El teatro hace justicia con Homero Manzi
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"Homero", de Bernardo Carey. Intérpretes: Lorenzo Quinteros y Ana María Cores. Escenografía y vestuario: Jorge Micheli. Diseño de luces: Roberto Traferri. Dirección: Manuel Iedvabni. Duración: 90 minutos. En el Teatro del Pueblo, Diagonal Norte 943.
Y al fin el teatro se acordó de la figura de Homero Manzi, injustamente olvidado, como tantos otros con los cuales se está en deuda.
En esta oportunidad, Bernardo Carey propone un acercamiento fugaz a este poeta del tango, apenas una cálida mirada, en un esquema que no pretende ser fiel a un rigor histórico.
No se trata de una pieza biográfica. Lejos de eso, la intención del autor es rescatar la última noche de la vida del poeta, desgastada por una enfermedad terminal. A través de esas horas se van a conocer gajos de su vida y de su obra como para ilustrar someramente una existencia.
Homero Manzi agoniza en la noche destemplada que parece ignorar sus dolores. En esa vigilia, la última, se van a desprender los recuerdos de Homero y los fantasmas que permanentemente invaden sus delirios: Borges, Carriego, Acho Manzi, La Negrita, como solía llamar a Eva Duarte de Perón.
El dolor y su paliativo, la morfina, van creando una nebulosa en donde aparecen momentos de su pasado, su pasión por la "timba", los "burros" y su poco conocida afición por el "celuloide", como él menciona al referirse a sus incursiones en la producción cinematográfica.
En esta despedida de la vida no va a estar solo. Lo acompaña la Rusita, una samaritana nacida en Villa Crespo, que suma a sus cuidados un amor constante, lejano y no correspondido por el poeta del tango. Allí está ella, abnegada, modosita, leal, atenta para paliar cualquier brote de dolor, para secar la frente sudorosa, para ofrecerle el consuelo de una mano amiga que lo arrope.
Ella es la música del poeta, que es capaz de transformar "Mi taza de café" en un arrullo de cuna y cantar algunas estrofas de "Sur", cuando llega el momento, como un epitafio sonoro al descanso eterno de Manzi.
Más emoción que cerebro
Sin lugar a dudas, la pieza de Bernardo Carey es una emotiva evocación a esta gran figura de la poesía que sólo encontró cobijo entre las letras del tango. Cada uno de los diálogos de los personajes llega a transformarse en una canción. Quizá por eso, el texto se extiende más allá de la estructura dramática y se siente el peso de un tono discursivo y de algunos diálogos reiterados que tienen más valores literarios que dramáticos. Si además se suman fragmentos de tangos, demasiado extensos para la función que cumplen dentro de la pieza, el resultado es la alteración del ritmo y el desenlace, que ya se conoce, se ve dilatado en vano.
Pero este reparo no alcanza a empañar la sobresaliente actuación de los protagonistas.
Lorenzo Quinteros alcanza, como pocas veces, un personaje con fibra, nervio y emoción. El dolor, la angustia, el delirio, que también compone desde lo corporal, logra su mayor pico de expresión a partir de la mirada, febril, obnubilada, perdida.
Sin lugar a dudas, un muy buen trabajo que encuentra su equivalente en la composición de Ana María Cores, al dar vida a la Rusita a partir de la fragilidad y la ternura de su personaje. Allí, como testigo del drama, Cores, elocuente y correctísima, se da el lujo de cantar a capella algunas estrofas de tango que transforma en susurros amorosos. En ningún momento se aparta de su personaje, especialmente en los soliloquios de Quinteros, donde se percibe que ella sigue, en silencio, una línea de pensamiento que le permite retomar el diálogo con total naturalidad.
Claro que detrás de estos trabajos está la mano de Manolo Iedvabni, que marca un clima intimista, que nunca se pierde, y acota con habilidad la posibilidad de un desborde.
También se nota un cuidado en la puesta que escapa de los lineamientos escenográficos realistas, aunque no se ve bien resuelta la entrada de la protagonista femenina.
Como diseño espacial, todo lo que se muestra es un gran paneo, al estilo de una cámara negra, que describe, a través de una gran fotografía, una avenida porteña y unos pocos elementos mobiliarios. No es necesario más.
Esta mirada, que tiene momentos valiosos, no alcanza para cubrir el universo de Manzi, especialmente ese que inspiró las letras de "Malena", "Negra María, "Milonga del 900", "Milonga triste", "Milonga sentimental", "Barrio de tango", entre tantos otros grandes títulos.




