House of Cards, tercera temporada: cómo sostener el castillo de naipes

Hoy se estrena la nueva temporada de la serie que plantea un interrogante: ¿qué hará Frank Underwood ahora que ocupa el lugar que tanto deseó?
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27 de febrero de 2015  • 11:24

Si las dos primeras temporadas de House of Cards sacaban a relucir el trabajo de titiritero de un político desesperado (pero paciente) por llegar a convertirse en Presidente de los Estados Unidos, la tercera temporada -que está disponible desde hoy en Netflix- apuesta a exhibir qué hará de ahora en más Frank Underwood (Kevin Spacey), una vez que ya consiguió dar sus golpes del éxito en el escritorio de Lincoln. "Después de 22 años en el Congreso, puedo saber en qué dirección sopla el viento", se jactaba. ¿Conseguirá el ex Senador sostener su plan con la misma intensidad, o tendrá que beber de su propia medicina?

Lo cierto es que Underwood ya es el presidente de la gran potencia mundial, aunque siente que no haber sido elegido por el voto popular lo obliga a hacer bien las cosas o, mejor dicho, a hacer lo que haya que hacer para que todos crean que su gobierno es eficaz. El objetivo, claro, es ser elegido como candidato del Partido Demócrata para las próximas elecciones. Atrapado entre un índice de aprobación bajísimo y por una política exterior que no para de fracasar, Frank está obligado a gobernar, a ser menos impulsivo con sus estrategias de ataque y a cargar con el propio peso de su pasado: sabe que van a querer hacer con él todo lo que él hizo con los demás.

"Usted es el Presidente, pero nadie lo votó", le espetan en la cara en pleno Salón Oval, mientras le dan el primer golpe a su ego, golpe que "esperaba que sucediera, pero no tan pronto". En esa línea y ya desde el primer episodio queda más o menos claro por dónde pasarán los objetivos de Frank y Claire (Robin Wright), su perfecta socia marital, que no conforme con ser la Primera Dama pretende ser embajadora ante la ONU. "Quiero dejar de estar en el asiento de atrás y estar en el volante", le dice a su marido, que sin Doug Stamper a su lado, parece estar obligado a pensar todo dos veces y -aunque suene increíble- algo irascible y abatido.

Que a Underwood le pese el hecho de ser un Presidente elegido a dedo y que no le moleste en lo más mínimo su prontuario -que incluye la traición a su antecesor, borrar del mapa a dos vices, haber asesinado a una periodista y haber suicidado a un candidato a gobernador- no hace más que dar muestra del naturalizado cinismo con que House of Cards pinta al mundo de la política. Es ahí donde radica el mayor atractivo de la serie, porque no sólo está realizada de una manera impecable, excelentemente actuada y guionada: después de verla queda la sensación de que las cosas deben funcionar así, sin falsos idealismos ni intenciones nobles. Porque en el universo de House of Cards, América Trabaja no es un plan que tiene como objetivo crear 10 millones de puestos de trabajo, sino que será el instrumento que le permitirá a Underwood construir más poder. Y el poder, ya lo dijo, es mucho más importante que el dinero.

Por Leonardo Ferri

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