
"El precio de la libertad es la soledad." Con una visión del mundo que interpreta y encarna la cultura rock, vuelve, ahora solista, para pintar un panorama algo desolador: "No es un momento en el que me ponga contento estar vivo".
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Un enigma llamado Carlos Solari
Un hombre, algo mayor, sentado en su auto, jugando con sus perros, de viaje por distintas partes del mundo –contra un graffiti neoyorquino, sentado en una fuente...–.
Las imágenes que acompañan esta entrevista fueron cedidas por el propio Solari. No es un detalle menor: su obsesión por controlar ciertos aspectos de su imagen pública –“es una fobia, una tara que tengo”, reconoció en un momento– ha sido una constante durante la larguísima carrera de los Redondos en la que no se han prestado mansamente a ninguna producción fotográfica. Ahora, obligado por su nueva faceta solista a revisar aquella política estricta, el Indio tomó otra decisión: él mismo provee las imágenes. Acaso por su desprecio por verse reflejado en una producción que lo estilice (¿alguien lo imagina disfrazado de prócer en la tapa?), ofrece material con un registro totalmente familiar, postales de una intimidad (la más celosamente preservada entre las estrellas), cuyo acceso siempre fue restringido. De hecho, el proceso digital, ese tratamiento con filtros que parecen convertirlas en pinturas o ilustraciones, lo hizo él mismo con su computadora: ahí, parece intentar borronear los límites, hacernos confusa la mirada, como no permitiendo conocer algo con precisión.
“Siempre fui menos que mi reputación”, dice uno de sus mejores temas. Y ahora la frase resuena de otro modo. Sigue negándose a la posibilidad de que contenga una mirada ajena, la del fotógrafo, como quien retiene todo el control de la situación, pero nos permite acercarnos, husmear, una naturalidad, una cotidianidad que jamás habíamos visto: en bermudas, en su estudio de grabación, o mirando a cámara junto a una mesa de billar.






