
Illia, abucheado y aplaudido
La popularidad en tiempos de los próceres
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El 12 de octubre de 1963 se conocieron en la Casa Rosada dos magníficas personas, muy queridas por sus pares. Uno radical, el otro peronista. Nos referimos a Arturo Umberto Illia, quien ese día asumió la primer magistratura luego de vencer a Aramburu en los comicios de julio, y a Eduardo Pompilio, cafetero de la Casa de Gobierno.
Pero antes de avanzar sobre la historia de esta amistad habrá que comentar dos hechos peculiares de ese día. El primero es que el doctor Illia desterró el uso del frac en la ceremonia de la asunción de mando. Dijo que, así vestido, parecía un pingüino. Prefirió estrenar un traje, y su sastre, Jorge Trimarchi, auguró que regresaría de la presidencia con el ambo gastado y con los bolsillos vacíos. El otro hecho que tuvo lugar en aquella jornada fue el puchero que comió con cuatro amigos en el comedor presidencial. Así estrenó el mando: con una comida sencilla entre viejos amigos.
De regreso a la relación entre Illia y el mozo Pompilio, simpatizaron de inmediato y el presidente-médico lo eligió como compañero de salidas. Porque Illia se quedaba a dormir en la Rosada los días de semana, al mejor estilo del pupilato. Pero, para despejarse un poco y cambiar de aire, solía salir a caminar a la noche. ¿Con custodia? No, con Pompilio y nadie más. Sin llamar demasiado la atención, dos sombras abandonaban la sede del Ejecutivo por la puerta de Balcarce 24 o la de Rivadavia, en la explanada. Los destinos variaban.
Esta costumbre hizo que el mozo presidencial compartiera horas exclusivas con el mandatario radical oriundo de Pergamino. Entre las anécdotas que recordó en sus memorias, redactadas por el actor Joe Rígoli, figura la de la noche que fueron juntos al cine.
Luego de comer Illia siempre lo hacía temprano, el presidente tomó con la punta de sus dedos la manga del saco de Pompilio. Esa era su manera de manifestar que llegaba la hora de partir al paseo nocturno. El presidente anunció: "Vamos a ir al cine Avenida. Me dijeron que están dando una película de cowboys que es una maravilla. ¡Dicen que hay como cinco tiros por minuto!" Cruzaron la Plaza de Mayo y caminaron todas las cuadras de Avenida de Mayo, ya que el cine estaba en la otra punta, casi llegando a la calle Luis Sáenz Peña. Esas dos siluetas tenían algo quijotesco: Illia era flaco y Pompilio "bastante gordito", según se propia y sincera descripción.
Al cine entraron tarde: ya había empezado. En la oscuridad, el presidente se tropezó con la primera butaca. El mozo cayó sentado en otra. Demasiado ruido. Recibieron chistidos y reprobaciones del público. Para no reincidir se quedaron sentados ahí, en la última fila. Cuando terminó la vista y se encendieron las luces, dos o tres que salían apurados lo reconocieron. Resultó que el molesto era nada menos que el presidente de la Nación. En segundos, todo el cine lo aplaudía. Con un gesto simpático respondió a los saludos. La noche había comenzado con abucheos, pero terminó con aplausos.
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