Gran apertura con la canción de Milva
Inauguración: la presencia de la cantante italiana marcará el punto de partida de este encuentro artístico internacional.
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Una mata interminable de pelo rojísimo que cae por el solo peso de su espesura. Un vestido negro y ceñido, con algún leve detalle de brillos. Con actitud felina, se agazapa detrás del piano y, súbitamente, pega un zarpazo y toma el escenario y al público por asalto. El temperamento también tiñe la voz y las canciones de Piazzolla, que cobran otro aliento trágico.
Son las últimas imágenes de Milva en Buenos Aires. El aire de nuestro teatro Opera, allá por 1984, se carga de semejanzas y diferencias con otras grandes: como Garland o Minnelli, sabe convertir cada tema en una pequeña representación, pero nada hace sospechar que ella podría quebrarse -vocal o personalmente- como esas colegas norteamericanas. Como Streisand, sabe regular tanto caudal, pero no padece de los tics de lo políticamente correcto, porque su pasión la pone a salvo de semejantes naderías. Y comoElis Regina, puede suspender el tiempo al detenerse en un agudo o en algún portamento vertiginoso, aunque su modo de hacerse cargo del dolor parece no costarle tan caro como a la brasileña.
Como todas ellas y unas pocas más, es una de las últimas grandes divas de la canción. Pero, además, Milva es Milva. Y, tampoco está de más recordarlo, es italiana, surgida de aquellos años sesenta en los que la industria del espectáculo peninsular hizo una impar apropiación del pop. Eran aquellos tiempos regidos por los shows musicales de la RAI, como "Studio Uno" o "Finalísima". Grandes orquestas y público en vivo. Números de varieté, animadores sonrientes y numerosos cuerpos de baile revoloteando alrededor de los protagonistas. Y, como telón de fondo del negocio, el Festival de San Remo, catapulta excluyente para copar el mercado discográfico.
Pero las estrellas indiscutidas eran ellas, aun antes de la era feminista. Cada una jugaba por las suyas: Iva Zanicchi y su parada de mujer fatal, Rita Pavone y sus mohínes pecosos. Y las dos máximas, presentadas al público, por esas cosas del mercado y de la promoción, como rivales irreconciliables, con Mina bamboleándose frenéticamente hasta vencer los taquitos de sus zapatos, y con Milva avanzando hacia cámaras con su pelo aún negro y partido con raya al medio, un look que por aquí tuvo imitadoras y aun creó tendencias, si se quiere vigentes hasta hoy. ¿Habrá en el mundo algún espectáculo de fonomímica que prescinda de imitar aquellos twists a la italiana que se bailaban a los saltitos?
Seguro que todo aquello ocurriría en medio de presiones difíciles de soportar, también porque los artistas italianos tenían una inserción mundial que nunca podrían repetir luego, al menos en esa escala. No haber ganado en San Remo (salió segunda dos veces) fue detonante para que Milva cambiara de rumbo y se alejara del festival echando maldiciones contra esa reunión siempre sospechada de componendas mafiosas. Y entonces, al final de la década, largó todo al demonio, se marchó en giras por el mundo, se metió a Nueva York en el bolsillo (la llamaron "la Edith Piaf italiana") y pasó por Buenos Aires buscando mantenerse visible en el horizonte del cuantioso público que la conocía de la televisión, además de desentenderse de aquella polaridad de felinas según la cual Mina (ya empezaba a amasar su retiro en ostracismo) era conocida como "La tigresa de Cremona" y Milva como "La pantera de Goro", tal su pueblo natal.
La apuesta por montarse a otro tipo de repertorio ocurrió en una época musicalmente sectaria, de cuando ni por asomo se suponía que los rockeros terminarían haciendo un disco en homenaje a Gershwin y de cuando los argentinos ni siquiera sospechábamos la falta de prejuicios de los cantantes brasileños para mezclar palos.
El primer salto lo da de la mano de una vaca sagrada como el director Giorgio Strehler, con quien se zambulle en el repertorio de Brecht y Kurt Weill, un desafío del que salió -al menos a juzgar por los registros grabados- rotundamente ganadora, pese a que todo hacía prejuzgar que el estilo distanciado de los alemanes no tendría modo de ser asimilado por esa garganta con vocación de llamarada.
El reencuentro
A Milva se le va perdiendo la pista por estos lares en la medida en que avanza la década.
El reencuentro viene de la mano de Piazzolla, en un plan de trabajo conjunto que incluyó largas giras y temas compuestos especialmente para la cantante, como también levantó mucho interés en todo el mundo y recelos entre los tangueros más conservadores, los mismos que _por otra parte_ ya le habían hecho la vida bastante difícil al músico argentino.
Aunque ella siga siendo sinuosa para asumirse al respecto, hay un don histriónico y un modo de ocupar el escenario que son los característicos de una buena actriz. Lo termina de confirmar su actuación, en 1987, en "La ópera de tres centavos", de Brecht, en París y en francés (ya la había hecho en italiano), para una versión en la que la italiana y Barbara Sukowa se imponían a una puesta de Strehler tentada por la aparatosidad. Literalmente, Milva se comía el inmenso escenario del teatro Chatelet.
Pero así como su repertorio se va decantando hacia eso que los melómanos llaman clásicos de catálogo, Milva siempre está dispuesta a probar nuevas líneas (grabó un disco con Vangelis) o a ensayar otras versiones de lo mismo (hizo temas de Piazzolla con el violinista Gidón Kremer). Después de 35 años de carrera, ella también sabe que Milva es Milva.
Una voz entre Brecht y Piazzolla
Vivir en gira tiene lo suyo. Milva viene de deshacer las valijas y ya las está haciendo de nuevo para viajar a esta capital, de la que estuvo ausente durante quince años. Acaba de finalizar su larga gira europea, en la que estuvo acompañada por el quinteto de Daniel Binelli. Ese mismo grupo la secundará durante su presentación porteña con repertorio de Astor Piazzolla, que tendrá lugar el domingo 5 de octubre en el Anfiteatro del Parque Centenario, como parte del Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires. Antes, el jueves próximo, abrirá esa reunión escénica mundial con otro one-woman-show, "Milva canta un nuevo Brecht", en el Coliseo, con una segunda función al día siguiente.
Del otro lado de la línea (Milán), Milva explica qué es eso de "nuevo".
-Hace 25 años interpreté por primera vez canciones de Brecht. El título de este nuevo espectáculo lo puso Giorgio Strehler, su director. Se trata de un Brecht menos conocido, menos político, más personal...
-¿Usted quiere decir más romántico?
-No, la palabra "romántico" nunca podría decirla para referirme a Brecht. Todo lo demás que le dije va, pero no "romántico", porque el romanticismo es otra cosa. Es un Brecht más humano.
-Piazzolla dijo: "Milva es siempre Milva, no importa qué cosa cante". ¿Qué piensa usted de esto?
-Eso que dijo Piazzolla suena gratamente generoso. Pero igual siempre es muy importante qué cosa se está cantando. Hoy, después de tantos años en este métier, hago un trabajo de investigación muy severo para seleccionar canciones. Brecht forma parte de mi repertorio desde hace mucho. Y Piazzolla se ha convertido en otro clásico de mi repertorio. No lo he abandonado nunca y en el medio he participado en un disco del violinista Gidon Kremer, con temas de Astor. También hice una larga tournée por Italia y Europa, con los temas que Piazzolla ha escrito especialmente para mí y con sus clásicos. Me acompañó el quinteto de Daniel Binelli, que ha sustituido a Piazzolla, porque Piazzolla no está más. Pero quedó entre nosotros su extraordinaria música.
-¿Cómo empezó su larga relación personal y profesional con el puestista Giorgio Strehler?
-Comenzó en 1965 y estamos en el ´97. Calcule: son 32 años. En aquel año, en ocasión de un aniversario de la Resistencia Italiana, él me invitó a cantar en el Piccolo Teatrode Milán. Ahí cante una canción de Brecht. Me invitó para un solo concierto y terminamos haciendo diez. Después hicimos juntos "La opera de tres centavos", tres años consecutivos en Italia y una temporada de seis meses en París, en francés. Y también montamos los recitales sobre Brecht.
-Usted llegó a cantar una ópera. ¿Cómo fue esa experiencia?
-Hice una ópera con música de Luciano Berio (escriba bien ese nombre, porque es un músico muy importante), con textos de Italo Calvino. Hacía un personaje que estaba siempre presente en escena. Era una ópera moderna, porque yo no puedo hacer una ópera tradicional. Mi próxima ópera será, eso espero, "María de Buenos Aires". Y también hice "Los siete pecados capitales", de Brecht.
-¿Se pueden separar la actriz y la cantante?
-No me considero cantante y actriz. Lo fundamental de mi trabajo pasa por la voz. He hecho de cantante o he hecho de actriz, pero me considero sobre todo una intérprete, incluyendo el que hice con Piazzolla, espectáculo al que espero que vaya mucha gente cuando lo presentemos en Buenos Aires.




