
Dirigida por Luc Jacquet
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Emotivo, bien contado y visualmente arrobador, este poderoso documental francés encierra un simbolismo que trasciende el mero goce estético de sus asombrosas tomas de una de las regiones más inhóspitas y solitarias del mundo.
A primera vista, la película es un estilizado ejercicio à la National Geographic que mitifica, a niveles de epopeya natural, la maldición que rige el ciclo anual de procreación del pingüino emperador, el más grande de su especie y el único ser vivo en la tierra capaz de aventurarse a desafiar el invierno en el corazón del continente antártico.
Cada año, al llegar el otoño, las colonias de pingüinos Emperador emprenden un largo viaje a pie hacia un lugar seguro en lo más profundo de la banquisa, el mismo donde han nacido sus ancestros por generaciones. Una vez llegados a destino, los miles de pingüinos reunidos en la explanada de hielo comenzarán un largo ritual que parte con un cortejo y termina con cientos de parejas determinadas a compartir los roles y resistir las más duras pruebas para que la gestación del único huevo puesto por la hembra tenga un final feliz. No será fácil.
El director, Luc Jacquet, parece haberse empeñado en exaltar cuán lejos está dispuesta a llegar una pareja monógama para responder el llamado de la naturaleza y perpetuar su especie repitiendo exactamente los mismos patrones de comportamiento, una vez por año. Tan loable objetivo le ha significado una excelente reputación de cinta familiar que le ha redituado numerosos reconocimientos en todo el mundo (incluida una nominación al Oscar de este año como Mejor Documental), amplia distribución internacional y una recaudación que, en menos de seis meses, dejó a La Marcha de los Pingüinos como el segundo documental más exitoso de todos los tiempos en boleterías (US$80 millones sólo en Estados Unidos), sólo detrás de Fahrenheit 9/11.
En su versión original francesa, el documental está narrado por tres voces distintas que asumen la perspectiva del padre, la madre y la cría, respectivamente. Además, la versión gala cuenta con una interesante banda sonora firmada por Émilie Simon. La versión distribuida en EE.UU., en cambio, cuenta con un solo narrador (el actor Morgan Freeman) completamente neutral, apoyado por una banda sonora mucho más convencional y un montaje ligeramente distinto al original, lo que le impide salirse del marco de un documental National Geographic tradicional, como sí lo hace la francesa. En Chile, afortunadamente, la que veremos será la versión francesa, claro que traducida al español. De acuerdo a lo informado por la distribuidora local de la cinta, MC Films, es muy probable que se distribuya también un par de copias en francés con subtítulos en castellano.





