Historia de un gigoló accidentado
"Gigoló por accidente" ("Deuce Bigalow: male gigolo"/1999), producción norteamericana en colores presentada por Buena Vista Pictures. Hablada en inglés. Guión: Harris Goldberg y Rob Schneider. Fotografía: Peter Lyons Collister. Música: Teddy Castellucci. Intérpretes: Rob Schneider, William Forsythe, Eddie Griffin, Arija Bareikis y otros. Dirección: Mike Mitchell. Duración: 88 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años. Nuestra opinión: Regular .
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No del todo feliz con su trabajo de limpiador de estanques en un acuario de Los Angeles, el inocente y bondadoso Deuce cumple diariamente con su rito de acercarse a la playa para estar más cerca de los peces. El hombrecito -prototipo del antihéroe de las comedias norteamericanas- sueña con abandonar su mal vecindario e irse a vivir a alguna mansión con vista al océano.
La ilusión se transforma en realidad cuando conoce a un refinado gigoló que posee kilométricos automóviles, esculturales mujeres y, como si todo eso fuese poco, un variadísimo acuario. Por esas cosas de la casualidad -o de la poca imaginación de Hollywood-, el gigoló debe realizar un viaje y le pide a Deuce que ocupe su ostentoso departamento y cuide a sus peces.
De aquí en más el relato se introduce en esa muy conocida senda de delirantes aventuras y desventuras que obligan al protagonista a iniciar, muy a su pesar, una agitada carrera de gigoló.
Así, entre idas, venidas, seducciones, sueños increíbles y pesadillas macabras, el relato deja desgranar un humor muy poco sutil -a veces hasta carente de gusto- que finaliza con una insólita recompensa para quien procuró hacer reír sobre la base de recetas tan remanidas como obsoletas.
Manto de olvido
El director Mike Mitchell hace aquí su debut en el largometraje, y poco es lo que puede aportar teniendo en sus manos un guión tan insulso como olvidable.
Rob Schneider, protagonista del relato y coautor del libreto, dice haberse inspirado para su comicidad en los Monty Python, Richard Pryor, Gene Wilder y Peter Sellers, pero aquí demuestra ser muy mal alumno. William Forsythe, como un alocado detective envuelto en tal cúmulo de accidentadas peripecias, poco es lo que puede aportar a un reparto que busca sin conseguirlo la sonrisa cómplice o la indulgencia más piadosa.
La música, tan desorbitada como el argumento, y la fotografía, aplicada sin descollar, recorren esta comedia que merece un manto de olvido. O, posiblemente, ser mirada con menos atención que los pochoclos que el espectador, sin duda, tendrá entre sus manos.






