
Entre el cielo y el infierno
"Más allá de los sueños" ("What Dreams May Come", EE.UU., 1998), presentada por 20th Century Fox -Polygram-, en inglés. Libro: Richard Matheson. Guión: Ron Bass. Diseño de producción: Eugenio Zanetti. Fotografía: Eduardo Serra. Música: Michael Kamen. Intérpretes: Robin Williams, Annabella Sciorra, Max von Sydow, Jessica Brooks Grant, Josh Paddock, Rosalind Chao. Dirección: Vincent Ward. 106 minutos. Nuestra opinión: buena.
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En esta "extravaganza" sobre la vida después de la muerte caben varias películas: un film realista sobre el hogar con sus accidentes mortales no deseados y la soledad y desesperación que los sigue; otro, fragmentario y digno de un arbitrio sin límites, que reconstruye "la otra vida", la que le sigue a ésta; uno más, en que formas del arte -la pintura, la literatura y el manojo de mitos occidentales clásicos- interfieren en la vida cotidiana (real) y en la noción de "más allá" para sustentar prestigiosamente una inevitable fantasía; y una cuarta, la que se podría armar si uno ordena cronológicamente las piezas aquí dispersas.
En la historia, Chris (Robin Williams) y su mujer Annie (Annabella Sciorra) pierden en un accidente a sus dos hijos; luego, en un choque de autos, muere Chris, mientras auxilia a unos heridos; y Annie, que dejó la casa de salud mental a donde la arrojó la muerte de los chicos, desesperada, sin marido ni apoyo en la Tierra, se corta las venas. Esto, aquí y en poco rato. El resto es un recorrido desde el cielo al infierno y vuelta a la Tierra, producto de una reencarnación. Priva un formato genérico: la comedia reflexiva, con voz "over" de relator. El resultado es atractivo, tanto como distanciado -hay tanto apuro en esta vida que a quién le interesa la otra-, y tedioso por momentos, aunque una buena concentración en la quebradura de lazos afectivos y las marcas de amor inalterable que perviven en cada esfuerzo de los personajes por reencontrarse puede ser un buen camino para emocionarse.
Como un Orfeo moderno, Chris, que tuvo la suerte de ir al cielo, desciende en busca de su mujer, a quien, por suicida, le tocó el averno. El viaje, como en la literatura tradicional sobre el tema, es el hecho primordial. La letra de la novela en que se inspira -"What Dreams May Come", del formidable Richard Matheson- es más generosa con este Orfeo que con aquel hijo de Eagro y Calíope.
El título original -novela y película- remite a famosos versos de "Hamlet" ("Dormir, acaso soñar...") que imaginan la muerte como un sueño y una pausa. En la literatura de Matheson, esta narración de 1977 es una vuelta a su retrato de sobrevivientes de un cataclismo cuasi ecológico: En "I´m a Legend" (1954), un hombre es el único náufrago de una plaga y se enfrenta al resto de sus congéneres, hechos vampiros. En "The Shrinking Man" (1956) -llevada al cine por Jack Arnold como "El hombre increíble"- el ser se va achicando en tamaño tras haber soportado una nube radiactiva.
Matheson es un hombre preocupado por el más allá no sólo desde la observación mítica; también, desde el flanco científico: "En "What Dreams May Come" -dice el escritor- nada es ficcional, excepto los personajes y sus relaciones. El resto es resultado de la investigación".
El director Vincent Ward, en la película, recurre a caprichos varios; el primero, introducir el mundo del más allá dentro del marco ilimitado de un cuadro muy colorido. Jardines, cataratas, montañas y bosques: un sueño en colores. Annie es pintora y, como quiere la idea de "precedencia" en el simulacro de los posmodernos, ella pinta imágenes que coinciden con las que, en el futuro intemporal, identificará Chris como el paisaje de la otra vida.
Reconstrucción visual
Ward busca su inspiración en artistas del siglo XIX, reconocibles en la espléndida reconstrucción visual que logra nuestro compatriota Eugenio Zanetti en su trabajo de director del diseño de producción: John Martin, Caspar David Friedrich, Yves Klein, pero también Van Gogh, las huellas de cuya pincelada fresca traza con los pies el protagonista, y hasta Hyeronimus Bosch, cuyo "Jardín de las delicias" pende sobre la cama de Annie, sin negarse a advertir las acumulaciones de Cranach.
"Más allá de los sueños" invita a un largo recorrido por la cultura visual -lo dijimos- y por los rincones de las narraciones mayores de la antigüedad no bíblica, en su búsqueda de una lógica para los hechos y de un fundamento para el relato. Nombramos el mito órfico, al que hay que añadir la reconstrucción de la Estigia homérico-virgiliana, con la barca siniestra y quienes pujan por trepar a ella desde la laguna; también el viaje de Dante, en este caso, el monocorde Robin Williams en compañía de Cuba Gooding Jr. y de Max von Sydow, alternadamente; y hasta, por no ser menos, la inevitable, en estos casos, alusión a Scrooge, el anciano dickensiano que asiste a sus propios funerales. Todo está jugado en términos de sencilla metáfora y de esperanzada dirección hacia la otra vida, donde -lo dicen los autores de esta historia de amor más allá de la muerte- la felicidad es posible, incluso la decisión de volver al comienzo, mediante la voluntaria reencarnación.
Los azules y magentas de velatorio y los rojos sangrientos, junto con verdes de delicada textura, son sólo unos pocos entre los muchos recursos empleados por el film para construir el mundo del otro lado. Como casi siempre, también aquí, lo humano está sometido a la prodigalidad visual y sonora, que debería ser lo subsidiario.
Hay un lirismo privativo de la totalidad, así como una evidente y bienvenida inclinación por lo siniestro cuando ello es posible: la bajada a los infiernos; el mar de caras humanas, las almas perdidas (entre ellas, la de Werner Herzog, en un "cameo"); la cúpula gótica de una catedral invertida y hasta una escalera al cielo con figuritas de la commedia dell´arte llenan los ojos pero no suplantan la necesidad del conflicto humano que nunca se desata.





