
En el baño de su propia casa, Rodrigo Barrios deja de existir.
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En el baño de su propia casa, Rodrigo Barrios deja de existir. Apenas es un cepillo de dientes entre otros cuatro. No hay rastros suyos; ni fotos, ni vendajes enmarcados artesanalmente, ni guantes de boxeo: es un lugar que nadie tiene en cuenta. No hay grandes adornos. Unos peines plásticos, de colores. Todo está limpio. Aprieto el botón para que corra el agua y antes de salir descubro en la puerta amarilla dos tremendas abolladuras que por muy poco no atravesaron la madera. Bocas astilladas y abiertas. Agujeros grandes como un puño. A la altura justa donde La Hiena conecta sus letales ganchos al hígado. Señales de la euforia o de la rabia, ésa que lo transforma en una máquina de pelear de 58,967 kilos. El está en el living, pero no le pregunto el origen de las marcas. Lo que un hombre hace en el baño es problema suyo. Pero no es difícil imaginarlo gritando (o apretando los dientes) mientras lanzaba el uno-dos. Quizá un gol de Tigre sobre la hora, o uno en contra; la adrenalina al límite antes de una pelea. Uno de sus preciados cds que no aparecía. Todo envasado en la furia inestable del mismo chico que, a los 6 años, se resistía a hacer los mandados porque ésa no era tarea para un futuro campeón mundial y que hoy tiene 23, una corona y la certeza de que, aunque lo amen o lo odien, es uno de los pocos boxeadores argentinos de quienes todos hablan. Dotado con una pegada explosiva, terminó veintiuna de sus peleas mirando a sus rivales doblados sobre la lona. Dueño de una lengua afilada, elige una frase de Muhammad Ali, el más grande revolucionario del boxeo: "Busqué consejo de cuantos me rodeaban. Pero jamás pedí permiso".
La puerta se abre y la primera figura a la vista es una chica que sacude el culo a riesgo de dislocarse la cadera. Machacante cumbia al mango, un poderoso Hitachi, probable eslabón perdido entre la tele y la pantalla de cine. Barrios toca un botón y en la parte superior aparece un parlante, tipo alerón de auto de carreras. "Super sense surround", lee. "En esta otra pantallita puedo ver si ya empezó el partido de Tigre", comenta pulseando contra la tecnología. La tele monstruo se le pegó cuando fue a comprar un microondas. "Quiero, veo y compro. Trato de disfrutar."
¿Qué hizo La Hiena antes de ser campeón? "Yo hice de todo para vivir. Horneé pan casero y salí a venderlo antes de entrenarme, a las 5 de la mañana. Trabajé en un estacionamiento. Fui sereno, almacenero, albañil. Vendí churros. Y boxeo porque me gusta, para mí es un juego, pero por dos monedas no lo hago más. Yo peleo por la plata que a mí me parece."
Fama y mujeres.
"ser famoso es divertido. Te permite conocer gente y lugares. Por ejemplo, el otro día un político nos invitó a comer." Rodrigo se relame con su propias historias. Inquieto, juega con tres controles remotos al mismo tiempo. Saca a Celia Cruz del Phillips y pone a Paralamas. "La linterna de los afiebrados", de Páez: "Está oscuro/ y nadie te oye/ cuando cae la noche/ si quieres puedes llorar". Rodrigo sube el volumen. "Una canción que me llega." Parece bajar la guardia para descubrir una fibra emotiva, pero hace cintura y vuelve a la cena. "Fuimos a Lola. «Una foto, campeón», me decían. No los políticos, los mozos." La imagen de La Hiena (show de nocauts, lentejuelas y anteojos a lo Bono) está logrando que en sus festivales, la platea y el ringside ya sean unisex.
"Cuando vamos al supermercado, las pibas nos persiguen con el carrito. ¡Parece un desfile!", bromea Barrios, explicando estrategias para perder fanáticas entre las góndolas. La que no está para chistes es Alejandra. La mujer de Rodrigo. Especie de Verónica Castro suburbana, se toma revancha usando unas minifaldas que al campeón le simpatizan tanto como a ella sus fans. "No sabés lo que son esas pendejas. Aunque esté yo, van y le arrebatan un beso." Igual, él jura no comprar suspiros: "Brusa me aconsejó mucho".
El legendario entrenador de Carlos Monzón le machacó una verdad durante las diecisiete horas que duró el regreso de Italia, donde La Hiena se cargó a Silvio Usini para ganar el título de la Unión Mundial de Boxeo: "Cuando vuelvas no vas a ser más un negrito de mierda. Vas a ser lindo y simpático para las señoritas". En boca de Rodrigo suena a ironía.
La muerte.
"yo me voy a morir joven. Tengo ese presentimiento. Se lo digo a Ale y ella se enoja." La mujer pone el pie: "Claro, porque cuando piensa en algo, siempre termina pasando". Por primera vez, Rodrigo deja los lentes azules sobre la mesa. "No, no me da miedo, porque ya viví a full. Pienso que mi vida se va a terminar rápido. La mayoría llega a campeón a los 25, o más. Yo fui campeón a los 22."
Hienamovil
. "me gusta-ría un bmw, descapotable. También tendría una limusina. Se la alquilaría a la gente a un precio muy accesible, para los casa-mientos, los cumpleaños." Por ahora, un Duna recién pintado de plateado duerme al costado de la casa. "Le quería pintar una hiena en el capot... por ahí lo hago."
La cara, la plata.
¿que hizo siendo campeón? Agitó el rating en todos los programas de entretenimientos. "Yo podría estar trabajando en televisión, porque soy distinto de los demás boxeadores. Tengo otra chispa." Así, coqueteando con la soberbia y la frescura, simuló un strip-tease con Andrea Frigerio, y lo que más disfrutó fue su duelo picaresco con un travestido Miguel del Sel. "Yo respeto a la gente con ingenio, que tiene rapidez para retrucar. Bah, como yo."
Los vidrios retumban con sus carcajadas editadas,ésas que hace algunos años me llevaron a bautizarloLa Hiena cuando apenas había cosechado nueve victorias. ¿Qué le quedó por hacer? "Ahora, si estuviese abierto, me la pasaría en el Italpark. Juntaba monedas abriendo puertas de taxis, pero nunca pude entrar ahí. Había un cartel de mierda que decía: «Los menores de edad deben entrar acompañados por un mayor»."
En toda la historia de Barrios la ausencia de adultos es notoria. Sus padres, separados durante años, recién se juntaron para recibirlo cuando vino con el título. "Yo tuve que aprender a ser padre, antes que hijo."
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