Falla y Bartók, hace noventa años

Pola Suárez Urtubey
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11 de noviembre de 2016  

En este mes de noviembre, dos obras sumamente atractivas dentro de sus respectivos géneros, cumplen los noventa años de su estreno. Vale la pena recordarlas.

Una de ellas es el Concierto para clave y cinco instrumentos (flauta, oboe, clarinete, violín y violoncello) de Manuel de Falla, estrenado en Barcelona el 5 de noviembre de 1926, en el curso de un festival de la Asociación de Música de Cámara. Sus intérpretes fueron la clavecinista Wanda Landowska (quien había encargado la obra) y los músicos de la Orquesta Pablo Casals, todos dirigidos por el compositor. La obra despertó enorme entusiasmo en Ravel. En cambio el público, favorable hacia una de las obras maestras de Falla, El sombrero de tres picos, lamentó esta vez su árido lirismo, su excesiva "simplicidad" y su rigor formal, sin el menor toque de pintoresquismo.

Es lo que el autor había buscado. Un estudioso de su obra, Luis Campodónico, se muestra convencido de que con este concierto Falla, de alguna manera, destruye el folklore para construir su propia música.

"Ella vale -escribe- únicamente por ella misma, no por su origen". Y después de describirla resume que sus irregularidades métricas, la delicadeza de las articulaciones rítmicas y la explotación de la bitonalidad , entre otros aciertos, colocan a esta obra corta, concentrada, rigurosa, en el más alto rango del repertorio de cámara del siglo XX.

La otra obra que queremos recordar en este noviembre de 2016 tiene una historia que ha provocado fuertes reacciones en su trayectoria. Se trata de El mandarín maravilloso, de Béla Bartók, ballet en un acto presentado el 27 de este mes, pero en 1926, en la Ópera de Colonia . Fue sin duda un escándalo, provocado por lo que se consideró un espectáculo inmoral. De todas maneras, el compositor había extraído del ballet una suite orquestal que tuvo buena acogida cuando se la presentó en 1928.

La obra es de un expresionismo voluntariamente acentuado. Su tema, realista y fantástico a la vez, inspira en Bartók una partitura de extrema densidad que, al margen de la escena, queda como una obra maestra del repertorio sinfónico.

En su argumento, tres vagabundos contratan una muchacha para que atraiga desde la ventana que da a la calle candidatos a los que luego despojarán de todas sus pertenencias. Los dos primeros, un viejo y un joven, son rechazados por carecer de bienes, pero el tercero es un rico mandarín que, excitado por la muchacha, salta sobre ella. Ahora nadie puede detenerlo y lo apuñalan. Pero su cuerpo, colgado de una lámpara, empieza a brillar con una misteriosa luz azul. Entonces la abraza y cuando el deseo del mandarín se cumple, las heridas empiezan a sangrar y muere.

No estaría nada mal escucharla y verla en una buena versión.

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