
En busca del tiempo perdido
"Nueve reinas" (Argentina/2000). Producción de Patagonik presentada por Buena Vista International. Guión y dirección: Fabián Bielinsky. Con Ricardo Darín, Gastón Pauls, Leticia Brédice, Tomás Fonzi, Elsa Berenguer, Rolly Serrano, Celia Juárez, Antonio Ugo y Alejandro Awada. Música: César Lerner. Fotografía: Marcelo Camorino. Duración: 115 minutos. Para mayores de 13 años. Nuestra opinión: muy buena.
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La acción de "Nueve reinas" transcurre en poco más de 24 horas. Se inicia en una madrugada de luces apagadas y termina en una mañana soleada que contradice brutalmente la resaca del sueño perdido y la ruina interior de alguno de sus personajes. Entre un día y otro, hay una historia tan simple como engañosa que poco a poco se convierte en una compleja danza de apariencias. Lo que en realidad importa no es lo que se ve, sino el revés de la trama.
Fabián Bielinsky en ésta, su ópera prima, firma un policial de aristas negras que evita con buen pulso cinematográfico las facilidades del género. El lugar de la violencia gratuita o de las escenas de sexo tórridas y efectistas es ocupado por la tensión moral, la desconfianza perpetua, la posibilidad de una traición y algunas logradas pinceladas humorísticas. Sus dos protagonistas son Marcos (Ricardo Darín) y Juan (Gastón Pauls), estafadores callejeros de escasa monta que por principio evitan las armas.
Lo suyo es ir recolectando billetes, armados de paciencia y ardides picarescos, después de haberse conocido -según todo lo indica casualmente- en el aséptico 24 horas de una estación de servicio cualquiera. El primero, experto en estos menesteres, le propondrá al segundo, con cara angelical y menos recursos para el oficio, que sea su contraparte por una jornada.
La primera parte del film sigue los vagabundeos de estos dos personajes por las calles de Buenos Aires (escenario omnipresente, a excepción de un manojo de escenas) y es una lograda introducción a ese mundo paralelo que será el territorio del film. Una azarosa circunstancia, sin embargo, hará que ambos se vean ante la oportunidad de hacer una fortuna impensada cuando se conocieron: venderle a un magnate español adicto a la filatelia una serie falsificada de las "nueve reinas" (unas míticas estampillas originarias de los tiempos de la República de Weimar). A partir de entonces, la narración adquirirá un ritmo sostenido. Si en un principio Marcos era el líder indiscutible -su magnífica parrafada sobre las distintas categorías de ladrones callejeros está ahí para confirmarlo-, Juan tendrá a partir de entonces la oportunidad de demostrar que no es un mero secuaz.
Engranaje lógico
La película apuesta una buena cantidad de fichas al ingenio de sus muchas marchas y contramarchas y particularmente a su concluyente vuelta de tuerca. Sin duda, no es un hallazgo menor en una filmografía -la argentina- que suele fracasar estrepitosamente cuando debe enfrentar con oficio un cerrado engranaje lógico.
En esa precisión quirúrgica del guión reside buena parte del efecto público, y la consecuente supervivencia comercial, que seguramente tendrá el film. Pero aunque el brillo del artificio pueda nublar momentáneamente la vista, no es allí donde hay que buscar la originalidad ni la sustancia de "Nueve reinas". Ese molde argumental es sólo el terreno para que Bielinsky y sus actores hagan fluir diálogos de cortante precisión, algunos antológicos, y que son esenciales para toda película del género que se precie.
Los intercambios verbales ayudan a pintar de cuerpo entero las arenas movedizas del mundo ambulatorio en que se mueven Marcos y Juan, y del que también forma parte ese hotel de lujo, un no-lugar por excelencia, en que transcurre parte de la acción y en el que a todas luces son convidados de piedra.
Los diálogos, de más está decirlo, son también los que le dan carnadura a los personajes, meros buscavidas en un comienzo y que terminan prisioneros en la telaraña de un drama frío y calculado.
Gastón Pauls por momentos parece víctima de una anemia desconcertante, pero sólo con el correr de la cinta vemos hasta qué punto ese rostro ingenuo o indiferente le calza a la perfección a Juan. Leticia Brédice impresiona como una actriz rígida, pero cuando los dados están echados se vuelve evidente en qué consistía esa incómoda crispación de Valeria, la orgullosa y vengativa hermana de Marcos.
Pero si se quiere convicción actoral durante toda la película, ahí está Ricardo Darín: Marcos es seductor, un chanta entrador, pero también un crápula de la peor calaña, sin el menor escrúpulo. En sus manos, el personaje es mucho más que esa banal enumeración de adjetivos que se parecen demasiado al encasillamiento. Si Marcos termina siendo el eje de este film, se debe no sólo a las bondades de un guión aceitado y calibrado, sino al arma que su intérprete esgrime de principio a fin: una actuación soberbia.





