La austera mirada de Bresson
Es la prisión de Montluc, en Lyon. El año: 1943. El teniente Fontaine, un hombre de la Resistencia que ha sido condenado a muerte, prepara escrupulosa y demoradamente su fuga de la prisión nazi. Hay pocas referencias históricas, escasísimas palabras; la solemnidad imponente de la Misa en Do menor de Mozart apenas se quiebra con el sonido de los pasos de los guardianes o el cascabeleo de las llaves.
Todo parece superfluo si no con-duce a retratar el vínculo metafísico del hombre con la libertad. Lo que importa es la atmósfera, los prime-ros planos que recortan los rostros y detallan el movimiento de las manos, la manipulación de los objetos que se utilizarán para la fuga: una cuchara, los pedazos de tela que compondrán una soga...
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En "Un condenado a muerte se escapa": el lenguaje ascético y despojado de Robert Bresson acaba de llegar a su culminación. Cuarenta y dos años después de su realización, el film sigue imponiendo su demorada elocuencia. Y el maestro francés sigue sobresaliendo entre todos como lo que es: un artista singular, solitario, inclasificable.
Once de sus largometrajes -son trece en total a lo largo de una carrera dominada por el rigor, la intransigencia y la fidelidad absoluta a sus convicciones- han sido reunidos en el ciclo que la Cinemateca Argentina y la Embajada de Francia desarrollan en estos días en la sala Leopoldo Lugones. Ocasión inmejorable para asomarse a la obra de un creador de quien se ha escrito que su ideal sería una pantalla en blanco y una monocorde voz en off que recitara los textos del "Discurso del método", de Descartes.
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Bresson es la austeridad en busca de la perfección. Se empeñó en un despojamiento paulatino que fuera purificando la mirada, que acercara a la verdad. Un lenguaje decantado al máximo, que ya no tuviera vestigios de teatro ni de literatura. Curiosamente, este viejo creador que hoy vive retirado en un castillo de la isla Saint Louis y que anda por los 91, hizo sus primeros tres largometrajes con el sostén de otros tantos grandes escritores: Giraudoux ("Los ángeles del pecado", 1943), Diderot ("Las damas del bosque de Boulogne", 1944-45) y Bernanos ("Diario de un cura rural", 1950). Después, estuvo seis años alejado de los estudios para no reincidir en los compromisos de sus primeros films -la raíz literaria, el empleo de actores- hasta llegar a la cumbre de su estilización en la apasionante historia del fugitivo.
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Desde entonces sólo aceptó intérpretes no profesionales (hablaba de modelos y no de actores), porque rechazaba la representación. "Su cine está más cerca de la pintura que de la fotografía", resumió Truffaut, que como casi todos los animadores de la nueva ola lo tuvo como ejemplo. Un pintor que tendía a la abstracción y a la universalidad -"No se crea sumando sino quitando", decía- y que cuando concebía el camino de sus personajes parecía trazarles una dolorosa vía hacia la purificación.
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Además de su obra, breve, sustanciosa y con cumbres tales como "Al azar Balthazar" (1966), "Mouchette" (1967), "Lancelot du Lac" (1974) o "El dinero" (1983), Bresson ha dejado también sus apuntes escritos, las "Notes sur le cinematographe", que rezuman sabiduría. En una de ellas puede leerse este pronóstico: "El futuro de la cinematografía (así llama Bresson a la escritura hecha de imágenes en movimiento y sonidos) pertenece a una nueva raza de jóvenes solitarios que rodarán films poniendo en ellos hasta su último centavo y no se dejarán llevar por las rutinas materiales del negocio".
Que así sea.







