
En Eddie Marsan se puede confiar
Algún tiempo después de ver la inmisericordemente titulada La felicidad trae suerte (Happy-go-lucky, en el original) tal vez no se recuerde demasiado del errático seguimiento del personaje central -una mujer feliz al punto de lo insoportable- que constituía su trama. Pero seguro se recordará a un instructor de manejo violento, irritable, reprimido, tal vez hasta sociopático, que cargaba cada una de sus escenas de una amenaza contenida. Este rol secundario justifica la película. El actor que lo interpreta tiene una cara poco memorable: ni atractiva ni fea, no muy angulosa, con la nariz hundida y el hartazgo en la boca. Estamos seguros de que lo vimos en otro lado. Vamos a Internet y descubrimos lo increíble: que también fue, por ejemplo, el abogado cocainómano que encabeza una de las mejores escenas de la innecesaria Division Miami, el inspector Lestrade en Sherlock Holmes y uno de los villanos de Misión: imposible 3, entre otra docena de blockbusters y hits del cine independiente.
Ese es el verdadero drama del actor de carácter: todos admiran su trabajo, nadie tiene la más remota idea de cómo se llama. Su nombre es Eddie Marsan, y es el mejor actor de cualquier proyecto en el que participe. Nacido hace 47 años en Londres, Marsan es hoy el actor al que se recurre cuando la interpretación es más importante que el star power. Podemos comprobarlo semanalmente: es Terry Donovan -ex boxeador duro, contundente y lastimado- en Ray Donovan y Mr. Norrell -mago pequeño, soberbio y reptílico- en Jonathan Strange y Mr. Norrell. Cualquiera con un poco de simetría en la cara y bastante más suerte puede ser una estrella. Para ser Eddie Marsan hace falta talento.




