Gallegos afiladores
1 minuto de lectura'

Ampliando. La nota sobre las técnicas para afilar cuchillos y dagas criollas, que surgiera a instancias del conocimiento y la habilidad del reconocido afilador Luis Uranga, trajo cola (en general Luis prefiere el afilado de vírgenes en desmayo, pero ese es otro tema).
Y una de las colas vino por un comentario de mi amiga Mona Narvaja, que recordaba que los afiladores que recorrían las calles de Buenos Aires tenían en común, además de su oficio, el origen: eran todos gallegos, y más concretamente de la provincia de Ourense u Orense.
Morriña. La cosa me quedó dando vueltas en la cabeza, y me fui a confirmar el dato con el afamado cocinero gallego, Manuel Corral Vide, que es el factotum del restaurante Morriña, que anda quedando en la calle Zapata al 300 de nuestra ciudad.
Apenas Manuel se sienta en nuestra mesa le pregunto por el asunto de los afiladores, y tras exclamar un: "¡Claro que sí, eran todos orensanos!". Se levantó -lo que me permitió mordisquear mis espectaculares torrijas- y volvió con un libro en la mano, dedicado al tema.

El libro. Y allí me encontré con un texto, escrito en gallego por Olegario Sotelo Blanco, que se llama "Os afiadores", y que viene a cuento de un tío de él, Manuel Blanco Rodríguez, afilador de profesión, que se instaló e hizo fortuna en Buenos Aires, acompañado nada más que de su "rueda" y la flautita que anunciaba su presencia en el barrio.
El tío afilador. Como sería de rentable su oficio que vino literalmente con una mano atrás y otra adelante, y en un año se compró una casa y pudo traer a la familia que había quedado en Galicia. Eso sí, a su sobrino escritor le contó que solía caminar un promedio de sesenta cuadras por día visitando a sus clientes habituales, hasta que instaló el taller en su casa. Y siempre expresaba que su mayor alegría era llevar plata al banco. (Recordemos que por aquellos años los bancos eran un negocio más respetable...).
El origen del oficio. Parece ser que los orensanos conocieron este oficio por los franceses, que habitualmente cruzaban la frontera para recorrer diversos pueblos y aldeas ofreciendo sus servicios. Finalmente, los gallegos se despabilaron, y cayeron en la cuenta de que ellos de por sí ya sabían algo del tema, porque al ser campesinos, tenían que afilar con frecuencia sus instrumentos de labranza.
Así comenzaron a animarse los habitantes de los municipios de Nogueira de Ramuín, de Esgos, de Xunqueira de Espadeño, de Pereiro de Aguiar y de Caldelas, siendo éste último donde naciera el Manuel Blanco de nuestra historia.
Sin datos pero con sospechas. No hay datos precisos de cuando sucedió esta adopción del oficio, pero sí existen constancias de todo tipo que indicarían que desde hacía tres siglos los orensanos se daban maña con las piedras de afilar. Fue tan importante la actividad que hasta se instaló una fábrica de ruedas en Caldelas.
La necesidad, que le dicen. ¿Porqué estos campesinos se volcaron a este oficio? Por la sencilla razón de que sus tierras no lograban sustentarlos. Y entonces el oficio de afilador les permitía emigrar dentro o fuera de España, con una profesión a cuestas. Esa necesidad hacía que se transmitiera la "rueda" de padres a hijos, siendo que éstos ya se habían endurecido en las sacrificadas tareas campesinas.

¿Cómo se aprendía? Amén de haber afilado guadañas, hoces, azadas, hachas y tantas otras herramientas de labranza, se hacía un corto período de aprendizaje. Lo demás, como le dijo don Manuel a su sobrino el escritor, era cuestión de "arruinar tijeras". Claro que se comenzaba por las rústicas cuchillas de las segadoras, hasta llegar al afilado más refinado que era el de las navajas de afeitar, que por aquellos años tenían todos en sus casas.
El uniforme. Los afiladores usaban la misma ropa que para trabajar en el campo. Ropa extremadamente rústica y resistente, que conocía poco del lavado, sobre todo cuando deambulaban de aldea en aldea buscando clientes. Se lavaban únicamente las ropas interiores, camisetas de manga larga y calzoncillos ídem para el invierno, etc. En la cabeza era de rigor llevar la "gorra bilbaína", que la gente del común, como yo, prefiere llamarla boina.
Problemas municipales. En aquellos años no era cuestión de andarse por la calle vestido de cualquier manera, así que los municipios de Burgos y de Navarra, sancionaron normas que establecían que los afiladores no podían ejercer su oficio en la calle los días domingos. Parece que afeaban las calles con su aspecto, desentonando con los afeites de los que salían a hacer su paseo del perro dominguero.
La casa en la rueda. La rueda cargaba además un jergón que llenaban de paja tan pronto como se establecían en una posada, y agregaban a su equipaje una manta "fuerte" para el abrigo en el invierno. Pensemos que formaban parte del equipaje también las herramientas para ajustar y reparar las piedras de afilar, la propia rueda de afilar, más el aceite necesario para lubricar. Y todo esto se trasladaba por la tracción a sangre del propio afilador.
Claro que cuando ofrecían sus servicios dentro de las grandes ciudades como Valencia o Barcelona, todo esto se aligeraba porque dejaban en la posada donde se establecían, toda esta carga.

Alacena ambulante. Esa vida ambulante y de extremada austeridad, se sostenía también llevando algo de comida preparada en su casa. Ya fueran chorizos, tocino y hasta a veces algún jamón. Estos alimentos, también le servían para socializar con los otros huéspedes del lugar en que se alojaran. Claro que todo esto dependía del tiempo que duraba la gira de recolección de pesetas por afiladas. Porque era totalmente variable, siendo que la ausencia de su casa iba de uno a seis meses.
Los que volvían y los que no. Como veíamos al comienzo, se puede decir que había dos tipos de emigrantes. Los que andaban por España u otros países de Europa eran de los que volvían regularmente a sus aldeas de tanto en tanto. Fundamentalmente, no podían faltar para dos ocasiones: la fecha del santo de la aldea, y cuando se hacía la matanza de los cerdos.
En cambio, los que venían a América, terminaban trayendo a su familia, y ya se volvía difícil volver a sus pueblos. Lo curioso es que los escritores hablan de los destinos que elegían y dicen: Norteamérica, Brasil, Venezuela, Cuba, pero cuando se referían a nuestro país como destino siempre se refieren a Buenos Aires.
Lo sufrido. El día del afilador comenzaba casi de noche, porque tenía unas tres horas de viaje entre las aldeas. Desayunaba una hogaza de pan y una copa ya fuera de cognac o de anís.
La comida del día era la cena. Cuando descansaba los domingos, consistía en quedarse en la posada a jugar a las cartas, ya fuera con los propios posaderos o los otros huéspedes. Algunos adquirían tal habilidad con los naipes, que sus ingresos eran mayores que los que obtenían afilando.

Tozudez o amor. Aún cuando se sufrieran enfermedades específicas resultantes de aspirar el silicio que despedían las piedras de afilar o las limaduras de las llantas de hierro de las ruedas que empujaban, no hay afilador que no amara su profesión y que si volviera a nacer, la volvería a adoptar.
Algunos muy viejos solían tener hasta tres ruedas desparramadas en pueblos diferentes, para no tener que llevarlas empujando, y ellos se movilizaban en un pequeño auto. Otro, de 80 años declara que sigue trabajando en Barcelona, porque en su recorrido diario vuelve a reencontrarse con los amigos de toda la vida.
¡La flautita! Se la denomina chifre. Las mejores, dicen, venían de Portugal. Solían ser de madera, y no pocas tenían un diseño artesanal. En este libro que estamos comentando, aparecen algunas con forma de cabeza de caballo.
No creo que haya mayor de 50 años que no recuerde ese elemento de marketing que hacía conocer el servicio que se estaba ofreciendo y la disponibilidad inmediata para brindarlo.
El barrellete. Así se llamaba la jerga o lengua con la que se comunicaban entre ellos. No existen escritos de este idioma, pero sí algunas recopilaciones de las expresiones más usuales usadas por los afiladores.
En gallego existe un verbo -barallar- que se supone su origen y que significa hablar sin sentido. Se sabe que también lo utilizaron los capadores o los apicultores que recorrían los campos españoles.
Otra curiosidad es que algunas de las palabras más usadas están tomadas del euskera hablado por los vascos. Lo concreto es que solo hay conjeturas acerca del motivo de su existencia.
Redondeando. Creo que Luis Uranga, luego de leer esta nota, seguramente no hubiera desaconsejado usar los servicios de aquellos personajes de nuestra infancia.
Con nostalgia fueron desapareciendo de nuestro paisaje barrial, ya sea porque se establecieron con talleres dentro de sus casas; o bien, porque la costumbre de tirar lo que no sirve en lugar de conservar, volvió más costoso afilar una tijera que comprar una nueva. Alguno queda suelto por allí, ahora en bicicleta o moto, y confieso que cuando escucho el chifre o flautita, miro para abajo a ver si sigo con los pantalones cortos...
<b> Fe de erratas. </b>






