
La apagada hoguera de las vanidades
"La hoguera". Conducción: Dolores Cahen D´Anvers y Verónica Lozano. Producción ejecutiva: Horacio Erman. Dirección: Néstor Cora. Producción general: Gabirel Hochbaum. Miércoles a las 23.30. América. Nuestra opinión: malo.
1 minuto de lectura'
Para empezar, nada más acertado que recordar las intenciones con las que se lanzó "La hoguera". Desde su título hasta por su escenografía -hay una sección que incluye una fogata inquisidora- y por su promoción, el programa se presenta como un ciclo de alto voltaje. Se le propone al espectador verlo como un magazine de actualidad; se advierte que las conductoras pasarán la realidad por un ácido tamizy se asegura que en el juego de humor e ironía también se bordeará el sarcasmo.
Nada de esto sucede en "La hoguera". Tanto Verónica Lozano como Dolores Cahen D´Anvers, en su papel de conductoras, interactúan de forma guionada. Es decir, su diálogo es tan fresco como el de las estrellas de Hollywood durante la ceremonia de los Oscar. Obviamente, ambas necesitan un orden y, por ello, recurren a los guiones para iniciar el programa, presentar una nota o introducir a un invitado.
La falta de espontaneidad en las conductoras no es completa. Lo que ambas muestran con gran naturalidad es su necesidad de ser más inteligente, más rápida y más sagaz que la otra. La puja queda todavía más expuesta cuando llega el momento de la entrevista.
Vestidas de rojo, Cahen D´Anvers y Lozano se trasladan hasta un decorado íntegramente colorado, con una hoguera como símbolo inquisidor. Allí las espera el famoso que se someterá al reportaje como a una especie de tribunal de prueba que decidirá, al final de la charla, si el entrevistado debe ser quemado en la hoguera por sus pecados o si será salvado del fuego purificador. De hecho, la decisión no parece depender del transcurso y resultado de la entrevista, sino más bien de un preconcepto acerca del personaje invitado.
Apenas una idea
Nuevamente, como sucede con el programa en su conjunto, la idea original de esta sección no es más que eso, una idea. Las conductoras preguntan con el mismo ritmo de los periodistas de "Yo amo a la TV". Es decir, se superponen, no escuchan la pregunta de la compañera, no atienden a la respuesta del entrevistado y sólo esperan la oportunidad de meter su propio bocadillo. Pero mientras para los "verdugos del espectáculo" ese estilo es ya una marca registrada, en el caso de "La hoguera" no es más que una desprolijidad.
El resto del programa no transita con mejor suerte. El quirófano que sirve de excusa para bromear acerca de los contenidos mínimos de personajes y las noticias que nadie sabe por qué leen periodistas o locutores profesionales son prescindibles.
"La hoguera" no es una mirada sarcástica de la realidad. Es una invitación para ver cómo dos mujeres a las que nadie les niega que puedan ser bonitas e inteligentes dejan de serlo por el hecho de tratar continuamente de demostrar que lo son. Por eso, el equilibrio de María Fernanda Cartier como crítica de la moda de los famosos aparece como un alivio.
Conclusión: lo mejor de "La hoguera" es que dura media hora.






