Introspectiva
Con rigor, pero sin ángel
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"Plaza de almas" (Argentina, 1997), presentada por Distribution Company S.A. -Fernando Díaz-Incaa-. Fotografía: Abel Peñalba. Música: Luis Robinson. Productor ejecutivo: Daniel Burman. Jefe de producción: Diego Dubcovsky. Dirección de arte: Roberto Soto. Montaje: César D´Angiolillo. Intérpretes: Olga Zubarry, Norman Brisky, Alejandro Gancé, Vera Fogwill, Thelma Biral, Villanueva Cosse, Roberto Carnaghi. Producción, guión y dirección: Fernando Díaz. Para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: buena.
A "Plaza de almas" le falta alma. Con rigor, pero desangelado, el debutante Fernando Díaz realiza una introspección sobre la capacidad del individuo, un protagonista casi adolescente, indeciso, en este caso, para asumir responsabilidades consigo mismo y con quienes ama más profundamente, su novia, el abuelo, la abuela quizá con menos afición y la madre lejana. Con inteligencia de principiante honesto, el novel realizador sienta las bases de la historia en un sitio reconocible, la ficción de una plaza con sueñera de circo, que revive en planos cortos, con mínima espectacularidad, en la búsqueda de la intimidad cómplice de esa construcción visual -una suerte de ensueño o confidencia interior- con el espectador.
Díaz tiene claro que está haciendo cine y no literatura. Dispone el relato en secuencias contiguas y sucesivas: encuentros del protagonista con sus seres queridos y con el lugar de trabajo -la plaza- de los que casi siempre regresa desencontrado. La indecisión es su enemiga, a la que no alcanza a superar cada vez que la novia le chilla sus errores o cuando ésta se practica un aborto y la cámara en plano secuencia reduce al muchacho a una piltrafa interminable, en posición aplastante y en duración real.
Fernando Díaz adora crear climas y los sustenta en la ambientación y en el lenguaje de la cámara, pero se deja llevar por el subrayado de las acciones, en la extensión desmedida de casi todos los tramos narrados y en el exceso de actores no suficientemente contenidos, el caso de Vera Fogwill, cuya "neura" en decibeles altos irrita al más experimentado. Si esto fuera parte de la trama, quedaría justificado por qué le dejó tomar la decisión que ella toma.
En esa materia se advierten contrastantes los enfatismos del joven Alejandro Gancé frente a la cordial naturalidad de Olga Zubarry, cuya abuela es para aceptarle esos pasteles de dulce de batata que cocina en la película. Otro tanto ocurre con la veteranía y el gesto silencioso, elusivo, del abuelo que encarna Norman Brisky, empeñado como está el nieto en que el viejo no mire para otro lado.
Algo curioso en esta realización de la "generación de las escuelas de cine" y de la de "Tiempos cortos" a la que pertenece, sin firmar acuerdo alguno, Fernando Díaz: el entendimiento que los adolescentes procuran hoy con sus abuelos, sin tomar en cuenta a los padres, que están en lo suyo. Sobre este asunto abunda el contemporáneo Esteban Sapir en su elocuente "Picado fino".
La armónica de Luis Robinson es un sonido con belleza, tanto como el trabajo general de sonido en el film; la presencia de la abuela en el televisor tiene el tono sensato y conmovedor que debió privar en el film; y el presentador de ese programa es otro hallazgo. Merecen elogio la fotografía de Abel Peñalba y el trabajo de producción.
Fernando Díaz se inclina por el mensaje y deja entrever, aunque aún sin la claridad necesaria, que responde a un código. Seguro, el cine será su medio para la reflexión y para ir develando ese código. A poner el corazón, entonces.






