
El valor de una canción
Los términos para la música de hoy cambiaron radicalmente. Y cada vez esos giros se dan a mayor velocidad. Parece que el grunge fue ayer. Pero hoy queda a años luz. Trip hop, trance, rave o como sea, todos esos desprendimientos del rock y del pop mutan en forma tan vertiginosa que se está siempre al borde de lo efímero, tanto en la aceptación como en el rechazo. Fiel a su tiempo, la música de hoy parece tener que ser joven, linda y exitosa. Como si alguien tratara de hacernos creer que lo válido está en ese movimiento de la superficie. En esa cirugía que parece cada vez más plástica, y, a su vez, más peligrosa para esa zona plena de asombro que llamamos sensibilidad.
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Los términos para la música de hoy, cambiaron; pero ¿cambió la belleza de una canción? ¿Existe una nueva belleza? ¿La cirugía cambia la sensibilidad? La sensación de cosa plástica se vive cotidianamente. Basta escuchar a los políticos, ver TV, escuchar una FM al azar, ir a una exposición o a un concierto. En la actividad diaria se vive esa aceleración donde todo parece inclinarse, más que al sinsentido (que bien podría ser una postura filosófica), al no-contenido. En música, se puede tener la sensación casi constante de que se apunta al vacío; a una cosa muy bien aggiornada, pero vacía. A tal extremo, que la renovación de nuestro folklore (para empezar por casa) puede estar en revolear un poncho a velocidades siderales. Si nos inclinamos al costado internacional (es decir, rock y pop), parecería que basta con una acertada acumulación de efectos modernos; es decir, computadoras mediante.
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¿Es que la canción ya no existe? La música popular se da en un contexto inevitable: la sociedad en la que se genera. En estos tiempos de globalización, entre otras cosas, todo se desparrama por el mundo a una velocidad asombrosa. Tanto, que ya casi da lo mismo ser de Nueva York, Pekín, París o Buenos Aires. La comida rápida es igual; la vestimenta, también; las apariencias, un calco... ¿por qué la música debería ser la excepción? No se justificaría, claro, pero cuesta acostumbrarse al hit semanal. Va todo demasiado rápido. Y, se sabe, no es lo mismo saborear una comida elaborada que una hamburguesa al paso. Y así como hay pintores y poetas que todavía creen en el arte, hay compositores que creen en la canción más allá de las modas o las costumbres.
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Y la magia de la canción está ahí, en esos tres acordes y esa melodía que penetra el maquillaje para instalarse en el territorio donde no se necesita vestimenta. Como si se viera el mar y nada más; sin la arena sucia, los envases de bronceador abandonados, las botellas plásticas siguiendo al viento, los cuerpos desesperadamente colorados... La maravilla de una canción está, justamente, en lo que no se escucha sino con todo el cuerpo, con el corazón, con el asombro. Y no va a importar que contenga loops o no; que los sequencers sean los más actuales o que los procesadores impongan cincuenta veces la misma nota de la guitarra. Sea de los Beatles o los Verve, de Sinatra o Spinetta, de Robert Wyatt o Tom Waits, la canción es ese pequeño instante que dura para siempre.
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