
El golpe en su cabeza sonó seco y certero, retumbando como fatídica señal. Instalado en el jardín de una casa, el enorme rehue –especie de tótem mapuche–
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Unos días atrás, el cantante de Los Jaivas se había internado en territorio mapuche para indagar sobre la música y la cultura de ese pueblo. Sus compañeros le habían encomendado la misión de recoger ideas para un disco que el grupo grabaría en 2003. En la avanzada se vinculó con una machi que le habló de los buenos y los malos espíritus, del lamento mapuche, del significado de ciertos signos ininteligibles para el huinca, el hombre blanco. Tan blanco como él. Pero Gato se consideraba un huinca accidental. Un renegado de su cultura y sus raíces inglesas. En su juventud, a pocos meses de terminar la carrera de Arquitectura, había abandonado sus estudios para emprender un viaje por Sudamérica en el que convivió con indios amazónicos y vivió de la caridad. Esa experiencia -le dijo a la machi- le cambió la vida. Desde entonces, su identidad estuvo en los indios del continente. Pero como buen indio, Gato era supersticioso, y no le pareció casual que un rehue se le viniera encima así como así.
"Estaba asustadísimo, no entendía por qué le había pasado eso", recuerda su amigo José Luis Valenzuela. De repente, agarró una trutruca y empezó a tocarla para espantar la mala suerte. Poco después, pasó lo que todos sabemos.
la visita toma por asalto a luis bartolo, un cantor mapuche que reside a unos cuantos kilómetros de Puerto Saavedra, Novena Región. Guiados por el poeta Lorenzo Aillipán, Gato Alquinta, su esposa Mónica Monsalve y el amigo de ambos, José Luis Valenzuela, han llegado a conocer al cultor de una costumbre mapuche en extinción: el canto a capella. Gato le explica que es un músico de Los Jaivas y que se encuentra en la zona buscando material para un nuevo disco del grupo. Pero a Bartolo, que domina medianamente el español y desde hace pocos años goza de luz eléctrica, Los Jaivas no le dicen nada. Es la primera noticia que tiene de ellos.
"A ver, cante una canción", lo desafía. Gato accede, pero la prueba no termina de convencer al dueño de casa. Entonces le pide otra. Y otra. Y recién cuando escucha las estrofas de "Todos juntos", identifica una melodía medianamente familiar, un zumbido que alguna vez cree haber escuchado. Pero todavía no están las cosas para que vaya y cante ante estos huincas. Otros como ellos, advierte, le han robado su canto.
"Tranquilo, que llegamos con humildad. Tal vez nuestras caras no representan eso", dice Gato con voz pausada, haciendo frente a una barrera que no tarda en disiparse. Al rato se habrá unido José Miguel Malo, a quien Aillipán llama "el Filósofo", y armarán una pequeña celebración con canciones y chicha de manzana. Los ánimos ya están encendidos cuando el Filósofo alza la voz: "¡Estamos en rebeldía contra el sistema!", proclama con la vista fija en Gato. "La riqueza la tenemos, pero no se nos respeta la riqueza. Por eso queremos que usted dé a conocer nuestro canto como lamento del pueblo."
Las imágenes de este encuentro, grabadas por José Luis Valenzuela, son las últimas que se conservan del cantante de Los Jaivas. El 15 de enero de 2003, dos meses después de este viaje por territorio mapuche, Gato Alquinta murió de un ataque al corazón en una playa de Coquimbo. La muerte lo sorprendió a los 57 años, en una etapa en la que su vida parecía encaminada al futuro. Unos meses atrás se había casado con Mónica, con quien convivió durante treinta años, y estaba trabajando en la que sería una de las obras más ambiciosas de la banda. Se llamaría Araucaria y tendría formato sinfónico y música mapuche.
"A Gato se le había ocurrido hacer un viaje de investigación y comprar instrumentos mapuches. Estaba alucinado con el proyecto, y como era el único que tenía el tiempo, Los Jaivas decidieron que viajara él primero", relata José Luis Valenzuela, quien guió la camioneta en la que realizaron el viaje y la cámara que lo registró. Valenzuela también hizo los videos de "Mamalluca" y "Sacsahuaman", los dos más nuevos del grupo, y venía trabajando en un ambicioso documental sobre Los Jaivas. En los últimos años, había conocido íntimamente a Gato Alquinta.
"El muere en el momento más pleno de su vida, personal y artísticamente, y esa plenitud estaba volcada en Araucaria. En ese viaje, ya tenía una idea más o menos clara de la obra", sigue Valenzuela. "Un día, llegamos tarde a una cabaña. Nos tomamos unos vinitos y Gato se puso a tocar en la guitarra un tema que yo no conocía. «¿Qué estás tocando?», le pregunté, y él, modestamente, me respondió que cuando Beethoven escribió esa frase de la Quinta Sinfonía, el «tatatatán», hizo la base de toda la composición. «Bueno», me dijo, «lo que estoy tocando es la base de Araucaria»." Era el comienzo de todo.
Pero las ideas recogidas en este viaje nunca llegaron a oídos de sus compañeros. Al menos, no de primera fuente. Ocupados en asuntos personales y en los preparativos del Cuarentenario -un programa de conciertos, videos y reediciones de discos con el que el grupo celebraría sus cuatro décadas de trayectoria (ver recuadro)-, los músicos fueron postergando la reunión en la que Gato compartiría su experiencia en la Novena Región. Su tiempo y su paciencia se estaban agotando.
"Sí, se quejaba de que no lo pescábamos", recuerda Mario Mutis. "Me llamó por teléfono algunas veces y yo le dije: «Pero Gato, juntémonos la próxima semana, terminemos primero lo que estamos haciendo». En algún concierto, incluso él me contó que tenía una concepción bastante avanzada sobre lo que debía ser la obra. El plan era que, una vez que él nos transmitiera sus ideas y sus experiencias, viajaríamos todos a algún sitio de la Araucanía y nos instalaríamos allá para tener un acercamiento profundo respecto del lugar y de su gente. Fue cuestión de una semana."
Las imágenes de video grabadas por Valenzuela permanecen como único testimonio de una obra trunca. Desde su casa en Santiago, Valenzuela vuelve a hacer correr la cinta.
Alumbrado por el sol primaveral, Gato observa un paisaje de película, delimitado por la costa y la cordillera de Nahuelbuta. Puerto Saavedra y sus alrededores sirvieron de locación para La Frontera, un film de 1991 que muestra un paraje de ensueño. Sin embargo, a los ojos del cantante, el celuloide y las guías turísticas maquillan una catástrofe de la que se siente víctima y victimario.
"Estas parecen montañas escocesas, es una campiña bonita, pero a qué costo", habla Gato a la cámara. "Antes, esto era un bosque entero, poblado de árboles nativos; hoy queda muy poco de eso. Hay que reflexionar por qué hemos hecho esto. Por qué nos parecemos a una plaga de langostas. ¿No seremos algo orgullosos al pensar que somos los preferidos de Dios?"
cuando gato murio, mario y eduardo Parra no querían saber nada con el grupo. El receso, pensaban, era la decisión más natural. Pero había compromisos que cumplir y opiniones divididas. Claudio y Juanita Parra estaban dispuestos a retomar la marcha de inmediato, a como diera lugar, confiados en que la continuidad estaba asegurada con Aurora, Eloy y Ankatu, tres de los hijos de Gato que lo suplirían.
"Y al final nos convencieron, nos subimos a un escenario y seguimos tocando como si no hubiera pasado nada, aunque en realidad nos estaba pasando de todo", recuerda Mario Mutis. "En estos cuarenta años, no se me había pasado por la cabeza tocar sin Gato, es como subir a tocar sin el bajo, sin una mano, una cosa muy rara. Como si te pegaran un balazo y te parai al tiro y seguís caminando. Tocar en esas condiciones no fue bonito ni agradable. Cada canción que tocábamos era verlo a él cantando. Un espanto."
"Sí, fue una cosa bien delirante estar ahí de nuevo sin Gato", agrega Juanita, quien tras la muerte de su padre, en abril de 1988, tomó su lugar por encargo del cantante. La leyenda cuenta que Gabriel se le apareció en un sueño a Gato para pedirle que incorporara a Juanita. Ella nunca se atrevió a preguntarle a Gato si esa historia era cierta, pero ahora sabe que es así. "Dentro del grupo existe harto pudor de ciertas cosas; hay cosas que simplemente no se preguntan, como el origen de un tema, para quién fue escrito... Por lo menos, lo que me contó Eloy es que es cierto, a él se lo contó su papá: a Gato se le apareció Gabriel en un sueño."
A diferencia de Juanita, Aurora no resistió la prueba. Pocos meses después de asumir la voz protagónica, la hija del cantante anunció que no podía seguir haciéndolo, que estaba destruida, que retornaba a París. Su salida volvió a descolocar al grupo, sembrando la incertidumbre sobre su futuro. Un paréntesis, como lo habían querido Mario y Eduardo, era el paso más aconsejable. El receso dio tiempo para buscar una voz de reemplazo. ¿Pero dónde encontrar una como la de Gato? Luego de un casting en el que desfilaron rockeros, baladistas y cantantes soul, alguien pensó en Carlos Cabezas. ¿Cabezas, el de Electrodomésticos? No, el otro Carlos Cabezas, un músico con más pinta de Illapu que de Jaiva, relegado por años a un digno segundo plano en la agrupación.
Antes de cantar en Los Jaivas, Cabezas hizo escuela en los recorridos de los colectivos por la capital. En uno de ellos, el 412, lo encontró Juanita Parra a mediados de los 90. Atenta a la inquietud de Gato por incorporar un charango al grupo, la baterista abordó con cautela a este músico ambulante. Le preguntó si quería tocar en una banda y él respondió que no, que sus experiencias al respecto habían sido un desastre. Su indiferencia obligó a Juanita a pronunciar las palabras mágicas: "¿Te gustaría tocar en Los Jaivas?".
Su protagonismo fue progresivo. Del charango pasó al cuatro, del cuatro, a los coros, del coro, a primera voz. "El mismo día del funeral de Gato, Juanita me dijo: «¿cómo estai para cantar?». Ahí no le contesté nada, pero tiempo después, cuando noté que el grupo se había detenido, llamé a Juanita para preguntarle qué estaba pasando. Ahí me anunció: «Te tengo una buena y una mala noticia». «A ver, dime la mala primero.» «La mala es que la Aurora se va del grupo y la buena es que vas a cantar tú con el Mario.» No me costó tomar su lugar. Desde que entré a Los Jaivas, Gato se dio cuenta de que yo cantaba bien, y me fue confiando coros y algunas partes solistas. Ahora, al estar en su reemplazo, siento que le estoy devolviendo la mano."
Si Carlos Cabezas llegó a suplir la ausencia de Gato con algunas lecciones básicas, su hijo Ankatu tuvo que lanzarse a ciegas, sin haber pasado jamás por la escuela de Los Jaivas.
"Cuando me llamaron a tocar, no me sabía ningún tema del grupo", confiesa el mayor de los Alquinta. "Es cierto, todo estaba en el oído, en la sangre, pero había que sacarlo afuera y no fue fácil. No se toca con el apellido; se toca con los dedos. En una semana, tenía que aprenderme todo el repertorio de Los Jaivas."
Sin embargo, la verdadera prueba vino en septiembre último. Tras la salida de Aurora y un receso de dos meses, el grupo programó un concierto en la Quinta Vergara de Viña del Mar, en el que probaría una reajustada formación. Para los músicos era el verdadero comienzo de una nueva etapa, la que definiría el futuro de la banda. Como lo había hecho en otros momentos difíciles, Juanita Parra encomendó a Gato Alquinta el éxito de la presentación. Sus ruegos fueron escuchados.
"Desde que murió mi papá, empecé a tener un altar en mi casa, un lugar donde hay una foto de él con una vela prendida y otros objetos. Desde 2003 está también la imagen de Gato tocando la guitarra. Yo digo que son mis protectores. Les prendo velitas a cada rato, les hablo, les pido cosas."
Juanita no es la única que le debe favores a Gato Alquinta. El nicho del Cementerio General donde descansan sus restos se ha convertido en un sitio de procesión al que acuden fanáticos creyentes del grupo. Entre flores frescas, banderas chilenas, cartas, peluches y fotografías, se destaca una placa que reza: "Gatito, gracias por favor concedido. Familia Miranda Leiva". Miranda Leiva fue una de las familias estafadas por Eurolatina, una financiera que dejó en la calle a cientos de personas. Después de arduas luchas y ruegos, los afectados comienzan a recuperar sus casas.
"De más que Gato hace milagros, ¿por qué no?", concede Juanita. "Su espíritu era súper alto."
segun la creencia mapuche, el cementerio no es un buen lugar para rendir culto a los deudos. Ahí las almas buenas tienden a confundirse con las malas, y éstas pueden ser tan poderosas como las primeras. Margarita Neiculeo, la machi que Gato Alquinta visitó en su viaje a la Novena Región, lo ha experimentado en carne propia.
"No sirve eso; allá hay puros espíritus confusos", previene Margarita en tono enérgico e irrebatible. "Aquí una señora quiso ir al cementerio para hablar con el difunto y tuvo una desgracia. No correspondía que fuera. La bendición está en la casa donde vivió la persona; ahí deja su olor, su esencia. Lo otro es puro hueso, pura basura nomás. ¿Para qué sirve eso?"
Margarita vive en una de las colinas más empinadas de Alanahue, localidad mapuche ubicada a diez kilómetros de Puerto Saavedra. Su casa está cercana al cementerio indígena y cada tanto recibe la visita de comuneros que apelan a sus poderes sobrenaturales. Para los mapuches, la machi tiene el don de sanar a los enfermos y de hacer puente entre los hombres y sus antepasados muertos. En un par de días, habrá un Nguillatun en el que Margarita invocará al Gran Espíritu.
"Ella tiene sueños que anticipan el futuro", ha dicho Aillipán camino a casa de Margarita. Y a poco de nuestra llegada, ella revela que acaba de tener uno.
"Dice que ella soñó cómo era usted, lo imaginó antes de su arribo. Es como un anuncio, como un aviso que ella tiene para saber quién va a llegar a su casa", traduce Aillipán, que sirve de guía e intérprete, tal como lo hizo hace un año atrás con Gato Alquinta.
En el video que registró el encuentro del músico con Margarita Neiculeo, se ve a ésta de pie frente a Gato y a su esposa, narrándoles en mapudungun una vida que se intuye trágica: un nudo en su garganta interrumpe el relato. En compensación, Alquinta toma la guitarra y le canta "La conquistada". El encuentro aún está vivo en la memoria de Margarita.
"Para mí fue un orgullo conocerlo", traduce Aillipán. "Me sentí muy contenta de tenerlo en mi casa. Y así como él me estimó, yo también de verdad lo quise, lo amé. Así como yo no tuve un hijo varón, considero que fue como mi hijo espiritual. El me vino a ayudar, me acarició, siento que me amó, y eso sucede cuando hay buena comunicación. Hoy día, siento una gran pena de que haya tenido esa suerte, de no verlo nunca más. Tal vez nunca más él exista como persona, pero espiritualmente va a existir."
-¿Qué significa que una persona pueda seguir viviendo espiritualmente?
-El cuerpo es sólo el lugar donde se deposita el alma, y el alma -sobre todo, cuando es buena- vuelve a visitarnos. Pero antes de visitarnos, pide permiso al creador, al Gran Espíritu, para llegar de nuevo a este hogar. Todos morimos, pero volvemos a nacer en espíritu. No hay una casualidad. Cuando la persona es sana, de buen espíritu, siempre va a estar ayudándonos. Cuando la persona es benefactora, voluntariosa como fue Gato, siempre la vamos a estar invocando para que nos dé fortuna.
Cuando Margarita habla de Gato, se refiere a él como wentru narki, "el Hombre Gato". A Lorenzo Aillipán, en cambio, lo llama "el Hombre Pájaro". El apodo viene de su capacidad para imitar e interpretar el canto de las aves. "Gato estaba muy interesado en el concierto de los pájaros", explica Aillipán tras despedir a Margarita. "Le hablé del zorzal, que es el director de orquesta, y de la tenca, que imita al zorzal. Si viene de amanecida, puede escuchar sus conciertos arriba de los árboles. También hay conciertos nocturnos, acuáticos y a medio suelo."
No hay conciertos programados este mediodía en Alanahue. A lo más, cantos solistas que tienen un significado específico para el Hombre Pájaro. "El queltehue, por ejemplo, indica con su canto cuando un hombre se acerca. Dice «chal chiu, chal chiu, chal chiu», que es como el paso de la persona. Y si el hombre viene con un perro detrás, va a escuchar «taltuca, taltuca, taltuca, taltuca». El queltehue tiene como cinco cantos diferentes, y con todos imita a algún ser."
Lorenzo Aillipán camina a campo traviesa en busca de José Miguel Malo, el Filósofo, uno de los cantores a capella cercano a Gato Alquinta. En el trayecto, cuenta que el Filósofo fue detenido y torturado tras el golpe de Estado. Creyéndolo muerto, lo arrojaron a las aguas de un río, y fue rescatado milagrosamente con vida. La experiencia le granjeó fama de ser uno de los más bravos de la zona, y ese carácter indomable se confirma desde que pronuncia las primeras palabras: "No podemos llegar y dar al tiro lo nuestro a cualquiera; lo nuestro no está en venta porque es lo único que nos queda", advierte. "Primero hay que conocer a la persona, ver su espíritu. Por eso primero cantó Gato y después nosotros. Primero tuvimos que conocerlo."
El Filósofo habla de ustedes y de nosotros. Del huinca y del mapuche. Y Gato, en esa definición antagónica, está en un punto intermedio. "Los mapuches hablamos mucho del espíritu y ustedes hablan muy poco, no creen en la fuerza del espíritu. Pero Gato fue un amigo, lloramos juntos, me contó su vida. Buena persona Gato, es un espíritu que trabaja, no duerme."
desde su oficina en la comuna de ñuñoa, Mario Mutis encuentra una definición coincidente con la del Filósofo para recordar a Gato Alquinta. "Su espíritu siempre estaba alerta, no era una persona que se durmiera." Ese espíritu, agrega el bajista, fue una influencia decisiva para el resto de sus compañeros.
"Gato era uno de los pilares de los principios de Los Jaivas, a tal punto que los principios de Gato eran los del grupo. Eso no quiere decir que todos -o al menos yo- fueran tan consecuentes como él. Tenía un concepto muy alto de la responsabilidad y la justicia. Era de esas personas que traen la boleta y entregan los siete pesos del vuelto si le pasabai plata para comprar una Coca-Cola. Así de claro. Además, era bastante crítico en cuanto a lo social; encontraba que el que se dedicaba a vivir para ganar dinero estaba perdido. En eso fue muy estricto. El vivía con lo justo, tenía un Kia Pop y un departamento de 40 metros cuadrados. En su vida se habrá comprado dos veces ropa, por decirte algo, y no le importaba si la comida era muy refinada o no."
"Gato siempre me decía que si él hubiera querido, habría sido millonario", agrega José Luis Valenzuela. "A veces, le pedían música por encargo, pero él se negaba. «Yo como Jaiva», decía él, «me dedico a crear y la plata que gano me permite vivir decentemente. Con eso me basta». Jamás, por ejemplo, lo vi interesado en ir a comer a un restaurante caro; se conformaba con un plato de tallarines y su copita de vino. Nada más."
La austeridad venía de familia. Nacido en 1945 en Valparaíso, Eduardo Fernando Alquinta Espinoza fue formado en los históricos valores comunistas. "Espíritu crítico, responsabilidad y justicia social" era la máxima de su padre, un obrero del salitre que llegó a ser jefe técnico de una industria estatal. Carlos Alquinta Alquinta, hijo no reconocido de un inglés de apellido Eger, también cultivó a Gato en la música clásica y latinoamericana.
"Gato siempre ponía de ejemplo a su papá, aspiraba a ser como él", dice Mario Mutis, aunque marca una sola diferencia: siguiendo el ejemplo de su padre, en su juventud Gato ingresó en las filas del Partido Comunista. Pero su militancia no duró más que algunos pocos meses. "Un partido era una cosa demasiado estructurada para una persona como Gato. Su espíritu era combativo, pero libre."
Para la posteridad, Gato Alquinta proyecta una imagen contemplativa y pacífica, digna de beatificación. No es una imagen falsa, aunque sí incompleta. Cuando había terceros, fueran amigos o no, que transgredían su libro de principios, emergía en él un carácter de cuidado. Lo sabe el administrador de un teatro de Santiago que, en un concierto de Los Jaivas, hizo entrar a cientos de personas por la puerta trasera, pero dejó afuera a otras tantas con sus entradas en la mano. Enfurecido, Gato no dudó en ofrecerle combos.
"Tenía su genio", admite Juanita Parra. "Si alguno se atrasaba a la salida de un hotel o llegaba tarde a algún ensayo, era reto seguro de Gato. Tuve varias peleas con él y no me siento orgullosa de eso, pero cuando uno discute con alguien cercano es porque ha alcanzado un cierto grado de confianza, de complicidad. Y nosotros podíamos enojarnos mucho, y después reírnos todo el día. Lo pasábamos muy bien. Me acuerdo de su cara alegre y esa sonrisa a boca abierta."
No sólo la irresponsabilidad y la inconsecuencia sacaban de quicio al cantante. También lo hacían aquellos fans que cada tanto llegaban con el cuento de que eran parientes suyos.
"Parece que en la rama de los Alquinta son muy pocos, quedan como tres con vida y él los conocía a todos", refiere Juanita. "Siempre trataban de engrupirlo con que eran primos o parientes, y él se ofuscaba mucho con eso. «No, no somos primos», contestaba muy serio. Gato era así."
cuando se ha sido musico de los jaivas por cuarenta años, no hay modo de abstraerse de ello. Poco antes de que Mario Mutis aborde el minibus que lo llevará junto a sus compañeros a un concierto gratuito en Colina, dos pequeñas que no superan los 9 años se acercan tímidamente a él con lápiz y papel: "¿Nos da un autógrafo?".
Otra prueba de popularidad aparece pocos kilómetros más allá, cuando el minibus que transporta al grupo se detiene en un servicentro. Mientras el bajista comparte un café con su equipo de producción, una mujer que puede tener su misma edad se acerca a él con un chocolate Sahne-Nuss en la mano.
"Tome, para usted", le dice sin más, extendiéndole el obsequio. "No, para qué", se niega el bajista con un gesto que resulta tan cordial como inútil. Mario ya tiene el chocolate en la mano y recompensa a la mujer con un abrazo.
Aun sin Gato a bordo, o tal vez por su ausencia, el fervor popular por Los Jaivas sigue en alza y supera al fanatismo por cualquier otro grupo chileno. Las últimas actuaciones del grupo para las Fiestas de la Cultura, un programa de conciertos gratuitos y al aire libre organizados por el gobierno a fines de 2003, convocaron a cerca de 300 mil personas.
"La respuesta de la gente ha sido increíble en los últimos conciertos", reporta Juanita, destacando un factor hasta ahora desconocido en la popularidad del grupo: la pasión hormonal. "Ankatu causa sensación entre las mujeres. Le gritan de todo."
La evidencia está a la entrada del minibus a Colina. Entre la muchedumbre que espera la llegada del grupo, hay no pocas mujeres que demuestran su preferencia por el guitarrista. Pero los vítores también son institucionales.
"¡Grande, Jaivas! ¡Lo más grande! Mi padre me enseñó", clama un muchacho que viste la polera oficial del grupo.
Entre el público de Colina, no son pocos los afuereños que han viajado especialmente a esta comuna para presenciar la penúltima actuación del grupo de la temporada 2003. Acarrear seguidores es una costumbre consagrada en la dinámica de cualquier banda popular. Pero Los Jaivas no son cualquier banda: entre la muchedumbre se mezcla una monja que esta tarde cambió su hábito por una polera de la banda.
"No hay otro grupo en Chile como Los Jaivas", opina Janny Cantillana, quien hizo sus votos con las Siervas de la Madre de la Misericordia de la Orden Premonstratense. "Sus canciones son transgeneracionales y hablan de unión, como «Todos juntos», que es un segundo himno nacional."
Janny tiene trato privilegiado con la banda. La sigue desde fines de los 80 y, con el tiempo, estableció un vínculo cercano con los músicos: consiguió que Gato actuara para los niños enfermos del Hospital Clínico de la Universidad de Chile. "Era un hombre con una escala de valores muy alta, muy respetuoso de todas las creencias. Si hay que atribuirle alguna religión, pienso que él se consideraba un indio, creía en la Tierra, y creer en la Tierra es creer en Dios. Era una persona íntegra. Su funeral fue el más masivo en la historia de Chile, estadísticamente; la misma Iglesia Católica lo reconoce. El segundo fue el de Gabriel Parra."
Hay otro récord nacional que Los Jaivas han impuesto en el tiempo. Ningún grupo chileno duró cuarenta años sin perder vigencia y popularidad. La evidencia está en Colina, donde una multitud despide con fervor religioso la actuación. No hay mayores novedades en el repertorio, pero el show -como otros recientes- sirve para dar impulso a una formación que ha ampliado sus recursos tímbricos, aunque sin perder el sonido original.
"Trato un poquito de sumergirme en el lenguaje de Gato, de hacer lo que haría él", dice Ankatu, de vuelta a Santiago. "En ese sentido, lo que estoy haciendo es un homenaje a uno de los más grandes guitarristas. El tocaba con una fluidez, con una soltura que parecía bastante sencilla, pero al momento de tocar esas notas te encuentras con que hay una cantidad de pasajes muy complejos que él siempre iba variando. No es porque sea mi padre, pero Gato era un genio, uno de los más grandes guitarristas de todo el mundo. O sea, Jimi Hendrix = Gato Alquinta."
"Creo que de alguna forma están recuperando lo que no tuvieron antes con Gato, que no siempre pudo estar con ellos", dice Juanita, refiriéndose a Eloy y Ankatu, hijos del primer matrimonio del cantante. "Al tomar ellos su lugar, su padre los está recompensando por la ausencia y les da la posibilidad de hacerse más grandes como músicos, de tocar sus canciones. Ahora ellos están más cerca de Gato."
Pero las apuestas a futuro del grupo no están confiadas sólo al patrimonio histórico.
"Estamos cumpliendo la primera etapa de este nuevo grupo, que consiste en afianzarnos musicalmente y reestructurar la forma en la que nos hemos organizado hasta ahora", comenta Mario Mutis. "Creo que ambas cosas se han desarrollado bien. Esperamos que, después de los conciertos por Europa, estemos en condiciones de empezar a crear cosas nuevas. Para allá vamos."
"Por ahora", agrega Claudio Parra, "hemos estado más abocados a rescatar el repertorio, a seguir existiendo como grupo. Pero creo que ya este año vamos a meternos en las composiciones y es probable que de ahí salga algo de lo que dejó Gato (tras su viaje a Puerto Saavedra). Son ideas muy vagas, células de las que podría salir algo".
Una de las primeras actividades públicas que tendrá el grupo a comienzos de 2004 es alusiva a Gato. Tras celebrar en privado el aniversario de su muerte, los músicos trasladarán su tumba a una plazoleta del Cementerio General en la cual se levantará un mausoleo. Jenny Cantillana, la monja de la Orden Premonstratense, ha reunido siete placas por favores concedidos que espera instalar en el lugar. Como guía para los visitantes, un gran rehue indicará el nuevo sitio donde descansará Gato Alquinta.






