
"La moda es imagen y, a veces, camuflaje"
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"La moda no es algo frívolo ni superficial, es cultura. Y cuando decimos cultura afirmamos que tiene un lenguaje, una manera de decir, un sistema de signos. Entonces, cada vez que nos vestimos estamos ejerciendo esa función tan importante del ser humano que es el habla", apunta Marta Ferino, socióloga especializada en moda y diseño.
"Y esto no lo digo yo, lo dice el mismísimo Umberto Eco. Claro que, como lenguaje, la moda es fundamentalmente sensorial, piensa con colores, con formas, texturas. Y cuando nos animamos a conocerla profundamente y sin prejuicios, descubrimos recorridos apasionantes", continúa.
Ferino es, además, docente e investigadora, y está trabajando con vistas al seminario La moda en el Bicentenario. Iconos de la indumentaria del siglo XX, previsto para el mes próximo.
"Al comienzo de Relaciones peligrosas, película de 1988 basada en una novela de Pierre Choderlos de Laclos, se muestra cómo se viste un personaje de la aristocracia francesa de fines del siglo XVIII. Estamos en vísperas de la revolución y la complejidad y la cantidad de elementos que debe ponerse hace que lo asista un grupo importante de personas. Observar la escena nos permite conocer cómo era la vida de esa aristocracia: nadie podía vestirse solo, era necesario contar con asistentes especializados. Además, disponer de mucho tiempo", agrega.
–¿Cómo llegamos a la indumentaria contemporánea?
–Hasta fines del siglo XVIII los hombres usaban medias floreadas, se pintaban lunares, se maquillaban, ¡se ponían pelucas hasta para ir a la guerra! La moda estaba circunscripta a la aristocracia y después estaban los plebeyos, que no participaban de esos lujos. Con la Revolución Francesa rodaron muchas cabezas y el siglo XVIII finaliza con grandes cambios culturales. Poco después, la Revolución Industrial propone la ética protestante, que entraña austeridad y rigurosidad en la indumentaria. Y el burgués siente la necesidad de diferenciarse de esa corte que consideraba ociosa y descarriada. En su metamorfosis, adopta el traje y el color gris, que significaban seriedad y confiabilidad en los negocios.
–¿Qué pasa con la mujer?
–La mujer queda desplazada al interior del hogar, a ser adorno del hombre, y la encargada de cuidar y organizar la vida social. Pero finalmente también ella se masculiniza: un ejemplo es el traje sastre y las hombreras desmesuradas. La mujer se apropia del traje burgués para aparecer como responsable y confiable en los negocios, claro que con el toque femenino. Es que, como lenguaje, la moda es imagen y, a veces, camuflaje.
–¿Cómo es eso?
–Piense en la primera reunión de alguien que va a solicitar un trabajo. Los signos son muy importantes, la comunicación no es verbal: todo aquello que no decimos está puesto en gestos, colores, actitud. Es como una segunda piel, como una frontera entre el mundo y yo. No es lo mismo llevar un abrigo de paño que uno de piel de zorro, porque si bien los dos abrigan, uno está hablando de un cierto status, pero, además, de una actitud. En cuanto al camuflaje, es un tema que puede rastrearse en la naturaleza, porque es una condición de la supervivencia de una especie. Hay animales que para desorientar a sus predadores toman la apariencia de vegetales o formaciones rocosas. Son estrategias lógicas para sobrevivir. Y piense en lo que hacen los famosos para que no los descubran: desde ponerse lentes muy oscuros hasta abrigos largos que pueden llegar a ocultar su verdadero sexo.
–¿Cómo crea un diseñador de indumentaria?
–Generalmente diseñan a partir de poner la tela sobre el cuerpo y observar las formas que va adoptando en esa relación casi escultórica, una manera de construir muy ligada al arte. El creador tiene, entre comillas, el desafío de transgredir los modelos estandarizados y experimentar nuevas maneras para resolver la función del diseño. Algo que desató una polémica cuando comenzó la carrera de Diseño de Indumentaria en la UBA y se trató de acercar a los empresarios, los alumnos. Para la lógica del empresario, la prenda debe ser un producto vendible en el mercado. El acuerdo se logra cuando las dos partes respetan algo fundamental: la funcionalidad de la prenda. La moda está ceñida a respetar esa función.
–¿Y las modas retro?
–Periódicamente aparece lo que denominamos moda retro, que es un intento de rescate de tiempos pasados: moda de los años 60, 70, 80, etcétera. Sin embargo, es algo meramente exterior. La posmodernidad vació de contenido los signos. Antes, la indumentaria de un hippie significaba un compromiso, y actualmente una joven vestida a lo hippie es una ocurrencia meramente estética. Creo que la juventud extraña eso y hay una búsqueda de nuevos significados. Por otra parte hay una reacción contra la cultura de lo descartable, de prolongar los tiempos de una prenda. Esto tropieza con algunos cuellos de botella: el trabajo de un buen artesano y la calidad de textiles durables encarecen los costos y obliga a replantear el mercado.
–¿Alguna otra revolución?
–Creo que la gran revolución son los textiles, la materia de la que están hechos los diseños. En estos últimos días, en menos de 24 horas pasamos por tres o cuatro climas. La tela, además de proteger, tendrá que hidratar, variar sus funciones según los cambios de temperatura. Es decir, que poco a poco vamos ir llegando a lo que llamaría telas inteligentes.
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