Marko Zaror, Caterina Jadresic, Miguel Angel de Luca. Escrita y dirigida por Ernesto Díaz Espinoza
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Pequeño dragón de patronato
El primer héroe de acción local saca aplausos en esta comedia a la que, pese a sus defectos, le sobra honestidad.
Kiltro es una película masculina, una película macho, que suda tanta testosterona como la palabra "huevón". Kiltro tiene patadas, garabatos, caminatas inútiles, discoteques baratas, filosofía de comercial de chicle, un par de minas ricas (Caterina Jadresic y Daniela Lhorente), más patadas y un tremendo amor por el género -que Jackie Chan mediante- ha educado a por lo menos dos generaciones de cinéfilos.
Pero Kiltro es aún más macho, porque bajo su disfraz de artes marciales esconde una melodramática historia de amor, llena de fatalidades impuestas por el destino que el héroe debe superar para quedarse con la amada.
La película protagonizada por Marko Zaror es, básicamente, el relato de un chico enamorado de la más linda de la cuadra. Patadas fuera, Kiltro es una lección acerca del más incondicional y adolescente de los amores: ese que gatilla el primer beso.
Si uno hiciera una encuesta, la fantasía masculina por excelencia no sería convertirse en una estrella del fútbol o del rock, sino salvar a la chica adorada del acoso de los maleantes. Desde dragones en códigos medievales a violadores y "viciosos" en los más contemporáneos. La idea de transformarse en campeón frente a la amada nos ronda desde el momento en que miramos por la ventana de la casa y encontramos linda a la vecina de enfrente. Defender a combos nuestro objeto de deseo nos viene marcado en el disco duro, es parte del crecer, de la sexualidad, del ser macho, del madurar.
En este sentido, el guionista y director, Ernesto Díaz Espinoza, fue lúcido al presentar su ópera prima como un relato simple acerca de un cabeza de músculo, algo leso pero simpático, que se desvive por demostrarle a su princesa que básicamente es el mejor caballero andante de la comarca. Y es en esta sencillez dramática donde Kiltro consigue sus mejores puntos. La película no es perfecta, esta llena de ripio, de incoherencias argumentales y falencias técnicas, pero atrapa porque Díaz tiene lo esencial que uno le pide a un director: sabe contar una historia y, sobre todo, quiere lo que nos está contando. Kiltro es honestidad pura, no trabajo de encargo.
Repleta de citas al cine hongkonés, homenajes a directores como Takashi Miike y películas fundamentales en la línea de Old Boy, Kiltro es puro respeto hacia un género que en Chile arrastra desde siempre una tremenda popularidad. Previo a la era de los grandes blockbuster norteamericanos, nuestro cine popular era el que venía de oriente. Desde Bruce Lee hasta Jackie Chan, pasando por Chuck Norris y terminando a inicios de los ‘80 en películas tan dudosas como las tres partes de American Ninja o ese bodrio de culto que es Gymkata.
Si Kill Bill de Tarantino fue vista como el merecido tributo occidental a la filmografía del otro lado del planeta, Kiltro tiene todo el derecho a ser observada como la ofrenda chilena a la especie cinematográfica que ha hecho arte del acto de sacar la cresta.
Marko Zaror, nuestra primera figura de acción local –y doble en Hollywood de The Rock–, debuta acá en su primer protagónico como Zamir, un patotero de Patronato que se desvive por proteger a Kim (Caterina Jadresic), la bella hija de Terán (Man Soo Yoon), un coreano que administra una escuela de artes marciales en el barrio. Zamir no conoció a su padre y cada vez que su madre (Ximena Rivas) lo nombra, lo hace en un velo de misterio que recuerda a como los tíos de Luke hacían referencia al padre de éste en la primera Guerra de las Galaxias.
Las cosas se complican cuando aparece por el barrio Max Kalba (Miguel Angel de Luca), maestro de artes marciales que promete teñir de sangre Patronato, en una venganza que involucra a Terán, al desconocido padre de Zamir y a un grupo de árabes y coreanos del sector. Zamir deberá entonces comenzar un viaje de iniciación que lo llevará a descubrir su verdadero origen.
Con la estructura básica del camino del héroe, misma de historias como la de Hércules, el ciclo del Rey Arturo o la del mismo Jesús y otros personajes bíblicos y mitológicos, Kiltro usa este recurso narrativo a modo de tour de force mediante el cual se nos van presentando personajes tan pintorescos como la pandilla de amigos de Zam, el viejo turco Farah (Luis Alarcón) o Nik Nak, (Roberto Arancibia), un enano sabio, repleto de frases divertidas e ingeniosas que ya tiene ganado su lugar como Yoda local.
Díaz maneja las piezas de su ajedrez con las ganas de un fanático que sabe de qué está hablando y de postre se luce aprovechando la escenografía básica de Santiago con una belleza visual que sabe escasear en los filmes locales. El Santiago de Kiltro limita su geografía a Patronato, con sus callejones, bodegas, rincones, cités y terrazas. Desde ellas, el centro se aprecia como una metrópolis lejana, plagada de rascacielos, nieblas y cero pertenencia. Patronato es en Kiltro un universo autónomo, de cómic, de videojuego, con personajes y situaciones que sólo pueden darse en sus esquinas. Patronato es, según Díaz Espinoza y su equipo, un espacio sobrenatural, con tradiciones ocultas, poderes ancestrales, amores fatales, campeones del bien y retorcidos villanos. Nuestro fantasmagórico chinatown.
A pesar de sus limitaciones, que no son pocas, la primera película de artes marciales chilenas se presenta como un notable ejercicio de género con la potencia de convertirse en franquicia, que sabrá ganar fanáticos con su valor como cine de culto. Y todo, básicamente porque sus realizadores entendieron que cuando se juega con los arquetipos del bien y el mal, lo más importante es no tomarse en serio.
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