
Kramer, cineasta comprometido
Fue el artífice de algunos de los films con mayor contenido social de la historia de Hollywood
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LOS ANGELES (AP).- El productor y director cinematográfico Stanley Kramer, artífice de algunos de los films con contenido social más celebrados de Hollywood, falleció ayer, a los 87 años, a causa de una neumonía. El realizador vivía en una residencia para jubilados del cine y la TV en Woodland Hills, suburbio de Los Angeles.
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Stanley Kramer dedicó toda su vida a demostrar que desde esa fábrica en apariencia superficial llamada Hollywood también era posible extraer ideas, definiciones comprometidas y actitudes capaces de crear conciencia en el espectador frente a temas tan exigentes como el racismo, la escalada nuclear o las injusticias sociales.
Sin embargo, este hombre astuto, incansable y decidido a no dejar dentro del cine asunto comprometido o delicado sin tocar, se resistió en todo momento a ser identificado sólo como un realizador de películas "con mensaje" y siempre procuró aclarar que sus propósitos iban más allá. "Yo no hago cine para expresar, específicamente, mis puntos de vista. Lo hago porque pienso que hay un interés dramático inherente en cada una de las obras que acometo", dijo en 1963 a La Nación .
Kramer, que nació en Nueva York el 29 de septiembre de 1913 en el seno de una familia de origen judío y se graduó en ciencias en la Universidad de Nueva York, no utilizó sus contactos familiares en el negocio de la distribución de películas para ingresar, durante la década del 30, en el sistema de los grandes estudios. Eligió, en cambio, empezar allí bien de abajo, ganando 18 dólares semanales como ayudante de carpintería, armado de decorados, ajuste de luces o sonido, hasta que comenzó a ganarse un nombre, primero por su trabajo como montajista, más tarde escribiendo guiones y, finalmente, como productor independiente y director.
El pulso vigoroso, el rigor testimonial y la convicción para denunciar injusticias que caracterizaron toda su carrera quedaron ya en claro en sus primeros trabajos como productor. Títulos esenciales de las décadas del 40 y del 50, como "A la hora señalada", "Cyrano de Bergerac", "Muerte de un viajante", "Cruel desengaño", "El salvaje" y "El motín del Caine", dirigidos por realizadores de fuste como Fred Zinnemann, Laslo Benedek o Edward Dmytryk. También en aquellos años descubrió las posibilidades expresivas de un joven llamado Kirk Douglas, al que hizo debutar en 1948 como boxeador en "El triunfador", de Mark Robson.
Semejante actitud convirtió a Kramer en un raro ejemplar hollywoodense. Gozó como productor y director de una infrecuente libertad para aplicar sus propios métodos dentro del rígido sistema de estudios en la gran época de la meca del cine, pero a la vez tomó de ésta algunos de sus elementos clave (estrellas rutilantes, elevados presupuestos) para construir películas que funcionaban como grandes espectáculos reconocidos por el público y la crítica y, a la vez, como instrumentos de fuerte y efectiva carga testimonial en un ámbito todavía poco acostumbrado a alegatos tan manifiestos. A tal punto que sus films llegaron a acumular nada menos que 85 nominaciones al Oscar, aunque en ninguna oportunidad lograron un premio a mejor película o a mejor director.
En sus producciones más logradas y recordadas cuestionó la intolerancia racial ("Fuga en cadenas", "¿Sabes quién viene a cenar?"), ensayó más de una proclama inequívocamente antinuclear ("La hora final"), cuestionó en distintos planos la crudeza de la guerra y sus cruentos efectos ("El secreto de Santa Victoria", "Juicio en Nuremberg") y defendió el derecho a enseñar la teoría de la evolución en escuelas públicas de su país, todavía teñidas de religiosidad ("Heredarás el viento").
Pero no se privó de emprender proyectos ligados al drama psicológico ("Orgullo y pasión", "Un niño espera") o más orientados al gran espectáculo (la desopilante "El mundo está loco, loco, loco, loco", "Operación dominó"), en los que nunca dejaban de aparecer mensajes punzantes sobre los problemas de alienación en el mundo contemporáneo.
El cineasta, que trabajó con casi todas las grandes estrellas de Hollywood (de Spencer Tracy a Sinatra, de Katharine Hepburn a Bogart, pasando por Anthony Quinn, Burt Lancaster, Richard Widmark, Frank Sinatra, Vivien Leigh, Fredric March y muchísimos otros) y recibió varios premios humanitarios, dejó voluntariamente la pantalla grande luego del fracaso comercial de "Más allá del arco iris", en 1989. Pasó los siguientes años retirado en Seattle e imaginando films sobre la vida del dirigente sindical polaco Lech Walesa o sobre la tragedia de Chernobyl.
No los concretó, pero hasta el final dejó bien alto el concepto con que su viuda, la actriz Karen Sharpe, ilustró toda su carrera: "Creyó siempre en la verdad, en la justicia y en el valor de cada ser humano".





