Estremecía con su voz y gesto; carne y alma

Pablo Gorlero
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12 de abril de 2014  

"El final está comprendido en el comienzo y, sin embargo, uno continúa", dice Hamm, el personaje de Final de partida, de Beckett. Y tal como lo afirma Joaquín Furriel, Alcón disfrutaba interpretarlo cada noche en el San Martín. Fue su último papel y fue él mismo quien quiso ese final de partida, ese último juego. Tan planeado, tan mágicamente pensado, como su carrera, como su vida.

¿Por qué Alfredo Alcón fue el gran actor argentino? Su materia física estaba conformada de teatro puro. Eso lo dejaba en claro no sólo sobre el escenario, sino también ante la cámara. Nunca mejor empleado el verbo encarnar cuando uno se refería a sus trabajos. Se incorporaba los personajes y los amaba, tal vez por eso la tremenda intensidad que transmitía y con la que lograba estremecer. Era carne y alma. Era voz y gesto. Alcón degustaba cada frase e investía de dramaticidad cada segundo en el que palabra, postura o significado tienen lugar. Y si el personaje se lo permitía, apuntaba unas gotas de un humor tan fino como delicado, adorable. A él no le gustaba que le dijeran que era un actor shakespeariano y fruncía el ceño si en una charla uno sólo circundaba los clásicos del teatro universal. Pero quién si no él en el imaginario de un amante del teatro. Quien esto escribe, de adolescente, cuando leía Hamlet, Las brujas de Salem, Ricardo III, Peer Gynt... no podía dejar de imaginarlo a Alcón en cada una de esas palabras, que parecían escritas para él por la dramaturgia universal, en una conspiración mágica. Pero él no era clásico, era puro teatro, era poesía de Federico, era sinfonía, era el tiempo y la música del hecho teatral. "Yo vi a Alcón", diremos siempre con orgullo. Historia pura de nuestro arte. "Nada más divertido que la desgracia", le susurró Samuel Beckett, al oído. Intuyo que Alcón siempre sonrió al pensarla.

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