
Lisandro Aristimuño
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Una relectura pop y personal del folclore argentino
Después del reconocimiento de Azules turquesas como uno de los grandes discos del año pasado, a Lisandro Aristimuño le tocó elegir entre dos caminos: hacerse amigo del éxito en una celebración ególatra o continuar tejiendo su universo artesanal como si nada hubiese pasado. El cantautor de Río Negro optó por la segunda senda y, mientras continuaba con la digestión de las urgencias de la urbe, compuso las canciones que integran su segundo opus. Junto con Gaby Kerpel, Aristimuño construye una relectura verdaderamente sustanciosa del folclore argentino. Lejos de Cosquín –en cualquiera de sus variantes–, su música se nutre de aires de zambas y bagualas, pero prevalece en ella un particular instinto pop que se burla de las fórmulas para generar un híbrido melancólico de raíz intuitiva. Ese asunto de la ventana, entonces, funciona como la continuación lógica del primer trabajo de Lisandro: "Humo sobre el mar" y "Flor del valle" se desperezan sobre un lecho orgánico que suscita extrañeza; "La última prosa" y "Lobofobia" emergen airosas entre ornamentos minimalistas y cintas invertidas; "Cerrar los ojos" es un elegante ejercicio portuario a lo Tom Waits; mientras que "Blue" y "El árbol caído" integrarían el repertorio de los fogones en un mundo perfecto. En este contexto, la electrónica vuelve a jugar un rol que la mantiene lejos del capricho arbitrario y, con la naturalidad con la que crecen los arbustos, consigue entablar un sutil diálogo con el formato acústico y la áspera voz de Lisandro. Que le canta a todo lo que se mueve sin prejuicios ni imposturas.




