Hay muñeco para rato
"La novia de Chucky" ("Bride of Chucky", Estados Unidos/1998). Presentada por Eurocine SA. Fotografía: Peter Pau. Música: Graeme Revell. Intérpretes: Jennifer Tilly, Katherine Heigl, Nick Stabile, Alexis Arquette y la voz de Brad Dourif. Guión: Don Mancini, basado en los personajes creados por él mismo. Dirección: Ronny Yu. Duración: 89 minutos. Para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena.
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"La novia de Chucky" es una película paradigmática de la producción hollywoodense, ya que en ella conviven (bastante armoniosamente, debe reconocerse) varias de las modas imperantes en el cine mainstream de este fin de siglo: 1) Se trata de una nueva secuela (la tercera) de "Chucky, el muñeco diabólico", exitosa película de bajo presupuesto dirigida en 1988 por Tom Holland. Tras las dos intrascendentes producciones anteriores, este film se acerca bastante al nivel del original.
2) La película se inscribe en la escalada paródica en la que han entrado muchos films de género en los últimos años. Aquí, abundan referencias o simples bromas sobre títulos como "Scream, vigila quien llama", "Hellraiser, el pacto", "Atrapado sin salida", "La novia de Frankenstein" o "Godzilla", sobre figuras como el actor Christian Slater o el rockero Marilyn Manson (quien aparece fugazmente en un divertido cameo), hasta llegar finalmente a la etapa más evolucionada y cínica de este fenómeno: la autoparodia.
3) A falta de guiones solventes, buenos son los directores capaces de suplantar los baches de la trama con un impactante despliegue de recursos visuales. En este sentido, los cineastas provenientes de Hong Kong son, hoy por hoy, las figuritas de moda: para "La novia de Chucky", el elegido fue el más que solvente Ronny Yu.
4) Frente al éxito de sagas como "Scream", "Pesadilla en lo profundo de la noche" y "Sé lo que hicieron el verano pasado", los exponentes del terror moderno apelan a una estética ligada al videoclip, con profusión de sofisticados asesinos seriales, efectos especiales, música hardcore y toques de cinefilia y nostalgia prematura respecto de los años 80, destinada al target principal de este tipo de películas: el público adolescente.
Un muñeco perverso
Dentro de una historia bastante elemental y previsible, el elemento más sorprendente de "La novia de Chucky" es la creciente incorrección política del muñeco más famoso del cine de terror: a lo largo de sus 89 minutos, esta cuarta entrega de la serie ofrece un amplio abanico de perversiones que van desde el voyeurismo al fetichismo, pasando por el sadomasoquismo, la magia negra y el intercambio de parejas (swingers).
Como si fuera poco, el diminuto y cada vez más desagradable Chucky (aquí aparece con su cara cosida y llena de cicatrices) agrega a sus ya conocidos hábitos de asesino serial aficiones otrora contraculturales, como el sexo, las drogas y el rock en medio de una road-movie bastante clásica durante la que se suceden sádicas matanzas en rutas y moteles.
El show de Tilly
El protagonismo de los muñecos (al inefable Chucky se le suma la no menos sanguinaria Tiffany, la "novia" del título) hace que los actores de carne y hueso luzcan como simples elementos decorativos.
En ese contexto, a Jennifer Tilly le alcanzan unos pocos minutos en pantalla y unos cuantos gestos y miradas estereotipadas para divertir con su personaje, mezcla de vampiresa y femme-fatale.
Película por momentos divertida, de una mediana inspiración que no defraudará a los seguidores del género, "La novia de Chucky" no ofrece, más allá de la apuntada adscripción a las modas imperantes, demasiado margen para el análisis. Lo que sí queda muy en claro tras la escena final es que no ha sido ésta precisamente la última entrega de la saga.





