Gran interpretación en una ópera poco grata
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Opera bufa "Ubú rey", de Krzysztof Penderecki (estreno sudamericano), con libreto del compositor Jerzy Jarocki, basado en "Ubu roi", de Alfred Jarry. Con Pawel Wunder, Marcela Pichot y elenco. Orquesta Estable, dirigida por Jacek Kaspszyka. Régie: Georges Delnon, Escenografía: Evi Wiedemann. Vestuario: Alicia Gumá. Iluminación: Luis Pereiro. Teatro Colón.
Nuestra opinión: regular
Calificar una obra del teatro musical magníficamente interpretada, pero que es un ejemplo de estética grotesca, revulsiva y hasta lesiva desde el punto de vista moral por su temática para describir a un personaje como Ubú, demencial, sucio, exasperante y cobarde, es un asunto complejo más allá del reconocimiento y aceptación del teatro del absurdo o del estilo surrealista que ha cosechado en algunos respetables y perdurables ejemplos.
Mayor dificultad surge cuando la obra, estrictamente desde el planteo musical pertenece a un compositor como Krzysztof Penderecki que era vanguardia en una época cargada de disonancias y sonidos inconexos y uno de los paladines del retorno a sonidos orquestales menos ríspidos y asociados al postromanticismo en sintonía con los grandes sinfonistas del último período del siglo XIX.
Ahora, en un tercer tiempo de su creación, se escucha un lenguaje que podría incluir el concepto de retorno al pasado, una poliestilística atractiva, sugerente, provocadora de un marcado interés auditivo, tal como provocan sus grandes obras religiosas o como el segundo concierto para violín y orquesta.
Pero el estreno de "Ubú rey" nos resultó desde el punto de vista musical un lenguaje vacilante, indefinido, donde campea una reiteración constante de motivos temáticos y rítmicos, el recurso de citas de grandes autores del pasado y una tendencia a buscar la atmósfera del vodevil y del cabaret al estilo Kurt Weill.
El esfuerzo por pretender resaltar con el sonido lo grotesco de la trama, mueve a Penderecki a utilizar una orquestación de timbres rugosos, efectos de trompeta sumamente expuesta y un tratamiento vocal para la pareja protagónica con un muy alto grado de dificultad y densidad al punto de transformar a Ubú y a Madre Ubú en personajes poco menos que extenuantes.
Brillante elenco
Una garantía de profundo conocimiento del lenguaje de Penderecki era conocer al prestigioso director Jacek Kaspszyk, quien es un hábil concertador de espectáculos líricos. Por otra parte fue el director de "Ubú rey", en el estreno en Varsovia en octubre de 2003; de ahí que se descontaba una versión jerarquizada desde el podio y la preparación.
Y fue así el resultado musical: buen rendimiento de la Orquesta Estable en un cometido sumamente arduo; empuje, justeza, expresión expositiva y muy buen equilibrio de sonido con el palco escénico, que por otra parte tuvo un más que correcto trabajo idiomático del alemán a cargo de los cantantes nacionales que recibieron la guía de Rosmarie Klingenhagen.
Fue toda una revelación conocer al cantante Pawel Wunder como protagonista, tanto en los aspectos vocales como en su creación del pestilente personaje. Voz caudalosa, bien timbrada, de muy clara articulación y rigurosa musicalidad traducida en el más perfecto ajuste a las exigencias rítmicas y saltos interválicos impuestos por el autor. Su sorprendente soltura en los desplazamientos se caracterizó además por exponer con naturalidad el cambiante estado psicológico del protagonista al que conoce íntimamente por sus actuaciones anteriores.
Por su parte, Marcela Pichot cumplió una tarea artística que ha de ubicarse entre lo mejor de su carrera. La caracterización del personaje de Madre Ubú fue estupenda por la enorme variedad de recursos de actriz, por haber sorteado con total entrega las partes vocales, donde existen pasajes de notas altas repetidas, ciertos arabescos de difícil resolución e inflexiones que no son precisamente para un sereno canto de mezzosoprano.
El numeroso conjunto de los personajes bandidos y violentos estuvo conformado por un ramillete de valiosos artistas como Mario De Salvo, Carina Höxter, Rubén Martínez, Nahuel Di Pierro, Gabriel Centeno, Mirko Tomas, Alberto Jáuregui Lorda y Gerardo Marandino, que lograron trasformar al conjunto en individualidades de carácter cinematográfico.
Del mimo modo fue una pincelada de delicadeza el trabajo de Christian Peregrino, Eleonora Sancho, Graciela Oddone , Silvianne Bellato y Carlos Natale, en tanto que Mario Zolomonoff y Alejandro De Salvo fueron la voz al unísono en un pasaje contrastante y de alguna manera sorprendente con el resto de la estética general. Edgardo Zecca y Juan Barrile fueron Lascy y Leczinski, respectivamente.
Sobre un dispositivo fijo de Evi Wiedermann, una costumbre escenográfica que abarata costos y ahorra tiempos en los cambios de escena pero que crea tedio visual, funcionó admirablemente bien la marcación de los movimientos y actitudes de cada intérprete con la régie de Georges Delnon, y se observó un vestuario acorde con cada personaje diseñado por la argentina Alicia Gumá, que sumó un hito positivo en su carrera.
Claro está que el acierto de la representación no alcanzó para ocultar los muchos aspectos de una ópera supuestamente bufa pero que de tan poco agradable en su texto y características de sus personajes pasó a ser una decepcionante ¿obra de arte?





