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Sí, sé que hay papás y mamás "prendidos" que adoctrinan a sus nenes en King Crimson, Miles Davis o Mozart sin esperar a que dejen de chuparse el dedo, a veces moldeando un bon vivant a largo plazo, y a veces temiendo que el pequeño demonio le saquée el stash en épocas de escasez al crecer. Sin embargo, no fue mi caso: dicen que la mesa larga de los domingos, llena de ravioles y añejas manchas de tuco casero, poblada por señoras con batón y panzones en camiseta que le gritan a la tele ("no te escucha Araujo, pa"), no termina de llevarse bien con la música -digámosle- sofisticada, y los Mancusi son la prueba viviente de ello. Más aún: como hermano mayor, tampoco ligué el "dejá esa mierda y escuchá esto que es la posta" que algunos heredan junto con los sweaters que quedaron cortos de mangas. De modo que así como aprendí a leer a los tres años sin ayuda de nadie (se los juro, de chico era inteligente y después desbarranqué) me las tuve que arreglar solo para hurgar en los anales del rock n´ roll (léase: "rocanrouuaaal") y convertirme, con el paso del tiempo, en un enfermito que tiene los mismos discos en MP3, CD y vinilo. A más de uno de ustedes le habrá pasado algo similar.
Pero ojo, porque el hecho de que no hayan estado instruidos en el rock progresivo, el jazz o la clásica no significa que no escucharan música. Generalmente en el auto (un Renault 12 Break color champagne, feo como una blasfemia pero con todo el aguante) mi papá metía algún tangazo en el pasacassette (estamos hablando de un Julio Sosa o un D´Arienzo... no las "mariconadas" de Piazzolla) o se hacía el gaucho con un Horacio Guarany o un Larralde. Mi mamá, en tanto, siempre fue una fanática perdida de los crooners melódicos: Julio Iglesias, José Luis Perales, Nino Bravo, uno que no se nombra porque es mufa (sáquenlo ustedes: José + "El fortín") y algún que otro bolero... hasta que llegó Luis Miguel y arruinó todo. Ahora escucha a Luciano Pereyra y Los Nocheros. Posta. Por suerte cocina como los dioses.
La reacción lógica de un trastornado de 13 años que out of fucking nowhere descubre a los Rolling Stones, se compra unas Topper rojas, lee a Bukowski y siente que el Che Guevara es un barbudito complaciente al lado de su descomunal cúmulo de rebeldía es reducir el gusto musical de sus padres a la categoría de bazofia obscena. Que Dyango cantara "Nostalgia" convertía un viaje en auto en una tortura china. Que Roberto Charles (otro innombrable) entonara "La distancia" era más penoso que martillarse una cutícula o, no sé, transarse a una iguana. Jamás se le daba una chance al enemigo: un compás, un "uh, la puta que lo parió" y "Street Fighting Man" en los auriculares. La cuestión es diferenciarse: yo soy joven, quiero otra vida, por Dios no me asocien a eso. Recuerdo una vez en la que escuchaba "Salud, dinero y amor" de Los Rodríguez y mi mamá dijo "¡que lindo tema!". Resultado: no menos de dos años de (dulce) condena para el pobre Sin documentos, que no había hecho nada.
Hasta que uno finalmente crece y deja de necesitar esos símbolos de identificación para sentirse a gusto consigo mismo. A medida que uno se va poniendo más grande (viejos son los trapos y, a esta altura, el anteriormente citado Renault 12), los prejuicios van cayendo: en mi caso el primero fue el del tango, parando la oreja al Polaco y a Edmundo Rivero, comprándome discos que luego le prestaba a mi papá y notando que en tres minutos de esa música melancólica y porteña había más rocanrol que en la discografía completa de Viejas Locas. Luego pasé a darle una chance a los cantantes melódicos de la vieja escuela: con Serrat no pude, pero Sabina me ganó; Julito Iglesias es a la música lo que Gerlo al golf, pero tenía unos compositores de la ostia; Perales es un grande y me le paro de manos a cualquiera que diga lo contrario; Luis Miguel es un pelotudo y punto.
Uno de los últimos bastiones de la resistencia musical / paternal en caer fue el folklore. Este verano me tocó cubrir para el malogrado diario Crítica un festival llamado Tantanakuy en Humahuaca, organizado por el maestro Jaime Torres. Ahí tuve el gusto de ver a Rubén Patagonia, a Mario Bofill, a Fortunato Ramos y a muchos otros artistas que me demostraron que dentro de ese género que otrora me enervaba hasta la violencia física se pueden hacer cosas de una belleza incomparable (ni les digo si tienen la suerte, como yo, de oírlos tocar con las sierras de fondo al atardecer). Hoy, gracias a eso, me permito disfrutar, por ejemplo, del peruano Arturo "Zambo" Cravero, y no me siento menos fan de Motörhead por ello (que lo sigo siendo pese a todo, carajo).
Finalmente, el bolero: respeto mucho a Manzanero, pero para mí la posta es Cuba. No me voy a explayar mucho en este apartado porque el tema que va a ilustrar estas líneas es un temazo del Trío Matamoros y... ¿para qué andar hablando?
Ustedes dirán: ahora viene la sarasa aleccionadora para que las generaciones más jóvenes abracen la milonga y la zamba y el son y la mar en coche. Y yo, para sorpresa de algunos, les respondo... que no tanto: si alguien tiene la suerte de poder disfrutar de la música en toda su vastedad mientras juega con los Rasti, bien por él. Pero si no se da, a no preocuparse: está bien querer pararse en la vereda de enfrente de los mayores cuando uno tiene 15, aún cuando haya que caer en giladas a las que uno después mira de reojo. Hay que darle tiempo al tiempo, forjar una identidad y, después sí, permitirse curiosear en todo lo que antes era tabú por las razones equivocadas. Después cada uno sabrá con qué quedarse y con qué no. Así las cosas se disfrutan más, porque son de verdad.
Uno de los placeres de la treintena (acá, 31, dentro de dos días) es ese momento en el que permitimos que la música de nuestros padres se haga carne en nosotros. El alivio es tremendo, créanme. Esas barreras (artificiales, porque no estaban hechas de verdadera repulsión musical sino de berrinche adolescente) se derrumban y el disfrute es gigante. La idea es acumular, no reemplazar: después de todo, la discoteca puede llenarse, pero el gusto musical no ocupa lugar, y aunque no lo crean, Sepultura y Serrat pueden pegarse por obra y gracia del orden alfabético y convivir en paz. Y para complementar lo dicho, "Lágrimas negras" para todo el mundo. Porque, a fin de cuentas, es sólo viejazo pero me gusta.
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