
Gielgud, el perfeccionista
Noches atrás, un canal de cable repuso la espléndida producción dedicada por la BBC a la vida de Wagner, con Richard Burton como protagonista. Por los lujosos escenarios -los palacios de Ludwig II de Baviera, protector del músico- además de los personajes principales transitaban tres sombras ilustres, intérpretes de los atribulados ministros del rey melómano y despilfarrador: nada menos que Laurence Olivier, Ralph Richardson y John Gielgud, los patriarcas del teatro inglés en la segunda mitad del siglo XX.
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El cine contribuyó a hacer famoso a Olivier en el mundo entero; Richardson tiene también una notoria carrera cinematográfica, desde la primera versión de "Las cuatro plumas", en 1935, hasta el abuelo de Tarzán en el film protagonizado por Christopher Lambert, sin olvidar su labor más representativa, el colérico doctor Sloper, el padre de Olivia de Havilland en "La heredera", de William Wyler. Gielgud, fallecido en 2000, a los 96 años, tuvo la carrera más larga en las tablas, seis décadas y media, pero la pantalla no difundió su imagen sino en los últimos tiempos, cuando ya era cronológicamente un anciano, sobre todo como Próspero en "La tempestad" ("Prospero«s Book"), de Peter Greenaway, donde, además, prestó su voz incomparable, convenientemente distorsionada, a todos los personajes del curioso film.
Tal vez la demora se debió a la misma circunstancia que desde siempre lo enfrentó con Olivier en la disputa por el trono del teatro británico. "Yo tengo la voz -solía quejarse amargamente sir John-, pero Larry tiene las piernas." Es decir, la innegable apostura de Olivier contra la figura desgarbada de Gielgud, al que los años concedieron, al fin, una presencia distinguida, colmada de autoridad. De todo esto y mucho más se ocupa "Gielgud, a theatrical life, 1904-2000", una biografía escrita por Jonathan Croall (Methuen, 589 páginas, 20 libras) que acaba de aparecer en Londres.
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Sobrino de la célebre Ellen Terry, Gielgud pisó el escenario en la niñez y nunca más lo abandonó. "Lo peor que puede decirse de él -enuncia su biógrafo- es que su único interés fue el teatro. El mundo exterior, aun las guerras mundiales, apenas si lo rozó; algo que solía reprocharse a sí mismo." Eran famosas sus inconcebibles preguntas, nacidas de un candor auténtico y no de la irónica malicia que podría atribuírseles. Parecía encarnizarse con la familia Guinness: a Alec, su colega, al que había contribuido a descubrir, le comentó un día, enterado de que Tyrone Guthrie lo había llamado para interpretar a Hamlet: "No puedo imaginar por qué quieres hacer primeros papeles. ¿Por qué no te limitas a esa pequeña gente, a la que haces tan bien?".
Y una vez, mientras ensayaban "El mercader de Venecia", Gielgud, como Shylock, se volvió repentinamente hacia Merula Salaman, la mujer de Alec Guinness, que era Porcia, y le dijo: "No sé cómo interpretar a un judío. Tú lo eres: ¿cómo lo harías?". La historia no ha consignado, hélas , cuáles fueron las respuestas a estas impertinencias. Que no eran tales, asegura Croall, sino, al contrario, expresiones de la esencial inseguridad del actor, de su autocrítica y de su afán de excelencia. Una actriz, ya madura, lo recuerda como todo un caballero y, a la vez, un implacable perfeccionista: "Jamás olvidaré cuando, habiéndome ganado los aplausos del público en un papel de comedia brillante, Gielgud me esperó, furioso, entre cajas, para reprocharme mis excesos y decirme: "¡Te odio cuando haces reír a la gente de esa manera!".
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