
La gran música, en envases imposibles
A poco más de un mes de cumplidas cuatro décadas de la muerte de Edith Piaf acaba de aparecer en Francia la totalidad de sus grabaciones, urgiendo la compra con la advertencia de que la tirada es limitada, aunque no se dice a cuántos ejemplares, y la oblea dorada de costumbre certificando "La integral más completa editada hasta ahora: 20 álbumes. 413 títulos. 7 canciones inéditas. 77 versiones raras y 2 libretos con 36 páginas de fotos". Todo por 220 euros.
Deberían también alertar que ese maravilloso cúmulo de expresión sentimental -verdadera enciclopedia de himnos al amor, desdichas románticas y resurrecciones optimistas- no llega a ocupar ni la séptima parte del volumen de uno de los objetos más desproporcionados, incómodos y extravagantes de cuantos se han concebido para contener discos compactos.
Una feísima caja de cartón colorado de 28 x 15 x 20 centímetros que esconde algo todavía más inútil y difícil de ubicar: la réplica burda de un acordeón -"L´accordéoniste" fue una de las grandes hazañas de Piaf, pero no al extremo de identificarla con el instrumento- dentro de la que se hace difícil encontrar dos estuchecitos negros con diez discos cada uno ensobrados tan modestamente como los que se regalan con ciertas revistas.
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Con el mismo desprecio por la practicidad están recordando a Jacques Brel, otro prócer de la canción francesa desaparecido hace veinticinco años, cuya integral es tan imprescindible por su valor artístico como decepcionante por la presentación, en este caso un adefesio de 200 euros descripto como bo"te á bonbons consistente en una caja de lata estampada de 30 centímetros de diámetro de la que un libro difícil de abrir y quince discos salen como si fueran chocolatines.
Es cierto que "Los bombones" figura entre los buenos temas de Brel, pero considerarlo más representativo que "Ne me quitte pas", "El vals de mil tiempos", "Jeff", "Amsterdam" o "La canción de los viejos amantes" nada más que para poder meter su obra completa dentro de una bombonera es insensato. Lo mismo que no haber incluido una lista alfabética indicando en qué placa deben buscarse los trescientos y tantos títulos de alguien que, más que intérprete, fue un compositor extraordinario.
A punto de cumplir veinte años, el disco compacto de audio sigue luchando con el problema de su reducido tamaño -las dimensiones fueron decididas para evitarles a los comercios el gasto de modificar las bateas-, que le impide mostrar arte de tapa e información complementaria con la espectacularidad con que lo hacía el long play, pero en lugar de tomar esa limitación como un desafío a encontrar soluciones gráficas razonables, las grabadoras optaron por desentenderse de la salud visual y el bolsillo de sus clientes dando carta blanca a costosos caprichos de diseño y empaquetado.
La natural dificultad de lectura de la tipografía de cuerpo mínimo que están condenados a utilizar se suele agravar, como si fuera adrede, por impresos sin contraste sobre papeles inapropiados que la vuelven ilegible aun con lupa, un instrumento que ha vuelto a ser imprescindible para muchos lectores de libretos de CD. Sin ir demasiado lejos, la lista de temas en la colección Piaf debe descifrarse en una confusa masa de magenta y negro sobre cartulina que refleja como un espejo.
Peor son estos estrafalarios envases de ediciones múltiples, nada más que un pretexto para justificar el precio abusivo, siempre fuera de norma, difíciles de manipular sin que se desparrame el contenido, imposibles de guardar en alguna parte -la valija de cuero con las grabaciones Reprise de Frank Sinatra o el baúl plateado de Metallica, por recordar sólo dos- y hasta fabricados perversamente en materiales dañinos, como la coraza de "The complete Bill Evans on Verve", que nunca terminará de oxidarse y estropea todo lo que haya a su alrededor.






