
"Hacer historietas es más que dibujar, es dar vida"
A boca de jarro: Francisco Solano López
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Era de madrugada, apenas las tres. No había luz en las casas de la vecindad: la ventana de mi cuarto de trabajo era la única iluminada. Hacía frío, pero me gusta trabajar con la ventana abierta. El texto apareció el 3 de septiembre de 1957, en la revista Hora Cero Semanal, y era el comienzo de El Eternauta, la mítica historieta escrita por Héctor Germán Oersterheld y dibujada por Francisco Solano López.
"Había conocido a Oesterheld unos años antes. La historia es así: el día en que regresé de mi luna de miel en Bariloche, sin un peso, encontré una carta de Editorial Abril. Les había dejado una carpeta con mis dibujos y me proponían continuar con Bull Rocket, una historieta escrita por Oesterheld que se había quedado sin dibujante. Era la única posibilidad de trabajo que tenía y tuve que aceptar. Por esa época también conocí a Hugo Pratt, que dibujaba El Sargento Kirk, otra tira escrita por Oesterheld", recuerda Francisco Solano López, mientras diseña un capítulo de El Eternauta-El Regreso, la continuación de las inquietantes aventuras de Juan Salvo.
–¿Cómo descubre las historietas?
–Siempre me gustó dibujar, sobre todo caras y animales en movimiento. Mi padre me llevaba al Zoológico y a ver películas de Tarzán, el Tarzán de Johnny Weissmuller. Era periodista y crítico teatral, y mientras él escribía, yo dibujaba tirado en el piso. Después, él guardaba mis dibujos. Pero mi padre falleció el día en que cumplí 8 años y así perdí un gran aliado, porque mi madre quería que fuese abogado. Cuando terminé el secundario, entré en la Facultad y a trabajar en un banco. Un compañero, pinche como yo, me contó que los fines de semana trabajaba como caddy y que al club iba a jugar un gran dibujante, José Luis Salinas, y me consiguió una entrevista.
–¿Qué le dijo Salinas?
–Que tenía condiciones, pero que debía elegir. No podía ser bancario, abogado y dibujante. Además, si elegía ser dibujante tenía que continuar estudiando. Entonces, dejé la Universidad, pero seguí en el banco. Cuando salía de la oficina me iba caminando a dibujar con modelo vivo, de 18 a 22, en el sótano de la Asociación Estímulo de Bellas Artes, en la esquina de Córdoba y Maipú. Pero no quería que mis dibujos estuviesen colgados en una galería de arte para un grupo de entendidos, me parecía aburrido, soñaba con que llegaran a todo el mundo. Entonces descubrí la historieta como posibilidad.
–¿Cuál fue la primera historieta que dibujó?
–Perico y Guillermina, para la editorial Columba, al comienzo de los años 50. Trataba de las aventuras de un chico y su bicicleta.
–¿Cómo es dibujar historietas?
–Es mucho más que dibujar, ¡es dar vida! Uno toma el guión, lo lee y comienza a vivirlo, a narrar situaciones dramáticas con imágenes. Ese es el arte, no sólo dibujar. En esto, el dibujo de historietas se parece a la música. Hay una partitura, pero cada director, cada intérprete, da una versión distinta. Por ejemplo, fui el primer dibujante de El Eternauta, pero en 1969 lo hizo Alberto Breccia, con un estilo totalmente distinto del mío. Los cuadritos son ventanas que dan a un mundo fabuloso adonde el lector siente alegría, temor, ansiedad, simpatía, odio. ¡Es maravilloso que puedan liberarse tantos sentimientos con sólo mirar unos cuadritos a veces mal impresos, con tintas y papeles de baja calidad.
–¿Dibujantes que admire?
–Son muchos, pero voy a seleccionar a Winsor McCay, autor del increíble El Pequeño Nemo en Slumberland, de 1907; Roy Crane, creador de Buz Sawyer; Milton Caniff, que imaginó Steve Cayon y Terry y los Piratas; Alex Raymond, autor de los inolvidables Agente X9, Flash Gordon, Jim de la jungla y Rip Kirby, y el canadiense Harold Foster, creador de Tarzán y El Príncipe Valiente.
–¿Y Hugo Pratt?
–Un notable dibujante, de estilo original y muy elegante. Para ambientar a Corto Maltés buscó una época de grandes aventuras, la transición del siglo XIX al XX. Además, era un buen narrador y escribió con un estilo clásico y atrayente.
–¿Qué aporta la computadora?
–Fue un cambio importante. Siempre hacemos nuestros dibujos en lápiz para luego pasarlos en tinta y, tradicionalmente, este trabajo se hacía en pluma. Era una tarea ingrata porque uno sentía que las imágenes se endurecían y perdían expresividad. Después, cambió el sistema de impresión (apareció el offset) y pudimos usar el pincel y conseguir un trazo más suelto. Un recurso era aguar la tinta, pero a veces se nos iba la mano. La computadora vino a mejorar las cosas. Ahora, dibujo a lápiz y luego envío mis diseños a un ayudante, un técnico, que hace el acabado con la computadora siguiendo mis instrucciones.
–¿Qué ocurre en el regreso de El Eternauta?
–Héctor Oesterheld desapareció en 1977, en La Plata, durante el proceso militar. Yo emigré a España y luego estuve en Río de Janeiro. Regresé en 1995 y todo el mundo me hablaba de El Eternauta. Dos años después me propusieron volver a hacerlo: el episodio se llamó El Mundo Arrepentido, pero no gustó. Estaba procesado en color y transcurría en Marte, en una época remota cuando en ese planeta había una civilización en extinción. Actualmente, trabajo en la serie El Eternauta-El Regreso, con guión de Pablo Maiztegui (Pol), donde Juan Salvo, que había entrado en otra dimensión (continuo, la llamaba Oesterheld), consigue volver a la Tierra después de 40 años, con la ayuda de Marta, su hija, y sus amigos de siempre: Favalli, el profesor de física amante de la navegación de vela; Polsky, jubilado y constructor de violines, y Lucas Herbert, un empleado bancario, loco por la electrónica.
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