
La actriz colombiana Flora Martínez se convirtió en sicaria para protagonizar la pelicula Rosario Tijeras que se estrena este mes y cuenta la historia de una mujer asesina. Pero ella tiene su propia teoría de quienes son los verdaderos criminales.
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Por ahí”. Flora avanza con pasos largos por delante de las guardias de seguridad; entra en una de las oficinas administrativas de la cárcel; le da las gracias a la capitana del penal y les estrecha la mano –o tal vez las sacude con un beso en la mejilla– a las dos mujeres condenadas por asesinato en la penitenciaría del Buen Pastor en Bogotá.
“¿Un vino?”
“Un vino.”
La humanidad de Flora se sostiene sobre un par de zapatos transparentes de tacón alto, y se eleva, con las uñas pintadas de rojo, 3 ó 4 centímetros sobre mi cabeza.
“¿Un cigarrillo?”
“Paso, mil gracias.”
Nos sentamos en una mesa de la terraza del hotel Howard Johnson de Bogotá. Flora saca de su bolso un paquete de cigarrillos Pielroja sin filtro y el mesero –después de servir las dos copas de vino tinto– ilumina su cara con un mechero. Flora sonríe y es como Rosario.
“Por Dios, Rosario, ¿cuántos dientes tenés?”, pregunta Antonio: el personaje central de la novela y de la película. Es el “niño bien” de Medellín que se enamora perdidamente de Rosario. Pero el que se acuesta con ella –con la amante y la sicaria favorita de los patrones de la droga– es su mejor amigo: Emilio [interpretado por Manolo Cardona].
En el libro de Jorge Franco, la sonrisa de Rosario Tijeras –el nuevo ícono pop de la narcoviolencia colombiana– es capaz de iluminar la noche. La sonrisa de Flora Martínez también la ilumina. Su cara, para citar a Hemingway, es tan fresca como la efigie de una moneda recién acuñada y con esa hilera de dientes perfectos –tan contundentes como una serie de fichas de dominó– podría empeñarse en romper esa misma moneda en dos.
“No me parezco mucho –al menos físicamente– a la Rosario Tijeras del libro” dice Flora. “Ella es mulata y tiene otra clase de cuerpo. Es una bomba latina. Sin embargo, cuando Jorge Franco me vio en el casting no titubeó y dijo ‹‹esa es››”.
En el libro, Rosario se engorda cada vez que mata; cada uno de sus muertos significa varios kilos de más, en la película –co protagonizada por el español Unax Ugalde [Antonio] y el colombiano Manolo Cardona [Emilio]– la gordura es remplazada por una serie de cicatrices en el brazo hechas con una cuchilla… ¿fue idea tuya?
No. Fue de los guionistas. Yo quería engordar, pero me dijeron que no había tiempo… insistí… propuse varias opciones; grabar unas escenas dos semanas antes, dos semanas después; en fin: al final no importa. Creo que la idea central del libro se mantiene. Rosario se castiga y se flagela cada vez que comete un crimen.
“Se mantiene la esencia de la historia y del personaje” me dice Jorge Franco un día después. “Yo me basé en elementos reales para escribir Rosario Tijeras. En una pandilla me encontré con una muchacha que cada vez que mataba a alguien se le iba la voz y más tarde enmudecía del todo”.
¿Por qué crees que Rosario Tijeras ha sido recibida con tanta expectativa, mientras que un filme como La virgen de los sicarios, hecha por un cineasta famoso, ganadora de varios premios, hizo que un periodista medio chiflado afirmara que debían prohibirla?
“No vi la Virgen. Tampoco leí el libro –¡perdón!–, pero creo que –sólo juzgo por las escenas que vi–, había mucha sangre gratuita. No creo que valga la pena revolcarse en la violencia y en la pornomiseria. Rosario Tijeras –dice Flora– es una historia de amor. Por eso me encadené a este proyecto. La idea es mostrar que las mujeres que matan, aman [más tarde, su amigo, Alonso Arias, actor, habitante de las comunas y cantante de rock, dirá: “La virgen también era una historia de amor, pero entre hombres, y aquí –en Medellín– eso chocó”]. No me interesaba –continúa Flora– hacer un filme como Asesinos por naturaleza en el que los protagonistas disparan y matan sin sentir nada; matan con la misma frescura con la que se comen una hamburguesa o se toman una botella de vino… no quería hacer una película en el que la vida de las personas valiera culo, ¿entendés?… tuve varios conflictos morales para hacer esta película… No quería darle vida a un personaje de esa clase… No quería que dijeran: “Rosario Tijeras es una chimba porque mata”.
Jaime Garzón –el humorista colombiano asesinado en 1999– era uno de tus amigos más cercanos y murió bajo las balas de los sicarios. Rosario finalmente es una asesina. Mata por dinero…
Yo… Yo no pretendo sentar juicios. Matar es malo, pero también es muy fácil señalar y decir “¡hijueputas asesinos!” sin conocer cuáles son la verdaderas condiciones de vida de la gente, vi mujeres violadas desde niñas, vi gente que no ha hecho más que comer mierda desde que nació. Ellos –los sicarios– tal vez no tienen opción. No tienen –no han tenido– todas las oportunidades que nosotros tenemos. Matar es la opción de vida y el único camino que se les ofrece. Ejercen la violencia como un acto reflejo. Por eso los verdaderos asesinos son otros… los políticos, los aristócratas… esos malparidos –insiste– esos malparidos –dice marcando cada una de las sílabas–… esos malparidos fueron los hijueputas que mataron a Jaime.
Colombia es un país hipócrita. todo el mundo –sobre todo arriba– parece haber consumido drogas algún día, pero el narcotrafico y los narcotraficantes son el diablo… En el filme todo el tiempo meten cocaína… ¿Qué piensas de las drogas?
Tampoco voy a juzgar; cada quién que se meta lo que le de la gana. Hay que ser consecuente. En el universo de la película todo es distinto. Medellín es una ciudad supremamente religiosa y consumir drogas es ir en contra de Dios, pero en esa realidad tan agobiante se necesita algo de amnesia y las drogas se convierten en algo necesario.
En la cultura de los sicarios la figura de la mamá es sagrada. En el mito del pistolero siempre –detrás de un asesinato– hay una nevera o una casa para “la cuchita”. Matan para darles lo que no tienen. La mamá de Rosario es un caso extraño: es una vieja malvada. La echa de la casa. Deja que la viole su marido… ¿con esta historia crees que se rompe alguna clase de mito?
Uffff… por lo que vi… no sé… no hay nada fácil en esa relación entre madres e hijas. Hay muchos ingredientes y uno de los más importantes es la belleza de la mujeres. En Medellín todas las mujeres son hermosas. Son hembritas desde culicagadas. Y las mamás –en una sociedad tan machista– compiten contra ellas con una dureza... Los valores están retorcidos. Hay un rollo incestuoso en la relación padre-hija. El papá no sólo es el papá sino el dueño de la hija. Y al hombre de la casa –en esa mentalidad– hay que atenderlo. Y eso incluye acostarse con ellas.
“Ehhhhh… es que hay señoras muy malas” me dice tres días más tarde Alonso Arias, uno de los “actores naturales” del filme y una de las personas que mejor se conectó con Flora Martínez durante la filmación de Rosario. Una de las ideas de la película era denunciar a esas señoras. Son mamás que humillan y maltratan a las hijas; son mujeres que se llenan de problemas y de odios y que después se desahogan con ellas y las dejan llenas de marcas físicas y mentales.
Alonso vive en el Barrio Manrique, una de las zonas tradicionalmente más “calientes” de Medellín, y su trabajo no fue únicamente como actor –él fue quien interpretó al antiguo novio de Rosario– sino que terminó por asumir el rol de guía y asesor del equipo de rodaje. “Emilio [Mallé] –el cineasta mexicano que dirigió Rosario Tijeras– tenía miedo de subir. Pero las cosas han cambiado. Él mismo me dijo que ahora Medellín y la violencia de las comunas eran sólo un mito”.
“¿Alfonso?” me dice Flora “Ese man es un bacán. Tiene una visión del mundo y una capacidad humana... En las comunas las han vivido todas y han caminado el infierno enterito. Y no se han quemado. Tienen unos corazones y unas almas taaan puras. Son más gente que uno. Uno… uno es un huevón. Cuando ellos te ofrecen tu amistad es en serio. Cuando dicen ‹‹pa’ las que sea›› es ‹‹pa’ las que sea››. No de rumba ahorita y mañana chao”.
Arias hizo su debut como actor en el último filme de Víctor Gaviria, Sumas y restas, estudió cine y manejo de cámaras en una caja de compensación –“ahora preparo una peli sobre una guerra de pandillas: los buitres y los justicieros”–. Cuando oyó que iban a llevar al cine la novela más visible de Jorge Franco, pensó: “se me adelantaron”. Había leído la novela dos años atrás y pensaba rodar en las calles del barrio. “Yo dije: esta mujer está para una película”.
María Luisa, una de las mujeres encarceladas en el Buen Pastor por asesinato, también había leído la novela. Y al hacerlo –al pasar las ciento y pico de páginas que tiene– no pensó que era un personaje de película. Pensó que era ella. Y eso fue lo que le contó –en la oficina de la capitana– a la mujer que trataría de llevar la esencia de su horror y de su drama a una pantalla de cine.
“A ella también –a María Luisa– la violaron” dice Flora. “Su padrastro la violó y abusó de ella… por eso…, –Flora le da una chupada salvaje a su cigarrillo–, por eso cada vez que ella mataba, –cada vez que ella mataba a un hombre–, sentía que estaba saldando una deuda…”
“Flora” sostiene Jorge Franco “me dio nuevas luces sobre Rosario. Me dio el punto de vista final femenino de mi personaje. Yo escribí la novela desde el punto de vista de un hombre [Antonio], que se enamora perdidamente de ella. Un hombre que, como yo, conocía muy poco de ella. Flora entró en el corazón y en la mente de Rosario. Se logró acomodar en su piel y en sus entrañas. Fue al fondo”.
“Yo no quería hacer una Rosario tan hijueputa como la de la novela” me dice Flora al final de otro vino. “Yo quería entender de dónde salía tanto odio y tanta violencia y me alejé del libro. Tenía que encontrar qué era lo que movía a esta mujer. Por eso me fui a las comunas y a la cárcel. Tenía que encontrar de dónde salían sus emociones y por qué Emilio [un niño rico de Medellín] es su príncipe azul. Había cosas de la novela [ la escena en la que –después de hacer el amor con Antonio–, le dice que Emilio la tiene más grande] que no me parecían tan bacanas. Y las cambié. Pero también hubo cosas que quedaron mal por mi culpa. En algún momento Antonio le pregunta a Rosario si alguna vez se ha enamorado y ella responde ‹‹Vos si qué preguntás huevonadas››. En la novela ella se ríe o se queda callada. Me salió mal. La cagué. Pedí mil veces que cambiaran esa escena, pero me dijeron que lo peor que podía hacer era enfocarme en un error. Y finalmente Jorge Franco aceptó la Rosario que le propuse”.
“El único consejo, o la única sugerencia que le di” me dice Alonso, “es que no fuera tan dulce. Pa’ qué. Tenía que ser más ‹‹guache››. Tenía que ser más ‹‹aletosa››. Tenía que señalar a las personas con los labios y ‹‹aletearles›› con las manos en la cara. Ella se la pilló rápido. Vio cómo se movían las mujeres acá y tomó nota.
“Esta no es la Rosario del libro. La Rosario de la película es una mujer real” me dice Flora.
¿Qué pasó en la cárcel?
Me encontré con un par de mujeres que estaban lejos de ser máquinas de matar. María Clara pinta. Es una mujer que dispara amor por los ojos. Tiene 23 años. Es tímida, tierna y llena de odio. Su padrastro la violó cuando era niña. Tiene cinco hermanos por los que da la vida y lo que más rabia le da de estar presa es no poder darles nada. Yo lo hice una de las preguntas de la película: ¿Te has enamorado alguna vez? Y me respondió que sólo tuvo un amigo. Un sacerdote. Eso me impresionó. El único hombre con el que podía estar en paz era el único con el que no podía tener relaciones sexuales. Ese era mi Antonio. Yo tengo una deuda muy grande con ellas. Tarde o temprano voy a llevarles la película. Es mi compromiso.
¿Por cuánto tiempo está condenada?
Estuvo presa por asesinato y escapó. Un guardia murió en la fuga. Ella me dijo que su idea en ese momento era empezar otra vida y darle desde cero, pero le ofrecieron 2 millones de pesos por otro “trabajo” y la atraparon. Es una vida que no tiene salida. La pregunta es: ¿por qué existen mujeres asesinas? ¿qué estamos haciendo para proteger a estas niñas violadas y maltratadas? ¿qué hacemos para que no se vuelvan víctimas y victimarias?
“Rosario es una víctima” dice Alonso. “Es una mujer que queda estropeada por su familia, por la sociedad, por todo el mundo, hasta su hermano –Johnefe–, que tanto la quería, le daba fierros [pistolas] para que se calentara más. Su apoyo era un apoyo destructivo”.
Uno de los aspectos más impresionantes de la película son los ritos de los sicarios… el funeral de Johnefe –con salsa, putas, paseo en carro– es uno de los momentos cumbres de la película, ¿de dónde salieron esas historias?
Eran anécdotas que nos contaban, –afirma Flora–, había que sacar a pasear y a rumbear a los muertos… también los remataban… había venganza hasta en el más allá.
“Ahhhhh…” dice Alonso “claro que eran cosas que pasaban. Mucha gente se oponía, sobre todo las mamás y los más viejos, ¿qué era eso de darle aguardiente al muerto que en paz descanse? ¿por qué no lo respetaban? Pero siempre había rumba. Y a veces había más muertos. Hace años vi cómo unos muchachos se le atravesaron a un cortejo fúnebre y de un rafagazo acabaron con otros dos miembros de esa familia”.
La película transcurre en 1989, ¿ dónde estabas tú en ese momento?
En Bogotá –dice Flora–. Yo tenía 15 años y el recuerdo más fuerte que tengo es el de las bombas. Aquí no se sintió tanto la fuerza de los mafiosos.
¿Pablo Escobar todavía es un ídolo?
Él es un idolo en Medellín. Construyó barrios enteros. Hizo colegios, canchas de fútbol… asumió el papel del estado. Todavía es el papá y el rey de las comunas.
“En 1989” me dice Alonso “yo estaba en el colegio. En esa época el barrio se llenó de armas. La violencia era tan dura que había días que nos pedían que no fuéramos a clase. Las calles se mantenían solas. Y siempre, en cada curso, había dos o tres pelaitos con armas. Mataban por una lonchera. Uno entregaba las cosas y de todas formas lo mataban. Por pura maldad. Mataban amigos. Mataban profes. No les importaba nada”.
“Victor Gaviria nos mostró ese mundo” dice Flora. “Un mundo en el que el poder llegaba de la nada… un poder sin educación y con mucho dinero… un poder que se convertía en locura… un poder con el que podías tener la hembrita –o las hembritas– que quisieras… un poder que les permitía beber champaña mezclada con aguardiente… un poder de locos…”
En el libro y en la película Rosario se prostituye. Y el que la vende es justamente su hermano…
Jhonefe es un sicario, ¿Y para quién trabaja? –pregunta Flora–. Para Pablo Escobar –se responde–. Y si el patrón quería a su hermana… ¿qué podía hacer? Todo era parte de una negociación. Ella, para los ojos de todos, iba a convertirse en una reina. Iba a alcanzar una mejor forma de vida. Era su lógica.
¿Y cuál es la lógica de tu vida?
Vivo en Nueva York. Bailo tres horas diarias. Preparo un monólogo. Me cuestiono y me critico todo el día. Leo psicología [sobre la mesa tiene un libro en inglés –bastante usado– de Erich Fromm: Escape from Freedom]. No entiendo por qué la lógica de la mayoría de las personas es casarse, tener una casa, tener un carro… Yo aspiro a algo más.
¿Por qué nueva york?
No sé… tenía 18 años cuando fui por primera vez y me impresionó. Además, en esa ciudad, no soy nadie. Allá puedo mantenerme alejada del ruido y de la bulla que hay en Colombia, aquí hacen bulla por todo…
¿Cuál es el camino que quieres seguir? Hace poco trabajaste en una película con Gael García…
–Me gusta esa onda. La de él y la de Javier Bardem. Ellos buscan los personajes. Hacen que evolucionen. Quiero seguir haciendo cine.
En Rosario Tijeras hay varios desnudos, ¿cómo…?
Flora me responde con la mirada.
Entiendo.
“Vos por qué preguntás tantas huevonadas”.
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