El villano que sabía sonreír

Integró una larga lista de célebres malos, pero supo tomar distancia de Hollywood
Marcelo Stiletano
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12 de noviembre de 2006  

El fallecimiento de Jack Palance deja a Hollywood con la inequívoca sensación de que se cerró casi definitivamente una época. Palance -de cuya muerte LA NACION informó ayer en su cuerpo principal- era casi el último sobreviviente de esa estirpe de villanos que desde el gesto recio y la conducta sin escrúpulos también había hecho historia en la etapa más gloriosa y clásica del cine norteamericano.

Los grandes malos hollywoodenses (como Palance, Lee Marvin, Robert Ryan, Richard Boone, Arthur Kennedy, John Carradine y Lee Van Cleef, los nombres más notables de una larga lista) conquistaron ese lugar gracias a memorables apariciones en los géneros clásicos por excelencia: las películas de gánsteres y el western .

De toda esta tradicional galería de legendarios malvados, sólo queda vivo el gran Richard Widmark, que cumplirá 92 años el próximo 26 de diciembre y hace mucho que está retirado, pero aquel muchacho rubio de risa burlona que empujaba a una anciana en silla de ruedas escaleras abajo mientras en una memorable escena de El beso de la muerte (1949) cambió en un momento por completo el perfil de su imagen cinematográfica y llegó a hacer con el tiempo muchos más papeles de héroe que de villano.

Palance llegó a convertirse en héroe al final de su carrera, pero la comunidad hollywoodense lo puso en ese lugar más como un reconocimiento que por una transformación auténtica dentro de la pantalla. Los aplausos y las expresiones de admiración hacia quien una vez fue definido como "el hombre de cara más chata del cine" llegaron desde el momento en que aceptó divertirse a costa de su propia historia cinematográfica.

Ese juego paródico hizo que Curly, el duro y áspero vaquero de Amigos... siempre amigos (1991) y su secuela, En busca del oro perdido (1992), llegara con la primera de ellas al Oscar y, ya con la estatuilla en la mano, Palance protagonizara uno de los momentos más divertidos de la historia reciente del premio.

En la entrega de las estatuillas de 1992, frente a Billy Crystal (su compañero en el film y entonces maestro de ceremonias), el septuagenario Palance se tiró al suelo y se puso a hacer flexiones de brazos para demostrar cuán fuerte seguía siendo.

Crystal exprimió el hecho con interminables bromas en los años sucesivos frente al regocijo de la meca del cine, pero Palance parecía reírse de otro modo. "Yo no le debo nada a Hollywood ni Hollywood me debe nada a mí. No tengo nada que ver con la industria cinematográfica, y creo que una vaca es más importante que un film", dijo un mes después de aquella fiesta y aquel Oscar, cuando llegó en abril de 1992 a Buenos Aires para participar del ciclo televisivo Siglo XX cambalache, para ratificar al mismo tiempo su presencia en la pantalla chica. ¿Cómo no recordarlo como el inmejorable maestro de ceremonias de Aunque usted no lo crea , inspirado en las clásicas viñetas de Ripley?

Fue su segunda y última visita al país, precedida por un muy comentado paso por el Festival de Cine de Mar del Plata de 1963, cuando ratificó su escaso apego al protocolo al entrar sin corbata al baile de gala en el hotel Hermitage. Y la ocasión para que muchos memoriosos recordaran por qué ese actor de porte imponente, descendiente de ucranios, llegó a ser "uno de los pocos que no necesita fingir fuerza en la pantalla, porque la tiene y le sobra", como se dijo de él una vez.

Las críticas de sus películas en los años 50 y 60 hablaron siempre de él como un ser "granítico" o "hercúleo", con una expresión "impávida" o capaz de entregar la "requerida dosis de odio" que requiere un personaje desagradable. Pero también brilló en títulos como Miedo súbito , La intimidad de una estrella y Diez segundos al infierno . No se acomplejó siquiera cuando rozó el ridículo, al personificar a Fidel Castro en Che! ni cuando se prestó a innumerables coproducciones europeas de bajísimo vuelo en los años 70. "Los personajes de malo -dijo, cuando nos visitó en 1992- que casi siempre me tocan no son los peores. Son sólo personajes. Además, yo de malo no tengo nada."

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