
Para ellos era como tocar en casa.
1 minuto de lectura'
Para ellos era como tocar en casa. Hermética había hecho de Stadium –aquel espacio con pasado de cine y presente de bowling– un ámbito propio. Durante mayo, octubre, noviembre y diciembre de 1993, una multitud enfundada en jeans y cueros invadió el barrio de Almagro y marchó por la avenida Rivadavia para formar parte de una comunión metálica única. A fuerza de buenas canciones y mejores letras, Ricardo Iorio había establecido a Hermética como el grupo heavy con mayor identidad.
Por lo general, aquellas noches no tenían otra excusa más concreta que las ganas de tocar en vivo. En la primavera de 1993, por ejemplo, Hermética registraba a pocas cuadras de Stadium lo que sería su último disco: Víctimas del vaciamiento. Entonces, la rutina era hacer una pausa en la grabación, caminar unos metros hasta el local para probar sonido, y regresar al estudio hasta que llegara la hora del show.
Las presentaciones eran a estadio lleno (más de 4 mil personas) y toda la escenografía consistía en una hache gigante, igual a la del logo de la banda. Hermética sonaba con la experiencia que dan los años; desde el fondo, el baterista Claudio Strunz empujaba con la fuerza de una topadora y, en las pausas entre tema y tema, Iorio desplegaba su oficio para la arenga. Con una duración promedio de dos horas, casi todos los temas de Hermética eran interpretados con furia y pasión, y con el valor agregado de miles de gargantas en los coros.
Fue tan intensa y poderosa la energía producida en aquellos conciertos, que ninguna de las póstumas ediciones en vivo de Hermética logró siquiera igualarla.




