
Ese hábitat mínimo, la cama
Dirigir países, escribir poemas épicos, amasar pan, dedicarse a complicados cálculos matemáticos y físicos, ordeñar vacas, componer ópera... No siempre hay que levantarse para concretar una hazaña
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Despertar es una cosa, pero salir de la cama es otra muy distinta. Es que nunca se está tan abrigado como en la cama, con un calor que, además, lo produce uno mismo. El frío exterior no es sólo una cuestión de temperatura: es un indicador de la férrea dureza del mundo cruel, hostil a la desnudez temblorosa, tanto del cuerpo como del alma. Un viejo adagio, muy popular entre los soldados, refiere: "Nunca estés de pie si puedes sentarte; nunca estés sentado si puedes tumbarte". Se pueden hacer muchísimas cosas útiles tumbado, o medio tumbado, o medio incorporado. Quizá por eso la humanidad ha valorado desde su creación este gran invento que se originó hace milenios como un montón de heno desparramado en el suelo: la cama.
En su ensayo Todo sobre la cama, el británico Anthony Burgess escribió: "El lecho primigenio es un líquido. A Moisés lo echaron a las aguas para un renacimiento, y aquellas aguas simbolizaban el líquido amniótico que, poco antes, le había sustentado en el vientre". Es que la vida antes del nacimiento es una sucesión de suaves balanceos, y nuestros sabios ancestros procuraron que se mantuviese ese ritmo durante algún tiempo después de que se llegara a este mundo.
Por su lado, el historiador romano Cornelio Tácito dejó documentado para la posteridad que las tribus germánicas de hace unos 2000 años solían poner en cunas colgadas entre las ramas de los árboles no sólo a los chicos, sino también a los ancianos. La madera que se elegía para hacer cunas era tradicionalmente de abedul, que se suponía en la antigüedad ahuyentaba los malos espíritus; mientras que la de saúco era considerada peligrosa debido a que atraía a las hadas que pellizcaban y, a veces, raptaban a las criaturas.
La evolución de la cuna de madera tiene su punto de partida en los troncos de árboles ahuecados y alcanza su pináculo en complicadas construcciones de nogal como la de Brustolon, que hoy se exhibe en el Museo Horne de Florencia, o la cuna de Valtellina, del siglo XIX. También se usa el mimbre, por supuesto: en Holanda, en el siglo XVII, era muy común ver cunitas trabajadas artesanalmente que dos siglos después se popularizaron en Europa, hasta llegar a nuestras costas y nuestros días.
La diferencia entre los chicos aristócratas y los plebeyos estaba determinada por el material con que se construían sus cunas. Los aristócratas se mecían en las de metal, mientras que los menos privilegiados lo hacían en las de madera. También oficiaba de cuna, en casas de militares, el escudo metálico con que iban a las guerras. Un ejemplo: el primer príncipe de Gales fue presentado a su pueblo dentro de uno de estos escudos. Por su parte, el británico Jorge IV dormía en una cuna de oro. Pero ninguno de estos materiales aplacaba el sueño infantil si las cunas no estaban montadas sobre balancines o patas oscilantes. Con el tiempo se fue corriendo la voz de que el dulce balanceo podría provocar anemia y daño cerebral, entonces las tradicionales camitas fueron convirtiéndose en pequeñas cárceles, corralitos, en desmedro del balanceo. Sin embargo, pasado el temor generalizado, el balanceo volvió a convertirse en una opción. Hasta hoy, ni psicólogos ni médicos han podido explicar por qué hamacarse tranquiliza al recién nacido.
Exageraciones
Pero la cama, ya se sabe, es un mueble con diversas funciones. Toda la vida de una familia, o bien de una parte de ella, puede girar alrededor de una cama. Simboliza comodidad y relax, ya sea en la forma de echarse a descansar un poco o en la de reclinarse para recibir a las visitas, como hacían las damas del siglo XVIII.
Los antiguos, en tanto, eran muy dados a incluirlas en el salón comedor, tal como testimonian algunas pinturas egipcias del faraón Amenemhat, de 2000 a.C.
Y aunque las camas separadas evocan la decadencia moderna, ya existían en tiempos de Carlos el Temerario de Borgoña y su segunda mujer, Isabel, en el siglo XV. Entre los ascéticos padres de la Iglesia, además, siempre generaron simpatía. Por su parte, Hamlet proclamó la inmundicia de la cama doble con bastante claridad.
A diferencia de la cultura occidental de cama con patas, a la hora de dormir Oriente sigue usando esterillas, alfombras y almohadones que, a veces, ocupan todo el piso de la habitación. En Irán, en tanto, existe el Trono del Sol, una cama trono perteneciente al palacio de Gulistán, en Teherán, que fue construido para la favorita del sha Fath Alí en 1820. Pero eso no es mucho, si se considera que la reina egipcia Heteperes hacia 2690 a.C. dormía en una cama revestida de oro. Y que Tutankamón, en 1350 a.C., dormía en su lecho de marfil y turquesas.
Churchill, Rossini, Einstein
Este hábitat mínimo –como llaman a la cama algunos arquitectos– es el mueble básico. Y a veces, el único, como en el caso de una celda o algún monoambiente más que despojado.
Desde su cama, el primer ministro Winston Churchill dirigía la participación británica en la Segunda Guerra Mundial y el país en general. Desde otra cama, y esto lo menciona Burguess en su libro, una tal Madame Blanche ordeñaba asiduamente una vaca Jersey en, seguramente, una especie de habitación con granero integrado. Y desde arriba del colchón, también, algunas mujeres rumanas amasan el pan, mientras que los hombres tejen y cosen.
Y hay muchos otros casos célebres: el pintor francés Henry Fantin-Latour dibujaba en su cama, con abrigo, bufanda y sombrero de copa. Por su lado, el polifacético británico William Morris instaló junto a la almohada un telar manual, y su coterráneo el poeta John Milton escribió entre sus almohadas una de sus obras más célebres, el poema épico El paraíso perdido.
Bien cobijados, también, el pensador británico Thomas Hobbes representaba problemas geométricos entre las sábanas, el compositor italiano Gioachino Rossini compuso varias de sus óperas y Albert Einstein logró definir su ecuación E=mc2.
Democrático como ningún político de la Tierra, a través del sueño todo el mundo pasa a ser igual a todo el mundo. Y es intrascendente, en el fondo, donde uno duerma.




