Hoshi Tango, el extranjero
El argentino Marcelo Imach integra la liga de sumo japonesa
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Un elefante en un bazar. Así es como se sintió Marcelo Imach, de 38 años, la primera vez que subió a un metro en la ciudad de Tokio. Sus 90 kilos parecían no tener piedad con la sufrida humanidad de los japoneses, acostumbrados a viajar con un paraguas incrustado en el hígado, algún codo rozando la nariz del vecino o, en el caso de las mujeres, sintiendo por lo bajo una caricia deshonesta. Previsores, los japoneses inventaron un dispositivo para que en las horas pico los asientos queden pegados a la pared del vagón. Y crearon un servicio exclusivo para mujeres.
Pero, claro, cuando los cambios llegaron Marcelo Imach ya había aumentado su peso a 150 kilos y pasó a llamarse Hoshi Tango (Estrella de Tango), el luchador gaijin (extranjero) que llegó con la ilusión de ingresar en las Grandes Ligas del deporte nacional del Sol Naciente: el Sumo. Por suerte para él, el estadio donde se celebraban las peleas estaba enfrente de su residencia y dejó de viajar en metro.
"Sigo viviendo en la misma escuela (Michinoku) con otros 17 luchadores. Nos despertamos a los 5 y media de la mañana, limpiamos el dohyo (lugar de combate), la casa, y de 6 y media a 11 nos entrenamos. Media hora para el furo (baño caliente) y a las 12 nos sirven el almuerzo: un suculento chankonabe, una comida típica de los sumotoris con carnes, pescados y verduras. Y, después, siesta de dos horas", cuenta, de paso por su país, este argentino que hace 17 años cambió Palermo por las angostas calles de Tokio.
Pasó por todas las categorías amateurs hasta que alcanzó la Jurio, la menor de las rentadas por las Grandes Ligas y donde un luchador puede llegar a ganar alrededor de 8000 dólares mensuales (se paga hasta 20.000 en las categorías de nivel superior, sin contar premios y sponsors). El sumo es una disciplina oriental que consiste en derribar al adversario o empujarlo fuera del dohyo, un círculo de 4,5 metros de diámetro que hace las veces de ring.
En el dohyo
"Japón es un país moderno, pero muchos japoneses son muy tradicionalistas -explica Imach-. Y el sumo encierra ese halo misterioso de las costumbres ancestrales, como arrojar puñados de sal antes de la lucha para ahuyentar a los malos espíritus y purificar la arena del dohyo. Hasta en la forma de vestir con un pequeño mawashi (cinturón de combate) y el cabello recogido como el de una mujer mantienen la tradición y el color del espectáculo. Al principio me daba vergüenza salir a caminar en quimono. Al ser gaijin, eso llamaba mucho la atención de los japoneses. Pero ahora me siento uno más."
En nuestro país y en Brasil, potencia sudamericana en este deporte, los luchadores provienen del judo. "Nos acercamos más que nada por curiosidad. Después, cuando aprendemos la cantidad de técnicas que tiene (más de 50 formas de atacar y defender), nos empieza a gustar y lo tomamos en serio -admite-. Empecé haciendo lucha en la Asociación Cristiana de Jóvenes y, después, algo de judo con el sensei (maestro) Soma, uno de los pioneros en la Argentina. Al poco tiempo ya estaba haciendo matawari (ejercicios apoyándose en el suelo sólo con el abdomen) en un dohyo de Japón. Ahora se ha hecho más difícil el ingreso para los extranjeros por el valor de lo tradicional que antes mencionaba".
Todo el ritual de ofrendar el alimento a los dioses, rociar la comida con sake para aplacar su furia y pedir que los luchadores no sufran heridas, o el de dar palmadas y pisar fuerte para demostrar la armonía entre el cielo y la tierra, tiene que ver con principios religiosos. "He respetado las costumbres japonesas porque lo que dice un sensei es palabra sagrada. Aunque, en mi caso y como todo deportista argentino, persisto más en mis cábalas que en cuestiones de fe religiosa: si gano acostumbro a repetir el recorrido hasta el estadio o uso el mismo quimono. A mis compañeros les resultaba gracioso, pero, al final, ellos también las terminaron adoptando", asegura Hoshi Tango.
Buen discípulo
- Se crió sólo con su madre desde los 2 años. De joven fue lavacopas y hacía trabajos de mudanza. Su alegría mayor era cuando llegaban los domingos y un tío lo acompañaba a ver a Boca y a comer pizza después de los partidos (en la gloriosa época del Toto Lorenzo). Siempre le gustó hacer deportes, entre ellos, la natación. Pero nunca imaginó que su vida continuaría a miles de kilómetros de distancia y entre hombres de 150 a 200 kilos, amantes del wasabi (picante japonés). Hablar con el viejo maestro que lo animó a la aventura en su propio idioma lo llena de emoción. "Hay que estar bien con los dioses y venerarlos, pero nunca pedirles nada", decía un sabio japonés. Y como buen discípulo, Marcelo Imach aprendió la lección.




