
Informe desde el reino de la palabrota
Filósofos, poetas, psicólogos y escritores hacen sus consideraciones
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Dice un refrán suizo: Las palabras son como las abejas, tienen miel y aguijón. Y el acto de blasfemar y maldecir verbalmente es ya una costumbre común en nuestra sociedad, que poco a poco se fue convirtiendo en el reino de la palabrota.
Pero, en ocasiones, el uso y abuso de esta forma de vocabulario es síntoma de una extraña y poco frecuente enfermedad, el síndrome de Tourette. La historia es así: en los anales de la psiquiatría se cita a una distinguida marquesa de Dampierre, "conocida por sus exquisitos modales que –sin explicación alguna– cambiaba bruscamente su comportamiento delante de sus invitados y la servidumbre, comenzaba a ladrar como un perro, a insultar a sus contertulios y a decir obscenidades". Años después, el doctor francés Georges Gilles de la Tourette reconoció ese mal entre sus pacientes y así lo diagnosticó. Al respecto, el escritor y periodista español Manuel Ossorio y Bernard expresó, disculpándose, "el insulto es razón de quien la razón no tiene". Lo cierto es que basta con darse un martillazo en un dedo o estacionar el auto en el lugar que estaba esperando otro conductor para admitir la presencia de las malas palabras en la vida diaria.
En el prólogo de El arte del insulto se lee: "Los insultos pespuntean sutilmente la imagen de todos aquellos valores que más apreciamos y más detestamos en el mundo que nos rodea". Más adelante, sus autores y compiladores, Luque, Pamies y Manjón, agregan : "En ellos van nuestros juicios y nuestros prejuicios. Los necesitamos para comprendernos y también para superar los estereotipos y las ideas recibidas".
Poder alucinatorio
Para bien o para mal, nuestros insultos nos retratan, son, además un decálogo ingenuo y directo de nuestras conductas y creencias. "Hay palabras de las denominadas malas palabras que son irreemplazables, por sonoridad, por fuerza y por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta que decir es un pelotudo", expresó en 2005 el humorista Roberto Fontanarrosa durante el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Rosario.
Y siempre aparece el que pone en duda si realmente existen las malas palabras.
El psicoanalista rosarino Ariel Arango, autor del ensayo Las malas palabras, define la palabra obscena o la palabrota "la que viola las reglas de la escena social; la que se sale del libreto consagrado y dice y muestra lo que no debe verse ni escucharse. Por ello, la obscenidad y la pornografía son, a menudo, palabras que van de la mano. Son voces afines". Además de todo lo que se sabe, las malas palabras, según Arango, "poseen frecuentemente un poder alucinatorio".
Y terapéutico, a juzgar por el trabajo del psicoanalista de origen húngaro Sándor Ferenczi, discípulo de Sigmund Freud, que utilizaba con sus pacientes un método en el que las incluía. En una oportunidad explicó Ferenczi que "a su debido tiempo, sin apresuramientos inoportunos, era necesario enfrentar al paciente con las malas palabras". En cambio, el poeta francés Paul Valéry las calificaba como "una marca de impotencia, cobardía y sucedáneo del asesinato". Otro punto de vista, el del catedrático español de la Universidad de Granada Juan de Dios Luque Durán, las justificaría siempre y cuando "consigan desmitificar, desnudar procazmente al emperador falsamente vestido. Con ellas, el débil podrá defenderse del fuerte y el oprimido será consciente de las artimañas de sus opresores. Un opresor tipificado es un opresor vulnerable".
El insulto como elogio
Otro estudioso, Antonio Pamies Bertrán, también catedrático de la Universidad de Granada, en un artículo en el que analiza el futuro de la comunicación, sostiene que la interacción humana sería imposible sin el insulto. "De hecho, en los tiempos próximos, las máquinas se comunicarán con nosotros, pero si quieren tener algo del calor del lenguaje humano tendrán que aprender a halagar y a insultar como nosotros."
El lenguaje es un poderoso instrumento para indultar o agraviar. Una sola palabra sirve para producir una secuencia de acciones que laven con sangre la afrenta recibida. Por esta razón, asumen algunos antropólogos, las sociedades en las que se valora el honor son parcas en insultos. Así, la cultura japonesa tiene muy pocos insultos; mientras que en sociedades occidentales como la nuestra, la española, la italiana, la francesa, la británica y otras, los insultos se prodigan con generosidad.
Con el paso del tiempo, también el insulto parece haber cambiado la actitud visceral frente a la agresión verbal que antes exigía, casi siempre, una respuesta drástica y violenta. Actualmente, al insulto se le suele contestar con el insulto. Ocurre asimismo que el insulto llega a ser elogio o muestra de admiración hacia algunos. Se dice comúnmente que la palabrota es una de esas cosas que no se enseñan. Sin embargo, como dice el escritor español Angel Palomino Jiménez en su ensayo Insultos, cortes e impertinencias. Cómo hacerlo, "todos hemos sido autodidactas callejeros, aunque también es verdad que en el seno familiar el niño suele captar de sus mayores un amplio y enjundioso repertorio de insultos".
Desde los días de William Shakespeare, los eruditos y gramáticos silenciaron tradicionalmente esta faceta oscura del léxico, que en cambio florecía bastante en la literatura española, manifestó el escritor español Camilo José Cela, premio Nobel de Literatura en 1989. Fue en 1975 cuando Cela consiguió que la Real Academia de la Lengua Española incluyera en su diccionario palabras malsonantes que ya había empleado Francisco de Quevedo tres siglos antes. En una de sus últimas entrevistas televisivas, el escritor manifestó que solamente de la palabra prostituta hay 1111 sinónimos en lengua castellana y que su intromisión en tan delicados terrenos hizo que le llegaran numerosas cartas anónimas y amenazas de muerte.
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