Antes de debutar en el estadio, el Mono nos lleva de gira por Quilmes y repasa el camino que lo convirtió en rockstar
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En la casa de Martín “Mono” Fabio no hay ningún cartelito con el número correspondiente. Pero si uno mira por entre las rejas, no hay duda de que ahí vive el cantante de Kapanga: sobre el marco de la ventana hay una estatuilla del Gauchito Gil. El Mono sale a atender vestido como si estuviera a punto de subir a un escenario: pantalón cargo camuflado, zapatillas negras, remera ídem y una decena de collares artesanales colgándole sobre el pecho.
Estamos en Quilmes Oeste, un barrio de clase media y casas bajas con un supermercado chino a mitad de cuadra que, según el músico, es una de las mejores cosas que le pasaron en la vida. Antes de subir a su auto para dar comienzo al “Kapanga Tour”, el único plan es recorrer la ciudad que vio nacer al grupo que el 17 de mayo presentará su último disco, Crece, en el Luna Park. La visita guiada comienza en Estadio Chico, un mini Obras para 1.500 personas por el que pasaron los Kapanga y también los Redondos. Tildado de “mufa”, el lugar cerró y hoy sólo queda parte de un tinglado.
“El centro de Quilmes no es rockero. Es más bolichero, más pasatista”, dispara el Mono, con la bocina del tren de fondo. Desde mediados de los 90, junto con Marcelo “Balde” Spósito (bajo), Miguel de Luna Campos (guitarra), Claudio Maffia (batería) y Mariano Arjones (teclados) se cansaron de pegar carteles fotocopiados con las fechas del grupo sobre estos mismos árboles y postes de luz. Tocaban seguido en todos los bares, boliches y antros, pero los iban a ver veinte, treinta o cuarenta personas. Ahora el Mono tamborilea con los dedos sobre el volante, mientras se levanta la barrera. Y dice, como pensando en voz alta: “Es raro, pero hace como cuatro años que no tocamos acá. Me gustaría mostrar cómo creció la banda. Pero pasa lo de siempre: nadie es profeta en su tierra”.
El Peugeot 206 zumba en dirección al río. El Mono apunta con el mentón al otro lado de la avenida y suelta como al pasar: “Ahí hice la colimba”. Lo que se alcanza a divisar a la distancia es la arcada blanca que sirve de ingreso al Area de Material Quilmes de la Fuerza Aérea. “Entré el 7 de enero del 88 y salí el 10 de marzo del 89: catorce meses”, precisa. El soldado Fabio era un firme candidato a quedar libre en la primera baja, pero el día que leyeron la lista se saltearon su nombre. “Tenía un par de milicos amigos, les pregunté qué había pasado: «¿Para qué te vas a ir, si con vos nos cagamos de risa?».”
Por esa época su padre tenía un restorán frente al río, La Quilmería. Y el Mono encabezaba el pelotón que salía de la base con ropa de fajina y se sentaba en sus mesas a relajar con una birra. Su cara dibuja una mueca de horror retrospectivo al evocar el “baño turco”, un castigo que consistía en encerrarlos en las duchas a hacer flexiones tapados con frazadas. “Dejaba a cuatro o cinco por vez de hospital. Con el caso Carrasco, se terminaron los bailes y también la colimba”, completa.
En un microclima similar al que inspiró a Charly García para escribir “Canción para mi muerte”, el Mono descubrió a la Mona. Curiosa forma en la que un pibe que había alucinado a los 11 años con Kiss y Queen terminó enganchándose con el cuarteto: “Un día entré en la compañía y el cabo Ledesma, del que me hice muy amigo, estaba escuchando la Mona Jiménez. Y me mató, porque la letra hablaba de una novia que había dejado a un chabón y a mí me acababa de pasar lo mismo”. El día que el cordobés hizo su debut en el Luna Park, el soldado Fabio marchó en una caravana que partió desde Quilmes. “En noviembre pasado toqué con la Mona en el Luna, y fue como cerrar un círculo”, concluye.
Bajo las nubes del mediodía, el río se ve más plateado que marrón. Pasa un auto, le toca bocina. Pasa otro, lo mismo. Y el Mono les contesta como si los conociera a todos. La costanera de Quilmes es su hábitat natural: “Puedo estar en Praga o en Bariloche, pero toda mi vida viví acá y no puedo estar sin venir a dar una vuelta al río. Me cuelgo, fumando. Tranqui”. Cada tanto hace un asado con los suyos en El Fatiga, uno de los pocos recreos que siguen en pie en la ribera. “Los de Quilmes utilizamos el río los días de semana. Los fines de semana es un hormiguero: es la Mar del Plata de los sin plata.”
Pasamos frente al Pejerrey Club, un muelle de 130 metros que se precia de ser “el más largo de Sudamérica”. Dejamos atrás el bar en el que hace una década Kapanga improvisó un show relámpago, invitó a un par de directivos de EMI y consiguió su primer contrato discográfico. Fue la noche que estrenaron en vivo “El mono relojero”. Hablando de eso, nuestro entrevistado chequea la hora y advierte que faltan unos pocos minutos para que su hijo Tobías salga de la escuela. En el camino, cuenta que en los actos escolares solía ser el elegido para representar a San Martín. Pero no tenía ambiciones de protagonismo. “De chico sólo soñaba con viajar manejando un camión”, explica.
Quizá por eso para Kapanga llegar al Luna es un triunfo no tan secreto. “Muchos pensaban que íbamos a durar un verano: nos comparaban con Los Sultanes. Nos daba una mezcla de risa y de bronca. El tiempo nos dio la razón”, lanza. El chaboncito quilmeño que soñaba con ser camionero se convirtió en una figura emblemática del rock local. Y llegó a destino custodiado por el Gauchito Gil: “Hacemos miles de kilómetros, pero no puedo conciliar el sueño hasta que paramos en algún Gauchito. Dejamos la ofrenda y, de alguna forma, me siento protegido”.
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