
El patron de la verdad
1 minuto de lectura'
Obsesiones y contraseñas del director de la banda oriental
Montevideo a pleno sol en parque capurro, sobre el puente, Jaime Roos posa para la foto de espaldas a una impresionante vista de la costa uruguaya. Una señora mayor con batón se asoma por la verja de su casita que está en la vereda de enfrente y le grita orgullosa:
–¡Ese panorama es mío!
–La felicito –le responde Jaime con una sonrisa. La mujer le prodiga su cariño calle por medio y las fotos siguen en el césped. Mientras esperamos en el taxi, el chofer enciende la radio. Creer o reventar, está sonando "No pienses de más", uno de los cortes de difusión del último álbum de Jaime.
Durante el viaje en taxi, después de la recorrida fotográfica por escollera Sarandí, la calle Yacaré (que da nombre al candombe de Roberto Darvin) y la canchita de Guruyú, Jaime me cuenta que la señal de tránsito que aparece en la tapa de su nuevo trabajo (donde se ve una silueta a punto de patear un balón) previene a los automovilistas sobre la cercanía de niños jugando a la pelota. El símbolo sólo existe en su ciudad; por eso lo eligió. El cartel está en una de las calles laterales del Estadio Francini, ubicado detrás del tren del terror del parque de diversiones Rodó. El estadio pertenece al cuadro de sus amores, Defensor Sporting, la mentada murga del tren fantasma de la canción "Cometa de la farola". Otra contraseña.
Jaime Andres Roos nacio el 12 de noviembre de 1953. Vivió su infancia en un departamento de la calle Convención, a metros de Durazno, en el barrio Sur, pegadito a la Ciudad Vieja de Montevideo. Una barriada con tradición musical que hace cien años fue un gueto negro donde nacieron el candombe y la murga. Aunque Roos quiere decir rosa en holandés, su apellido, como su padre René, son de origen francés. Su madre, Lucía Alejandro, es una uruguaya de heterogénea ascendencia: portugueses, libaneses e indios charrúas. De esta mezcla quedan recuerdos alegres. "Tomaba té y croissants bajo una araña de cristal, con mi abuela francesa, y después me iba a hacer unos mates con galleta y dulce de membrillo en lo de mi abuela materna."
Desde los 4 años, Jaime botija salía con la murga de niños y las batucadas de su calle. Su tío, el cantante Georges Roos, lo inició en los Beatles y el jazz. "Lalo Schiffrin y Bola de Nieve fueron pianistas de la orquesta de mi tío. Ojalá yo cantara la mitad de lo que él cantaba." A los 13 años empezó a estudiar guitarra clásica y se encandiló con la tapa del disco del Sargento Pepper. Su clásico bigote nació entonces. Por supuesto, aún no le crecía, pero en las fiestas de disfraces se lo pintaba con marcador negro. A los 15 abandonó sus clases de guitarra mientras daba sus primeros pasos en los bailes de los sábados, cantando en inglés. Un año después, en 1969, inició su actividad como músico profesional en obras de teatro y bandas de rock como Aguaragua, Epílogo de Sueños y Patria Libre. Tenía 20 años y el bigote ya le crecía de verdad: nunca más se lo sacó.
Buenos Aires, plena noche. roos ejerce un particular uso de los silencios. Tal vez sea parte de un modo yorugua de conversar. Pero me inclino a pensar que se trata de una prolongación de su obsesiva y meticulosa manera de ser: elegir cada frase, cada palabra, casi con el mismo rigor que utiliza para componer sus canciones. Al principio, parece que se demorara, como si estuviera pensando en otra cosa. Pero la respuesta llega, severa, como un golpe directo, sin fisuras. La charla se inicia en el hotel de la calle Florida donde Jaime se aloja, paladeando un distinguidísimo Luigi Bosca que compró en una vinería de Lavalle atendida por unos viejitos simpáticos. Escuchamos, paso a paso, el cd-r de la versión final de Contraseña, su último trabajo compuesto de doce temas, todos de diferentes autores montevideanos. Ya casi es medianoche. Le toca el turno a "Tablas", de Gastón Dino Ciarlo, padre de la milonga rock. Un aluvión de guitarras hondas e inquietantes remplaza la sonoridad eléctrica y el ambiente de road movie del original. "Le puse las guitarras de Zitarrosa: incluso toca Toto Méndez, primera viola en sus últimos cinco años de carrera. Y fijáte que en el tema de Alfredo lo invité a Dino para cantarlo juntos." Jaime se refiere a su versión de "El loco Antonio", una milonga que Zitarrosa dedicó a Enrique Antonio Dotta, un pescador del río Santa Lucía al que había conocido durante su infancia en el pueblo de Santiago Vázquez. El inspiradísimo acordeón de Hugo Fattoruso y una guitarra de doce cuerdas aportan un melancólico espíritu musiquero, de tarde soleada en el pasto. "Tiene olor a rancho, que era lo que yo buscaba. Pero tuve que borrar la primera toma de la voz porque me salía como Zitarrosa", admite, y agrega: "El y Dino son mis maestros de milonga: uno, más típico. El otro, más por el lado que yo sentía".
Jaime reflexiona a sólo cinco horas de siesta de haber atravesado una maratónica mezcla y masterización de casi cuatrocientas horas.
–Una de las médulas de este disco es que, pese a que venimos de diferentes sensibilidades, escuelas y tendencias, en el Uruguay nos escuchamos todos entre todos. Nos influimos sutilmente. Mi versión del tema de Jorge Drexler, "No pienses de más", arranca con un guiño a Eduardo Mateo: el sonido de la guitarra inicial imita al de un tema suyo, "Palomas". Zitarrosa odiaba la guitarra eléctrica y se peinaba con gomina; sin embargo, después terminó grabando "Milonga de pelo largo", un tema de Dino del año 69 o 70. El asunto pasa por el respeto. Cuando un tipo logra algo que yo no puedo hacer, lo respeto y lo admiro. Yo tomé estos temas como si fueran míos, para darles mi interpretación. No son covers. Podría haber elegido otros, más aplaudidos por la gente, pero a mí me gustan estos y hace tres meses que no veo la luz del sol. Vine a Buenos Aires por cuatro semanas y me quedé siete.
Durante esas siete semanas que arrancaron en septiembre, Jaime se internó en los estudios ion del barrio del Once a trabajar entre doce y catorce horas diarias. Nuestro primer encuentro fue precisamente allí, una tarde de octubre, dos días después del partido entre la Argentina y el Uruguay por las Eliminatorias para el Mundial 2002. Roos estuvo en un palco del Monumental junto al Tano Gutiérrez, aquel ríspido número 2 de la Selección oriental y de River. En las escasas interrupciones al trabajo, de lo único que se habla es de fútbol. El ingeniero de grabación, el casi legendario Portugués Da Silva, se prepara para continuar en esa troya sonora a la que Roos no da respiro. La pista va y viene con "Esa tristeza", de Mateo, un tema de 1967 en el que Roos puso el foco en la batida rítmica característica y prácticamente exclusiva del autor. La escucha constante, fragmentada, detallista, permite descubrir las sutilezas de la versión: el solito de piano breve y contundente de Gustavo Montemurro, los toques voladores de la guitarra de Nicolás Ibarburu y el inesperado falsete de Roos en el estribillo. Pero lo asombroso reside en el nivel de minuciosidad con que Jaime encara el proceso de desagregación de la música, propio de la mezcla. Instrumento por instrumento, compás por compás, cada nota merece su tratamiento específico. En el piano, primero la mano derecha. Luego, los sonidos de la izquierda. En la búsqueda de efectos, una recorrida por los cientos de opciones que ofrecen los catálogos digitales. Más brillo, menos oscuro, muy gélido, demasiada resonancia. Una y otra vez. Probar y vuelta a empezar. Después de cuatro horas y media de escuchar la misma canción (aunque nunca entera), descubro que las exploraciones de Roos no constituyen la errática persecución del mejor sonido posible. Sospecho que él, en algún rincón de su cabeza, ya sabe cómo quiere que suene su música. Con la misma convicción del escultor que sabe que su estatua yace de antemano dentro de la roca, Jaime se dedica a cincelar su disco en este laboratorio demoníaco.
En 1975 viajo a europa y se radico en París durante tres años. Desde tirar la manga en el Metro y en el Mercado de las Pulgas hasta tocar en cabarets, siete horas por noche, sin domingos, pasó por todas. Hace unos años definía este viaje como prenderle fuego a la carpa. "Cuando me fui de Uruguay tenía 21 años. Me separé de mi novia, dejé mi casa, la facultad [estudiaba Ciencias Económicas] y llegué a París con 80 dólares. A las dos semanas estaba robando comida en los supermercados porque no tenía para comer, pero era el ser más feliz del mundo. Leía Trópico de Cáncer y me sentía el protagonista." Allí grabó sus primeros cuatro temas, luego incluidos en Candombe del 31, que terminó de registrar en el Uruguay en 1977.
En 1930, el Uruguay había derrotado 4 a 2 a la Argentina en la final del I Campeonato Mundial de Fútbol. Pocos años antes, en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 disputados en París y Amsterdam, los uruguayos también habían conquistado la medalla de oro. Los diarios de la época titularon: uruguay metio su pais a patadas en la geografia. Inspirado por el contraste con su presente de exilio económico en esas ciudades, Roos escribió "Antes éramos campeones/ les íbamos a ganar./ Hoy somos los sinvergüenzas/ que caen a picotear". Con "Los olímpicos", Jaime retrataba una complejidad geopolítica y marchaba en idéntica dirección que las epopeyas futbolísticas de sus compatriotas de antaño.
Regresó a Europa y se radicó en Amsterdam hasta 1982. Durante ese período, grabó en Normandía los discos Para espantar el sueño y Aquello. Su carrera discográfica prosiguió en su país con los álbumes Siempre son las cuatro (1982) y Mediocampo (1984). Entre ambos hubo otro período en Holanda, esta vez involuntario. "En el 83 me prohibieron los milicos y me tuve que ir." Pero lo recuerda como "sólo un garrón de un año, no como otros que la pasaron mucho peor". La contratapa de Mediocampo reza: "Estoy plenamente convencido de que, en esencia, toda mente creadora es fruto que crece del humus de su propia tierra natal y de que ningún material literario se adapta a aquélla tan perfectamente como el rico colorido y los antecedentes históricos de éstas". El fragmento de Cartas elegidas, de H. P. Lovecraft, parece un testimonio de aquella época y, a la par, se erige como vaticinio de su obra.
El primer disco de alcance popular resultó ser Siempre son las cuatro, con el hit "Adiós juventud". "Cuando la escribí era mi cuarta murga canción y dije que era la última. Me parecía imposible que pudiera hacer otra más. Y lo comenté. Dos años después salió «Los futuros murguistas», al año siguiente «Brindis por Pierrot» y después «Que el letrista no se olvide», «Colombina» y «Cuando juega Uruguay»." Lo escucho, y me acuerdo de haber leído en un diario de entonces que la música de "Los futuros murguistas" está basada en la entonación de los niños cantores de la lotería. ("Pensá en el cantito con que anuncian el número y el premio y vas a ver que es lo mismo: «Una sombra junto al medio tanque, sin un mango en el bolso», «trece mil quinientos cincuenta con dos millones de pesos»", decía el artículo). Le pregunto si, como Astor Piazzolla, siente que nunca volverá a componer otro "Adiós Nonino", aunque lo intente. "Después de «Colombina» pensé: «Yo no puedo superar este tema». Y apareció «Si me voy antes que vos», que es una canción que creo que quedó bien", retruca, modesto. "Yo no lucho contra un «Adiós Nonino». No tiene sentido. Si algún día siento que no tengo una nueva canción para escribir, no lo haré. No tengo ningún complejo, ya escribí ciento veinte."
En diciembre de 1982, Jaime Roos debutó en Buenos Aires en la vieja Trastienda de Thames y Gorriti. "Tuvimos éxito. La banda sonaba mal, era todo bastante amateur, pero fue emotivo." Después, una tregua de ocho años sin cruzar el charco. "No quería tocar en Buenos Aires porque, si vos vas a una casa, nunca podés aceptar que te hagan entrar por la puerta de la cocina. Recibía muchas invitaciones, pero nos querían traer a bordereaux y durmiendo en la casa de los productores. Y me opuse." Sin embargo, entre el 82 y el 90 hubo una excepción casi clandestina:
–En 1987 tocamos en el Tropitango de Constitución, pero no lo considero un concierto en Buenos Aires: era como una zona franca. Un galpón enorme, infinito, con miles de mesas. En la entrada había unos tipos con perros doberman y los boleteros eran todos muy raros. Un ambiente muy surrealista. Me acuerdo que en el camarín no dejaban entrar señoritas: en la puerta custodiaba una mujer con un palo. Había muchos uruguayos en el ambiente tropical porteño que habían pedido el show. Antes que nosotros tocaron cuatro tipos con camisas de leopardo. Y nos terminaron prestando sus equipos para que los usemos como monitores. Decenas de uruguayos lloraban junto al escenario cuando hicimos "Brindis por Pierrot". Gente que, en muchos casos, nos veía por primera vez. Uno me acuerdo que era peluquero y dealer. Al Canario Luna lo agarró esa gentuza como si fuera Bob Dylan y se lo llevó. Volvió al día siguiente. Los argentinos no bailaron pero gustamos, nos escucharon. Bailaban los uruguayos, que hacían ritmito de murga. No me olvido más de los tipos de leopardo, muy macanudos.
Editado en 1985, "Brindis por Pierrot" se había convertido en un suceso. De hecho, es el disco de mayor venta en el Uruguay de los últimos veinte años, considerando artistas nacionales e internacionales. Junto a "Durazno y Convención", "La hermana de la Coneja", "Amándote" y los éxitos de discos anteriores, se conformó una batería de impactos que le permitió a Roos reencontrarse con Buenos Aires en 1990. Como él quería. "Un empresario uruguayo nos propuso algo serio y vinimos a Sham’s en agosto de aquel año. Llenamos los cuatro días."
Dos meses después, creció la apuesta. "Los periodistas me decían: «¿Te parece Obras?». Yo no sabía qué contestar." Ese 17 de noviembre una multitud salió del estadio de la Avenida del Libertador bajo los efectos de un show demoledor, batiendo palmas al ritmo del candombe. El programa del show simulaba un Página/12 con Roos en primera plana. En su interior, Rubén Rada escribía: "Jaime ha plasmado, sin dudas, los mejores trabajos de la música popular del Uruguay en la década del 80. Es algo así como el Gershwin de Montevideo: no es negro pero interpreta esa música como pocos".
–Ahí se empezó a revertir una tendencia –recuerda Jaime– que marcaba que el público estaba compuesto por una mitad uruguaya. Ahora eran 80 por ciento argentinos. Me dio alegría que en otro país les gustara lo que hacíamos.
Sacamos la cuenta del tiempo transcurrido desde aquellos recitales. Ultima vuelta de Luigi Bosca. El estómago pide sólido. Seguimos en el extraño y deshabitado salón comedor del hotel-guarida porteña de Jaime. Aún quedan algunas canciones por escuchar. Por el radiograbador, que Roos compró en el Brasil junto a su hijo Yamandú, ya pasaron "Milonga de Gauna" (único tema con música y letra propias, cuyos versos remiten a las milongas metafísicas de Borges) y esa acuarela de la conquista con reminiscencias de "Quince abriles" que es "Sin saber por qué". Se viene la perfecta "Biromes y servilletas", de Maslíah. Tema a tema, Roos destaca las virtudes de sus músicos, dichoso de sus pibes, con la chochera de un papá feliz:
–Después de cuatrocientos shows en cinco años, en el 94 decidí que mi banda, La Escuelita, había cumplido un ciclo. Me separé y empecé a pensar cómo armaba una nueva. Montemurro y los gemelos Ibarburu tocaban juntos desde niños. Yo los había escuchado en cintas que circulaban por los estudios desde que tenían 15 años: eran fenómenos. Tenían un grupo que habían denominado Pepe González, por un amigo imaginario de su hermano más chiquito. Los fui a ver a un festival que presentaba treinta grupos de música instrumental en tres días. Pepe González era el primero del primer día: tocaban a las 8 de la noche con cien personas de público y las luces prendidas: todo mal. Yo los había escuchado en estudio, pero los quería oír en vivo. Y en vivo eran más. Salí con una sonrisa de oreja a oreja. No necesité ver más nada. Ellos no hacían candombe y murga pero les dije: "¿Ustedes van al tablado?". "Siempre, al Malvín." "Con eso alcanza." Al mes estaban tocando como si lo hicieran de toda la vida, porque son músicos de talento que están, como dijera Mateo, en la segunda parte de la música.
Le pido que se extienda en la definición. Me devuelve otra, defendiendo el misterio de la sabiduría de Mateo. "El Hugo los escuchó y dijo «Son especialistas»." Jaime se ríe por el calificativo de Fattoruso y disfruta. "Debutaron en mayo del 95 en el Cine Plaza de Montevideo. Había dos mil personas rugiendo. Tenían 19 años, un par menos que algunas de mis canciones. Los vi subir la escalera y dije «Ya está», porque subieron como si fueran a ensayar."
Un mes después, La Doble, su nueva banda, tocó en la Trastienda. Roos ya había hecho pie firme en Buenos Aires pero aún faltaba otro envión. En 1997, "Amándote" se transformó en la cortina musical de la telenovela El Rafa, con Arturo Puig y Paola Krum. "Sirvió para difundir ese tema, pero no hizo crecer el público que escuchaba mi cancionero. La hicieron hasta los Midachi." Poco después, en La Plata, fanas de la primera hora desplegaron una sábana que decía arriba jaime. nosotros te seguimos de antes del rafa.
La madrugada pinta mas sombria la desolada calle Florida. Doblamos en Lavalle y entramos en la pizzería Los Inmortales. El salón está presidido por el tradicional póster de Gardel (¿otro uruguayo?). Jaime saluda con familiaridad a un mozo misionero que ya lo conoce de sus trasnoches porteñas pos-mezcla. La charla deriva hacia el tango y se bifurca. Hablamos de una de sus medallas de honor. Nashville, julio 1989.
–Me negué a firmar un contrato con la rca norteamericana. No fue por un problema económico. Yo quise poner una cláusula para que no se pudiera editar la mezcla sin el consentimiento por escrito del artista, porque el productor me decía: "Vos cantá y no te preocupes. Cuando te vayas hacemos todo de vuelta. Con el digital y la edición ponemos el estribillo al principio. Porque es el mejor qué escuché este año: ¿cómo no va a estar al principio? Voy a hacer mucha plata contigo", y fumaba su habano mientras tomaba cocaína de un paquetito con una llave: parecía una caricatura de Los Simpson. Esa cláusula fue como poner dinamita en la base del edificio. Mi abogado me dijo: "Esto no lo podés pedir. Pedí un millón de dólares, pero esto no". Entonces, fue no.
Lo que pedimos es otra pizza. Con longaniza, pero sin salsa de tomates, un gusto de Roos. Escucho el relato del episodio rca y elimino mi pregunta sobre cuál fue la reacción de su actual sello discográfico frente a su retraso de tres semanas. Agua y ajo, calculo. Roos sigue.
–Yo nunca fui enemigo de las compañías. Cuando no tenía difusión, nunca lloré. Porque, desde el vamos, el sistema es el enemigo. El sistema quiere hacer dinero y vos querés hacer arte. Están los que lo niegan y se convierten en radicales alternativos y los que como yo tratan de moverse dentro del sistema sin bajar sus banderas. El problema no son las compañías sino los ministerios de Cultura de los países. Que no hacen lo que tienen que hacer para contrapesar a las empresas privadas. A mí qué me importa que las compañías editen a Luis Miguel si ese tipo es un pedazo de hule. Que lo hagan, pero quiero un contrapeso. Sé que es una utopía porque hay intereses creados para bombear a la cultura. Si hubiera políticas culturales de apoyo al arte sensible y sincero (que, ojo, puede ser malo y aburrido) sería otro cantar. Y no es paranoia apocalíptica. Es un plan diabólico que no se sabe bien adónde arranca.
Aeropuerto de carrasco. el viaje a Montevideo fue tan corto que Res, el fotógrafo de Rolling Stone, no alcanza a escuchar Contraseña completo. Tomamos el ómnibus que nos lleva a la ciudad. Res viene con los auriculares puestos y no advierte que, creer o reventar, en la radio del micro están pasando "Nadie me dijo nada". La singular voz de Roos, que ahora sobresale al traqueteo del motor, había sido tema de conversación la noche de Los Inmortales.
–Yo nunca me consideré un cantante. La primera vez que juego de cantante es en este disco, porque interpreto temas que no son míos. Yo soy compositor. Toco y canto porque debo. Mi oficio es hacer canciones. Yo me fui teniendo fe como intérprete de a poco y porque me decían "Esta canción queda bien si la cantás vos". Cuando escribí "La hermana de la Coneja" pensé: "Lo voy a llamar a Dino para que la cante". Creo que si la canta hoy, hace la mejor versión. Yo grabé la guía y me dijeron: "Pero, ¡mirá qué bien que está!". Y al final la canté yo, y funcionó.
–Igualmente, muchos de tus éxitos no tienen tu voz.
–La voz es el instrumento más sutil, variado y expresivo que existe y un compositor no puede desconocerlo. Cualquiera que haya cantado en mis discos fue porque su voz era la mejor para ese tema, como cuando el Sabalero cantó "Aquello" o Roberto García fue el solista de "Adiós juventud". Ni hablar de "Brindis por Pierrot". La escribí para el Canario Luna y cuando salió la grabación, yo prometí no cantarla nunca en mi vida. No es para mí.
–Sin embargo, no parece que para vos exista la figura del artista invitado. Más bien oficiás de armador, seleccionando los jugadores según la movida.
–Los discos son obras: no hay invitado especial ni amiguismos que valgan. Lo que comanda es la canción, el objeto artístico. Yo soy el sujeto, no importo. Hay artistas que creen que pierden cartel, por favor. ¡Qué suerte que el Zurdo Bessio quiso cantar en este disco Amor profundo! Si es el mejor en el mundo para hacerlo en un registro murguero.
–¿Cómo forma tu nueva banda para presentar este trabajo?
–Empezamos el 17 de marzo en Uruguay y hasta junio, por lo menos, vamos a estar saltando de una orilla a la otra, incluyendo los conciertos del 19 y 20 de mayo en el Gran Rex de Buenos Aires. La banda es: Montemurro en teclados. Los tres hermanos Ibarburu en batería, bajo y guitarra eléctrica. Walter Haedo en percusión y cinco cantantes que a la vez tocan percusión o guitarra: Bessio, Ney Peraza, Alvaro Fontes, Pedro Tacorián y Emiliano Muñoz. Y yo. Somos once.
–Hay equipo.
–Precisamente. La naturaleza imita al arte.
En montevideo los taxis tienen una mampara de acrílico que separa al chofer de los pasajeros. Ojalá las mamparas fueran tan eficaces para evitar robos como lo son para impedir la comunicación con el chofer. Jaime logra indicarle la próxima dirección a través del precario intercomunicador. Mientras bordeamos la preciosa rambla, no puedo dejar de reparar en la reacción de la gente al cruzarse con Roos durante la sesión de fotos. En el bar Los Beatles, próximo al puerto, donde a las 5 de la tarde el mostrador amontona codos, vasos y griterío. Los afables pescadores de la escollera. Los chiquilines que preguntan montados sobre un triciclo desvencijado: "¿Es Jaime Roos?". El señor con su hijo discapacitado que pide una instantánea. La pareja cincuentona de clase media. La señora que se acerca con la excusa de presentar a su tímida hija, una morocha buenísima que se derrite frente al ídolo. Los muchachitos reos de la barra de la esquina que lo quieren acaparar frente a un tipo que se acerca a pedir autógrafos. Este lungo grave y riguroso que, adorado por tribus más o menos progres, viene ocupando un espacio vacante de la música argentina, en su país se calza sin medias tintas el rótulo de artista popular. Roos es el patrón de la vereda.
Recalamos en el coqueto barcito de la calle Bacacay, donde Jaime suele parar en Montevideo. La cuestión de su producción compositiva reaparece en la charla de un modo didáctico. "Lo más difícil de escribir una canción es encontrar la punta del hilo de la madeja. Hay que alcanzar una concentración digna de un karateca para pegar el golpe y hacerlo bien. Concentración en estado puro, porque la canción es corta y tiene que definir situaciones complejas en pocas palabras. Además, estas palabras tienen que ser factibles de ser comprendidas a primera oída. Si no, la canción no funciona."
–¿Estás escribiendo?
–Cuando empecé Contraseña tuve que optar entre encerrarme todo el invierno a componer las canciones que tengo en elaboración o meterme a grabar. Y me tiró más grabar este disco. No me flagelo pensando cuántos temas hice. Tengo algunos listos que tienen que ver con este momento de mi vida. Estoy filosofando diferente, estoy teniendo otros gustos y me agrada que las canciones lo reflejen. Del mismo modo que siento que va a haber cosas que ya no voy a poder cantar como las canté. Yo escribí "Brindis por Pierrot" en un momento en que el mostrador me atraía sobremanera. Estuve tres años haciendo mostrador sin parar y llegó un momento que me aburrí, perdí el interés. Hoy veo el callejón abierto como para decir otras cosas y seguir escribiendo, pero no me desvela. ¿Cuántos discos hicieron los Beatles? ¿Trece, quince o diecisiete? ¿Cuál es la diferencia?
–¿Qué hacés cuando no componés, ni salís de gira, ni producís, ni te metés en un estudio?
–¿Vos me preguntás qué hacía? No me acuerdo. No puedo caminar dos horas por día como me gusta, ni andar en bicicleta por La Floresta. No tengo tiempo para mirar el mar, para ver a mis amigos e ir a los cumpleaños. No tengo tiempo de ir al cine, de divagar, de dejarme llevar por la noche y aparecer no sé dónde. No tengo tiempo de ir a jugar al truco en el Club Nueva Palmira en los ensayos de la murga o visitar todos los ensayos de murga durante diciembre y enero, que es una de las cosas más queridas que poseo. No tengo todo el tiempo que necesito para estar con mi madre y con mi hijo... Te lo digo y me voy amargando. ¡No tengo tiempo de oír música! Lo único que conservé fueron los libros. Como me cuesta dormirme, leo mucho. Anhelo ser algún día escritor de libros. Ojalá tuviera tiempo de averiguar si soy capaz.
–Hace casi quince años, en una entrevista con Eduardo Berti, le dijiste que el trajín no te dejaba pensar en la muerte todo lo que quisieras. ¿Y ahora que te metiste seis meses a grabar un disco?
–Sigo diciendo lo mismo, pero mucho peor que antes. Cuando te decía mirar el mar o caminar, me refería al mismo sentimiento. Es una curiosa imagen la que usé para expresar poder estar con uno mismo. Pienso en la muerte cada cinco minutos, pero no cada dos. El otro día pasó un tipo en bicicleta y me dijo: "Jaime: lo último... ’tá bien", y siguió. Entonces valieron la pena los seis meses. Muchas veces me pregunto por qué me someto a tal sacrificio. En Juegos peligrosos, el film de Abel Ferrara, Harvey Keitel ve un video donde Herzog dice desesperado que no sabe por qué está pasando por la tortura de hacer una película. Kieslowski, después de su trilogía, abandonó el cine y murió a los ocho meses, de un infarto. Esto me hace acordar a mi amigo, el flaco Gus, en Amsterdam, diciéndome: "Viste, John Lennon se dedicó a la familia y le pegaron un tiro". Yo no me quiero morir. Pero recuerdo que a Dylan le preguntaron por qué salía a hacer otra gira estando reventado y contestó: "Lo que pasa es que yo en la vida hago esto". Una respuesta tremenda, magnífica y a la vez dramática. Yo quisiera poder zafar de eso. Hace dos o tres años que vengo amagando. Quizá, cada vez uno le tiene más miedo al sufrimiento porque ya sabe en lo que se mete cuando tiene que hacer algo.
En el vuelo de regreso me apropio del discman. Roos tenía razón: Freddy Bessio era el mejor del mundo para cantar la épica, irresistible murga "Amor profundo". La letra de Alberto Wolf sentencia: "En mi alegría/ se esconde siempre un lagrimón:/ sé que todo termina/ y que hoy juega hoy". Consumir el presente con la brújula clavada en el arte tal vez sea el precio de tocar la belleza, aunque sea con la punta de los dedos. Roos asumió ese desafío. Sabe que el precio de todo es todo.
Me llevo una imagen. Los borrachines de la calle Yacaré le piden una foto. Son gente de avería. Roos se sienta con ellos. El fotógrafo les indica que alcen las manos y enmarquen la figura de Jaime. Se ríen. Cuando parecen haber encontrado la pose justa, uno de ellos brama: "¡Qué disparate!". Roos estalla en una carcajada. Antes de irse, no puede esquivar el convite y se manda un trago del brebaje que se presume extremadamente tibión en la botella verde. Nos vamos. La runfla se reacomoda en su molicie callejera y uno de ellos vocea, mezcla de gratitud y despedida:
–Valió el día.





