El quinteto inglés sorprendió en su segunda visita a Buenos Aires; crónica y fotos
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Juntar ganas suele dar resultados a la hora de conseguir algo. Yannis Philippakis y compañía tenían motivos suficientes para acumular buenas intenciones: un show debut en Buenos Aires como teloneros de los Red Hot Chili Peppers en River en 2011 , con un set de ocho temas y los parlantes al mínimo; la suspensión por "problemas de logística", en esa misma semana, de lo que hubiera sido su primera fecha a solas en La Trastienda; la salida de Holy Fire, su nuevo disco, hace menos de dos meses; las críticas a su presentación en el Lollapalooza Brasil del domingo, tildándolos de "tibios". Nada menos.
La materialización de ese cúmulo de deseos en un recital podía cumplirse bien con un show prolijo, correcto, "de tradición inglesa", o buscando -con lo que sea, como sea- dar ese pasito más. Lo de Foals en la noche del martes no fue ni uno ni lo otro, sino la suma de ambas, cada una a su debido tiempo: una obra en dos movimientos, con un punto de quiebre poco después de la mitad del setlist.
"Nice to be here, Buenos Aires!" El grito de Philippakis, demoliendo la pared de sonido glam construida sobre el final de "Prelude", daba inicio a un primer acto que cumplía: una puesta oscura, con rasgos de luz y niebla ochentosos; un pequeño repaso discográfico ("Total Life Forever", "Balloons", "Olympic Airways"); y un ánimo del público que pasó de las palmas al "olé olé, fo-ols, fo-ols" en menos de diez minutos. El tándem "Blue Blood" / "Milk & Black Spiders", usado a modo de suplemento dietario de math rock, empezó a abrir la puerta a la segunda etapa, blanqueada por una frase del frontman al pasar: "deberíamos haber venido antes, sorry".
Y ahora sí. "Providence" -del nuevo disco, pero recibida por la masa como si llevara años en sus iPods- marcó el punto de inflexión que convirtió a un show más en el culo del mundo en la extensión del garage, al menos por una hora. Inflexión que tiene que ver con lo anecdótico, sí (Philippakis haciendo crowdsurfing una y otra vez, incluso llegando a la barra durante "Electric Bloom" y ofrendando un vaso de cerveza al campo; Jack Bevan buscando el lugar más alto del escenario mientras todo parecía quedar en manos de Jimmy Smith, firme con su campera de Nirvana), pero también con lo musical y la conexión bien entendida con el público. El manejo inteligente de los tiempos, del solo de teclado en "Moon" a los in crescendos de locura en "Inhaler" -ya en el bis-, fueron claves para ese salto.
"Let's swim, let's swim, let's swim this off", grita el cantante en "Two Steps, Twice", el tema elegido para el cierre; la tregua de la tormenta en Capital evitó la necesidad de tomar literal la frase. El público, empapado de sudor propio y ajeno, sale compacto y entre sonrisas rumbo a Federico Lacroze. El efecto garage, esa sensación de compartir algo íntimo y pequeño más allá de las circunstancias, hizo mella después de todo.
Por Ignacio Guebara
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