
Ha llegado un director
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"Ha llegado un inspector", de J. B. Priestley. Intérpretes: Lito Cruz, Graciela Dufau, Héctor Bidonde, Inés Estévez, Fabián Vena, Federico D´Elía, Pochi Ducasse, Martín Slipak, Sabrina Zudaire, Luciano Surt y Vanessa Zudarie. Escenografía y vestuario: Ian Mac Neil. Dirección escenotécnica: Juan Carlos Greco. Dirección: Sergio Renán.
Nuestra opinión: buena El gran interrogante era confirmar si esta pieza no resultaba envejecida para los tiempos que corren. Escrita a fines de 1944, Priestley, desde su presente, coloca las acciones en los años previos a la Primera Guerra Mundial, para pintar a la clase burguesa inglesa a través de la familia Birling.
"Ha llegado un inspector" podríaresultar tan anacrónica como los valores morales que se plantean en ella. Valores importantes, dejados de lado. Para insistir sobre ellos, está el texto, contundente, más allá del tono sentencioso, didáctico e ideológico de los contenidos. En todo caso, habría que plantearse si no correspondía, desde la puesta, un acercamiento a una lectura más ajustada al fin de este siglo para restarle ingenuidad y darle una mayor vigencia.
Lo que no se puede negar es la habilidad del autor para pergeñar esta joyita, con eslabones de suspenso, que va llevando al espectador de la mano desde la llegada del inspector hasta completar el círculo de la estructura teatral, que finaliza con la llegada de otro inspector.
El tema es la falta de niveles de conciencia de una familia burguesa para asumir las responsabilidades que le cabe a cada miembro con respecto al otro, más allá de las diferencias sociales y económicas. "Los poderosos tienen más privilegios, pero también más obligaciones", dice el personaje del inspector.
Y alrededor de este pensamiento giran las acciones que escapan de un ámbito realista para sumergirse en otra atmósfera, más enigmática, siniestra, que elabora este inspector para descubrir la hipocresía y la falta de valores morales de una familia que se niega a reconocer las consecuencias de sus actos frente al suicidio de una joven obrera.
Casa de muñecas
Un preludio con resonancias sinfónicas, casi operísticas, anticipa la subida del telón. Sobre el escenario, una casa de muñecas que Ibsen hubiera soñado para Nora.
Pero fue elección de puesta de Renán ubicar a la familia Birling en ese recinto, en un plano superior al mundanal y paupérrimo exterior. Esta es la presentación de la escena, humedecida por una cortina de lluvia que no tiene un justificativo dramático y que pudo no estar, sin que eso modificara nada.
En esa estructura de dimensiones reducidas, todo es alegría y festejo por el compromiso de la joven Birling, secuencia que transcurre en el interior de la casa y fuera de la vista del espectador, por lo que el director insiste en sacar a los personajes a un balconcito, para romper una rutina que exige las voces en off. Demasiadas salidas a un balcón sobre el que se presume está lloviendo y demasiado micrófono inalámbrico, que produce voces artificiales e impide el uso de matices, sobre todo en actores que ya han demostrado que no lo necesitan cuando suben a un escenario.
La llegada de un inspector, omnisciente, severo, acusador, obliga a que la intimidad del hogar se abra hacia la negrura de la calle, casi un descenso a los infiernos, allí donde está sentada la criada y transitan un par de chicos, que actúan como apuntes de una realidad social.
Las acusaciones del funcionario, en busca del responsable del suicidio, lentamente va abriendo baches en la arquitectura moral de la familia. Uno por uno se va mostrando en sus dobleces egoístas, prejuiciosos e hipócritas hasta el derrumbe final, que Renán subraya con el desmoronamiento de la casa, puro efecto tecnológico que resulta redundante.
En este ámbito, con un diseño de empedrado en el pavimento que dificulta el caminar, los actores visten a los personajes dentro de una marcación (o quizá la falta de ella) que los presenta por momentos demasiado estáticos y donde la interpretación se registra del cuello para arriba.
Tal vez sea que, por elección de puesta, los personajes deben actuar como muñequitos manejados por fuerzas desconocidas, o tal vez, porque se trata de un teatro de texto.
Escapan de estos lineamientos Lito Cruz, convincente como el impasible inspector; Graciela Dufau, quien compone a la madre con cierta carnadura y fibra nerviosa, e Inés Estévez, como la hija, que ofrece vitalidad, aunque por momentos parece alejarse de la composición.
Héctor Bidonde va de la exaltación a la pasividad, sin matices intermedios; Fabián Vena, poco convincente como el ebrio de la familia, y Federico D´ Elía, esforzado pero por momentos inseguro. Pochi Ducasse es sólo una presencia que no tiene peso dramático.
Pero como se trata de un teatro de texto y éste llega, sí por mérito de los actores, impecable en su dicción y con un ritmo donde las pausas tienen su justa inserción, el espectador se queda enganchado con la cadena de suspenso que no se interrumpe hasta el final.
ón: Sergio Renán. Duración: 78 minutos. En el Ateneo.





