Hermanos de sangre

Hernán Ferreiros
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1 de abril de 2015  

Bloodline / Creadores: Daniel Zelman; Glenn y Todd Kessler / Elenco: Kyle Chandler, Ben Mendelsohn, Linda Cardellini, Nobert Leo Butz, Sam Shepard, Sissy Spacek y Chloe Sevigny / Emisión: primera temporada disponible en Netflix / Nuestra opinión: muy buena.

"No somos malas personas, pero hicimos algo malo." Esta sentencia, que no sonaría fuera de lugar en boca de un personaje de Raymond Chandler, es el leitmotiv de Bloodline, la nueva serie de Netflix. Como en una novela negra, aquí no se trata de descubrir qué pasó ni quién lo hizo (eso se muestra al final del primer episodio), sino de desandar las circunstancias que llevan a que sucedan cosas malas.

La serie yuxtapone el noir tropical de films como Cuerpos ardientes (Lawrence Kasdan, 1981) con el drama de una familia muy complicada. Los Rayburn echaron raíces en Florida. Robert (Sam Shepard), el pater familias, y su esposa, Sally (Sissy Spacek), llevan una vida próspera al frente de un resort en la zona de los Cayos. Las tensiones se disparan con el regreso de Danny, el hijo mayor y la oveja negra del clan, interpretado con un prodigioso balance entre vulnerabilidad y amenaza por el australiano Ben Mendelsohn. Este personaje y este actor son, fácilmente, el mayor atractivo del programa.

La vuelta del hermano al hogar familiar es resentida por el padre irascible y por sus otros hijos -el conciliador John (Kyle Chandler), la culposa Meg (Linda Cardellini) y el temperamental Kevin (Norbert Leo Butz)-, aunque las razones de este resentimiento se toman su tiempo, como todo en esta serie, para resultar claras. Si bien estos personajes son clichés -el incorregible, la insatisfecha, etc.-, sus intérpretes logran transfundirles carácter a fuerza de competencia y carisma.

Los creadores Daniel Zelman y Glenn y Todd Kessler, responsables también del drama legal Damages, usan, como en su programa anterior, una narración fragmentada que saca un provecho inteligente de sus procedimientos. La recurrencia de los flashbacks -que, cada tanto, no es lo que parece, sino un flashforward- es una característica estructural que también refleja el tema de la serie: la invasión del presente por el pasado, la imposibilidad de escapar de la sombra que proyectan las elecciones pretéritas sobre toda una vida. La locación canaliza de modo metafórico este tópico: de un lado está la playa paradisíaca, pero a sus espaldas están los pantanos, con sus aguas amenazantes que cada tanto traen un cadáver hasta la costa.

El modelo de consumo maníaco de temporadas completas incentivado por Netflix mete a la serie en un dilema: la fuerza a prometer todo el tiempo una revelación de altísimo octanaje y, a la vez, a postergar su aparición lo más posible para llevarnos de la nariz hasta el siguiente episodio.

El efecto de esa estrategia es que, al promediar la temporada, la narración se vuelve reiterativa y poco satisfactoria porque insiste con un mismo misterio que no se resuelve ni evoluciona. Recién sobre el final la serie se pone la altura de las expectativas que había generado.

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