La necesidad humana de los sueños
"El día que me quieras", de José Ignacio Cabrujas. Intérpretes: Rita Terranova, Mario Pasik, Leonor Manso, Roxana Carrata, Miguel Moyano, Rodrigo Monti y Angel Rico. Escenografía: Patricio Sarmiento e Inés Castro. Vestuario: Marina Aldalur. Iluminación: Daniel Zappietro. Coreografía: Doris Petroni. Dirección: Julio Baccaro. Duración: 106 minutos. En el Cervantes. Nuestra opinión: Muy bueno
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Corre el año 1935 y la realidad en la América latina de entonces no difería mucho de la actual en cuanto al índice de pobreza, la diferencia de las clases sociales, el desempleo y, sobre todo, la falta de ilusiones.
De este tema habla Cabrujas en "El día que me quieras", pero, aunque ubica la acción en Caracas, Venezuela, enfoca la mirada sobre la necesidad de los seres humanos, más allá de los límites geográficos, de vivir un sueño o alimentar una fantasía para poder seguir viviendo con un poco de alegría.
En la casa de la familia Ancízar, herederos de un antepasado militar que vivió épocas ilustres, viven tres hermanos y una sobrina. Representantes de una clase media no muy esplendorosa y ciudadanos de un país que está presidido por un dictador, no tienen mayores expectativas de futuro. Por eso, la llegada de Carlos Gardel para realizar un show altera la rutina de esta familia y da motivos para que cada diálogo esté teñido de entusiasmo y alejado de las tristezas.
Sólo una de las hermanas se mantiene con un cable a tierra y sueña, estimulada por su novio crónico (llevan diez años de noviazgo), con que algún día podrá ir a vivir a Ucrania, donde, según dice Stalin (es 1935), se encuentra el paraíso de los hombres que quieren vivir en igualdad de derechos y lejos de las injusticias.
Son dos fantasías que se entrecruzan y, por momentos, se oponen, pero nunca llegan a producir la fractura de las relaciones familiares. El afecto y la comprensión fraternal superan todas las diferencias e incluso dejan la puerta abierta para la esperanza.
Es una pieza eminentemente realista donde cada personaje está dibujado con una sutil pincelada que, si bien no alcanza a diseñar un cuadro de nítidos perfiles, sirve para desarrollar los de mayor peso dramático: Elvira, la hermana mayor; María Luisa, la hermana idealista, y Pío Miranda, el novio comunista.
Trabajo de filigrana
Nadie mejor que Julio Baccaro con su obsesivo rigor para traducir elocuentemente este micromundo donde impera la sensibilidad femenina. Desde el más pequeño detalle del vestuario o el peinado, hasta el gesto más insignificante, se nota la mano del director.
Ni qué decir de las interpretaciones, donde Leonor Manso vuelve a brillar en la piel de la hermana mayor, no sólo por la composición del personaje, sino también por el acierto en la definición del carácter de esa mujer de edad ya madura que oscila entre la mojigatería y la desaprensión.
No se queda atrás Rita Terranova como la militante, con un trabajo que la muestra desdoblada entre la idealista que no acepta abandonar su proyecto de vida y la sufriente novia que no ve como futuro la posibilidad de un matrimonio auspicioso.
Débil por momentos, pero con mayor fuerza durante el transcurso de la obra, Mario Pasik va dándole calor al personaje del novio comunista, abatido por un trágico pasado e incómodo dentro de la limitada realidad que le ha tocado vivir.
También son acertadas, por lo verosímiles, las interpretaciones del resto del elenco, que merecen mencionarse: Roxana Carrara, Miguel Moyano, Rodrigo Monti y Angel Rico, este último en un acertado Carlos Gardel.
Cabe mencionar que Baccaro contó con el respaldo de una escenografía muy creativa, que escapa de los límites del realismo para sugerir un clima de intimidad con algunos detalles estructurales, sobre todo en el armado de los grandes árboles del jardín. Hermosa, por otra parte, es la escena de los fuegos artificiales.
El mismo rigor que se aplicó a la reconstrucción de la época se hizo extensivo al vestuario donde todo cae dentro del estilo que corresponde.
En conjunto, un bordado de encaje que, a pesar de los años, no ha perdido su belleza ni el valor del trabajo artesanal.





