
Kolya, directo al corazón
"Kolya. El nombre de la esperanza" ("Kolya", República Checa/1996, color). Nuestra opinión: Muy buena.
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"Kolya. El nombre de la esperanza" ("Kolya", República Checa/1996, color), producción hablada en checo y en ruso y presentada por Eurocine en los cines Ambassador, Atlas Santa Fe, Patio Bullrich, Paseo Alcorta, Belgrano y Tren de la Costa San Isidro. Basada sobre una historia de Pavel Taussig. Guión: Zdenek Sverak. Intérpretes: Zdenek Sverak, Andrej Chalimon, Libuse Safrankova, Ondrez Vetchy, Irena Livanova y otros. Fotografía: Vladimir Smutny. Música: Ondrej Soukup y obras de Dvorak y Smetana. Dirección: Jan Sverak. 100 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
"Ustedes, los rusos son expansionistas. Donde van, se quedan", acusa Frantisek Louka, que hasta no hace mucho era violoncelista de la Filarmónica Checa y ahora se las arregla tocando en ceremonias fúnebres o restaurando placas en el cementerio. No es un disidente en plena discusión ideológica: está hablándole a un chico de cinco años que de checo no entiende ni pizca y, por supuesto, tampoco tiene idea de las cuestiones políticas.
En realidad, el músico, solterón empedernido y obstinado defensor de su independencia, está rezongando contra la fatalidad. Por haberse prestado a un matrimonio por conveniencia (recibió buen dinero de una rusa que necesitaba pasaporte checo), ahora paga las consecuencias. El azar le ha metido en casa a este pequeño inquilino. Y la discusión -que no es tal porque Kolya, el chico, ni abre la boca-, revela que el hombre, poco propenso a expresar sus sentimientos, está viendo tambalear esa línea de conducta. Casi de la misma manera en que tambalea el régimen político supervisado desde Moscú: estamos en Praga, en 1988.
El implacable invasor
La pintura de la situación asoma una y otra vez en apuntes certeros casi siempre pasados por el tamiz irónico del humor, pero "Kolya" no se propone retratarla frontalmente sino a través de sus efectos en la vida cotidiana de los personajes. La atención del film -que bien ganado tiene el Oscar a la mejor película extranjera- está centrada en otra invasión: la que lleva adelante el chico sobre la sensibilidad de Louka, un territorio inhóspito, aunque sólo en apariencia.
Con el arma infalible de su fresca candidez (y con el encanto irresistible del rusito Andrej Chalimon, todo un prodigio), Kolya termina por ganarse el corazón de su papá postizo. Y el de toda la platea.
No se piense en almibarados sentimentalismos ni en forzadas aventuras de pobres angelitos. El director Jan Sverak apenas cede a la tentación del efecto enternecedor cuando Kolya se pierde en el subte o cuando imagina una conversación telefónica con la abuela. En cambio, el relato -apoyado en el guión admirable de Zdenek Sverak- abunda en hallazgos tanto en el dibujo de personajes -el sepulturero que necesita vivir rodeado de seres vivos, la anciana que no transa con el dominio ruso-, como en la infinidad de detalles que van dejando registro del vínculo que crece entre Kolya y el músico. Desde que el chico aparece, huérfano compungido y arisco, hasta que empieza a seguirle los pasos, como cualquier hijo a cualquier padre, aunque en el camino de éste haya tantos responsos y tantos ataúdes.
Callada emoción
Todo el film está marcado por la discreción, como si adoptara el carácter de su personaje principal, que rebosa vitalidad pero es reacio a las efusiones. Es inteligente sin hacer alardes, le sobra ingenio en la observación, deja abierta la posibilidad de lecturas diversas, y prefiere que la emoción y la poesía broten sin subrayarlas, como fruto natural de la situación o de toda la historia. Así sucede con el funeral de los títeres o con el canto de Kolya mientras dibuja nubes con sus deditos en la ventanilla del avión.
Y hay más. Está la luz admirable de Vladimir Smutny, cuyas bellísimas imágenes son un respiro entre tanta uniformidad visual a la que el cine actual nos tiene acostumbrados. Está Zdenek Sverak, protagonista irreemplazable porque desde el guión concibió el personaje a su medida y luego lo enriqueció con su emoción. Están los fotogénicos paisajes de Praga y de algún pueblito checo del interior y la música de Dvorak y Smetana que despunta aquí y allá. Y está, por fin, la química armoniosa e irresistiblemente encantadora que crece entre los dos actores (el hombre y el chico), hasta el punto de convertirse en sostén fundamental del encanto del film.
En dos palabras: una delicia.




