Entre el sadismo y la sensualidad

Festival Buenos Aires Danza Contemporánea. "Por favor, sangra". Música DJ Raffaele. Coreografía: Gustavo Lesgart. Intérpretes: Jyrki Haapala, Gustavo Lesgart y Cruz Mata. Sala Ernesto Bianco del Centro Cultural San Martín. Nuestra opinión: bueno.
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27 de octubre de 2000  

El principal factor de interés que provoca el Festival Buenos Aires de Danza Contemporánea, que auspicia la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad es poder ver la variedad de tendencias que hay en la coreografía nacional independiente. Reposiciones de obras del año último y estrenos atraen al público, que en masa accede gratuitamente a las funciones.

En la obra que presentó Gustavo Lesgart, los personajes son tres y la misma cantidad de escenas. Lesgart buscó la división porque no sólo cambia la esencia, sino también la técnica y dinámica en los diferentes momentos. El comienzo es tranquilo. Los muchachos fanfarronean en camaradería mientras juegan con un balón.

Hay una complicidad machista y el partido es el camino para mostrar el liderazgo que cada cual busca ejercer. En esta parte, las actitudes son reconocibles e imitan a las que se realizan en cualquier torneo, mas después de una serie de pases, las imágenes, cada tanto, quedan, como fotos, congeladas en alguna pose. Así, sucesivamente, uno tras otro es dueño de la pelota (símbolo de poder). La reacción es ruda, pero campechana. Cuando finalizan, se sientan, cansados, intentando recuperarse para el próximo torneo.

Uno se seca el sudor y se entretiene con otro juego: se tapa los ojos con una media a modo de venda y prueba moverse y reconocer lo que lo rodea. Sus secuencias son lentas, cuidadosas, hasta que se topa con el cuerpo de uno de sus compañeros, que le sigue la corriente, como en el "gallo ciego". Pero el impedimento de no tener visión es a la par inquietante y atractivo. Hace caso omiso de que a quien tantea es otro varón. Sólo es un cuerpo, que en la ambigüedad de las sombras, lo seduce, lo acucia, despierta sensaciones que jamás supondría residen dentro de sí. Tanto el que ve como el que no olvidan prejuicios y se dejan llevar en lazos equívocos que van in crescendo y que ambos provocan. Brotan la vulnerabilidad, los lados tiernos. También, la sensualidad y el deseo.

Al quitarse la venda, los dos, como si nada hubiera pasado, asumen una posición feroz para demostrar su hombría por instantes olvidada. Se manifiestan sádicos con el tercero, al que torturarán para borrar lo que ocurrió. El amigo, por haberse quedado dormido, no fue testigo de nada. Son sus mentes y recuerdos los que traumatizan a los que vivieron los hechos. Hacen su catarsis por medio de la venganza. Dentro de sí no se perdonan y, entonces, buscan una víctima, el chivo expiatorio que limpiará, según retorcidos pensamientos, sus acciones.

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