desperdigarse por toda la ciudad.
Era la época de las grandes corrientes inmigratorias y sobre el escenario se encontraban todas las voces, todos los acentos, todos los modismos y, por supuesto, el cocoliche, esa mezcla de palabras de distintos idiomas, infectadas de cierto porteñismo emparentado con el lunfardo. No en vano el sainete criollo es exclusivo de Buenos Aires.
Allí están el guapo, la percanta , el turco, el tano y el gallego. Allí salen a relucir el brillo de los cuchillos y el alma de los valientes.
Si a esto se añade un elenco de figuras queridas para el colectivo porteño, más una entrada gratuita que ignora las barreras económicas, entonces se puede afirmar que, por la convocatoria de público, los valores del teatro nacional aún están vivos.
Sólo es cuestión de que entidades oficiales y privadas (Secretaría de Desarrollo Social de la Nación y Fundares-Fundación para las Artes del Espectáculo) se unan, como en esta oportunidad, en un proyecto comunitario para darle a este arte tan propio un poco de oxígeno para su supervivencia, para que no se muera, para que perdure en la memoria de las generaciones que están y de las que vienen.
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