Estaba muy claro que las 180 mil personas que ese domingo se acercaron a la Ciudad de Rock lo hicieron por Guns n’ Roses.
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Estaba muy claro que las 180 mil personas que ese domingo se acercaron a la Cidade do Rock lo hicieron por Guns n Roses. Era el regreso. La luz después de la reclusión autoimpuesta por su propio dueño. Tras tantos años de silencio, Axl Rose volvía a subirse a un escenario para enfrentar a la mayor cantidad de público de toda su carrera. Poco importó que antes tocaran Papa Roach y, aunque cueste creerlo, Oasis. Se trataba del retorno más importante del rock. Para eso sólo hubo que esperar unos 20 minutos más desde la hora anunciada. A las 2 de la mañana, un corto animado de dudoso gusto que mostraba al cantante como un moderno gurú recluido en su mundo hizo de introducción. Luego, desde las penumbras y con la electricidad sobre el escenario a punto de estallar, se escuchó la voz chillona y característica que daba el llamado de guerra: "You know where the fuck you are? Welcome to the jungle, Rio!". Explosión. Llamaradas de dos metros y una figura de cabello rojizo (sin bandana), anteojos oscuros, pantalón de gimnasia, adidas blancas y camisa de seda color crema con dibujos a lo Versace, comenzó a carretear por el interminable escenario de Rock in Rio. Se desataba "Welcome to the Jungle" y por un rato pareció que la banda no hubiera desaparecido por casi una década. Sin pausa, "Its So Easy", "Mr. Brownstone". Con cada paso, cada gesto y cada grito, Axl dejaba sentado que, a pesar del tiempo, sigue siendo una estrella. Un frontman que atrapa todas las miradas y las retiene durante el tiempo que él mismo disponga. Que con su carisma puede borrar de un plumazo todos los Manson y Durst que puedan acechar su corona.
Hasta que llegó su maldita marca registrada.
En el medio de una canción, señaló a una persona del público: "¡Saquen a ese tipo de acá! ¿Me estás escuchando, señor Guardia de Seguridad? ¡Ese tipo!". A sólo dos temas del comienzo, un espectador menos. Y, según los rumores, su pecado había sido ¡tener puesta una remera de Slash!
A medida que avanzaba la carrera, el motor comenzaba a hacer ruido. Lo que nos habían vendido como Guns n Roses se había transformado en una prolija banda de covers. Tres guitarristas para reemplazar a uno y medio. Ni el aparente talento vanguardista de Buckethead, la solvencia de Robin Finck o la presencia (sólo la presencia) de Paul Tobias podían generar la misma chispa que Slash y Gilby Clarke encendieron por años. Al grupo que completaban el ladero Dizzy Reed y Chris Pitman en teclados, Tommy Stinson en bajo y Brain Mantia en batería le sobraba profesionalismo y le faltaba magia. Los músicos ni siquiera compartían una misma idea estética. Buckethead, con su mascarita de Jason, un balde de Kentucky Fried Chicken en la cabeza y un piloto amarillo, parecía un payaso, hecho que confirmó cuando durante su solo salió a jugar con dos nunchakus y después improvisó el paso robot de los dorados años del breakdance. Finck parece descarte de Marilyn Manson y, Pitman, escapado de Rammstein. Y, encima, Axl habló: "Sé que muchos de ustedes están desilusionados porque algunas personas que ustedes amaron ya no están. Y me hiere tanto como a ustedes que, al revés de Oasis, no hayamos sido capaces de seguir juntos". Nueva leña al fuego, más llamaradas y "Live And Let Die".
Los temas nuevos no ayudaron al entusiasmo. "Oh My God" sonó casi igual que en el disco. "Rhiad" con Axl en la guitarra, "Silkworms" y "Madagascar" son canciones en trillado plan trip hop cruzado con el hard rock de Los Angeles. "The Blues" no pareció más que una zapada y "Chinese Democracy", lo más se-mejante al viejo esquema gunner, no es un tema por el que haya valido la pena esperar tantos años. Claro que "Sweet Child o Mine" la sigue rompiendo, que "November Rain", con lluvia de chispas sobre el escenario, y "Patience" derriten a todas las chicas, y "My Michelle", "You Could Be Mine" y "Nightrain" hacen entretenido y atractivo cualquier concierto de rock.
Como si no hubieran confiado lo suficiente en lo suyo, no faltaron indiscutibles actos de demagogia. Robin Finck, tras un pobre solo de corte country, arremetió con "Sossego", un viejo hit de Tim Maia, soulman brasileño que murió hace poco de un ataque al corazón. Durante "Paradise City", imágenes del Brasil se sucedieron en la pantalla, y al final la escola de samba de Viradouro subió al escenario a pasear plumas y tamboriles. Todo muy rocker. Pero Axl también se acordó de nosotros: "Sé que tenemos muchos fans en el Brasil y en el resto de Sudamérica, como la Argentina...". Ante los chiflidos, agregó: "Por favor, no se maten en la próxima Copa del Mundo".
¡Qué lindo que volvió Axl Rose! Qué bueno que volvió a subirse a un escenario a cantar canciones grandiosas como "Sweet Child o Mine", "Paradise City" o "Welcome To the Jungle" porque sigue siendo único.
Ahora bien: qué bueno hubiera sido que también hubiese vuelto Guns n Roses.
Porque esa banda, que tanto nos entretuvo durante buena parte de los 90, sigue sin despertarse.
"He atravesado un traicionero mar de horrores para estar con ustedes esta noche", dijo Axl Rose poco después de subir al escenario. Por su parte, la gente sólo debió atravesar las atestadas avenidas de Las Vegas en plena noche de Año Nuevo, esperar largas horas de cola para pasar los controles de seguridad y matar el tiempo hasta las 3.30 de la mañana. Pero todos los rezongos se evaporaron en un instante, cuando el riff de guitarra de "Welcome To the Jungle" abrió el primer show de Guns en ocho años.
Enfundado en una remera negra con el dibujo de un dragón chino, Rose lideró la última encarnación de G n R en un concierto de dos horas, con un repertorio de veinte temas que incluyó diez colosales canciones de Appetite for Destruction y también cuatro composiciones nuevas, presumiblemente pertenecientes al próximo disco de la banda.
Aun así, Rose hizo lo posible para bajar las expectativas que pesan sobre esta nueva formación de Guns n Roses con ocho integrantes. "Bien venidos a nuestro primer ensayo", le dijo al público. "El jueves fue la primera vez que canté con estos muchachos." La banda -que entre otros presenta a Dizzy Reed, ex miembro de Gunner; al ex Replacement Tommy Stinson, y al héroe posmoderno de la guitarra: Buckethead- tocó con energía y con muchas fanfarronadas teatrales, pero se mantuvo apegada a los arreglos de los antiguos discos de estudio de los Guns. Hubo algunos momentos trascendentes: en "Sweet Child o Mine", el guitarrista Robin Finck intercambió terribles fraseos de guitarra con Buckethead; más tarde, un "Out ta Get Me" todavía paranoide se transformó en una imponente y tórrida versión de "Rocket Queen".
Pero cuando terminaron con las canciones de más de una década de antigüedad, las demás parecieron experimentales. El tema "Chinese Democracy" -que Axl presentó como "la canción que titula nuestro nuevo álbum, que terminaremos, si Dios quiere"- no resultó tan apasionada como para corresponder a las imágenes de opresión y sufrimiento proyectadas en una llamativa pantalla de video. Sólo "Silk Worm" -que surgió con una explosión de tecno florido antes de retomar el añejo groove G n R- mostró a la banda realmente comprometida.
Pero, a fin de cuentas, el show fue un éxito porque esta versión de Guns n Roses depende exclusivamente de Axl. Y Rose demostró estar a la altura de las circunstancias, mostrando poca herrumbre a la hora de alcanzar la estratósfera con su registro vocal más alto. Su antes omnipresente cigarrillo no se vio por ningún lado, y la estrella hizo gala de buena onda durante todo el show, a excepción de un arranque de furia por un par de fallas técnicas; también ostentó los resultados de un serio entrenamiento con pesas. "Me acabo de despertar: hacía ocho años que dormía la siesta", ironizó Rose. "Bien venido de regreso", cantó el público, al unísono.






