
La (pre)historia de las salas alternativas porteñas
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En la variedad de salas alternativas porteñas se cumple el rito de compartir historias, de darles formas y que esas formas se expandan. Claro que cada uno de esos galpones o casas de familia tienen su historia previa antes de ser lo que son. En el libro Una sala, todas las salas, que recientemente publicó Artei, la Asociación Argentina de Teatro Independiente, los mismos gestores de esos espacios cuentan del pasado de esos edificios.
Desde 2003, en las paredes de Abasto Social Club se respiran otros aires. Antes de esa fecha era un taller de reparación de equipos de aire acondicionado. A pocas cuadras está el Beckett Teatro que supo ser un depósito de bananas (la misma función que había tenía el mítico teatro Babilonia). En pleno centro porteño está Andamio 90, sala que fundó Alejandra Boero. Antes de su ser teatro, el lugar era un local de ventas y depósitos de pernos y pistones. En Monserrat está el Calibán, la sala de Norman Briski. Ese espacio al que se llega luego de atravesar un largo pasillo era una fábrica de corte y confección. Varias salas porteñas (como el Circuito Cultural Barracas, Santos 4040, el Club de Trapecista. Crisol Teatro y El Jufré) tuvieron un pasado vinculado a lo textil como se tendiera una trama con los que se encargan del diseño de vestuario de una obra de teatro.
El espacio en donde está palermitano Chacarerean Teatre era una carpintería; y la sala La Carpintería se llama de ese modo en honor a su pasado. El mismo criterio para denominar a la sala aplicaron los gestores La Sodería, del barrio de Saavedra. El espacio actual fue montado aprovechando los lugares de una centenaria fábrica de soda con su calle interna de adoquines por la cual transitaban los carros tirados por los caballos que transportaban la soda. Al espacio teatral Delborde, de San Telmo le pusieron ese nombre porque en 1850 uno de los límites de la ciudad era sobre la actual calle Chile. En esa casona de más de 100 años cuentan los vecinos que en época de Rosas vivían los libertos

El pasado de varias salas del circuito alternativo porteño está ligado a libros, al olor a tinta. El Teatro de la Fábula era un depósito de libros. Cuando 1965 se transformó en teatro las maderas de las estanterías las aprovecharon para la base del piso del escenario actual. Korinthio Teatro fue una librería. Pan y Circo, de Boedo, tuvo un pasado similar y otro más formativo: allí funcionó una de las tantas sedes de la Academia Pitman en donde varias generaciones tomaron cursos de taquigrafía y dactilografía. El Galpón de Catalinas supo ser un depósito de tintas de imprenta. Desde 1997 allí se imprime esa historia de teatro comunitaria en pleno corazón de La Boca. En donde está Sala de Máquinas, zona de Tribunales, funcionaron 5 oficinas de una editorial judicial que estuvieron abandonadas durante 10 años. Actualmente, es un espacio de experimentación escénica.

En el Teatro Colonial, el que está ubicado en Paseo Colón, funcionó la antigua Aduana de Buenos Aires. El Excéntrico de la 18, de Villa Crespo, supo ser la casa de Cristina Banegas, la gestora de la sala desde 1984. Pero antes allí funcionó una broncería. El Extranjero tuvo pasados diversos: fue concesionaria de autos usados, frigorífico y depósito de artículos de jardinería. El (pre)historia de la sala El Ópalo, del barrio de Balvanera, también tuvo pasos diversos. En una de sus tantas etapas fue un burdel. El Vitral, también a metros de la avenida Corrientes, durante un tiempo fue sede de la Sociedad Francesa de Socorros Mutuos, entidad que en sus inicios cobijó a los inmigrantes franceses desprotegidos que vinieron a habitar este suelo.
Espacio Aguirre, de Villa Crespo, supo ser una fábrica de juguetes. "Qué mejor que la impronta de una fábrica de juguetes para montar un teatro y una escuela de payasos", se pregunta y responde Marcelo Katz, payaso y gestor de la sala, en el libro de Artei. Cerca de ahí está La Galera, espacio fundamental del teatro para todas las edades, que supo ser un taller mecánico. No Avestruz fue una fábrica de colchones. En Tercer Acto (ex La Clac) funcionó una bóveda de caudales. En el Teatro Río Colorado se vendía jamón serrano.
Desde hace un tiempo Federico León viene desarrollando un proyecto que llama La última película. Consiste en proyectar en una de esas tantas salas de cine que pasaron a ser playas de estacionamiento de autos la última cinta que se proyectó en ese espacio antes de cerrar. El mes pasado, en el marco del FIBA, intervino una parking del microcentro en donde funcionó el cine Real. Proyectó La ley de la calle. Varias salas porteñas vienen realizando el proceso inverso. El Sportivo Teatral, de Ricardo Bartis, fue un depósito de ambulancia y otras tres salas porteñas (Anfritrión, El Popular y los 1.300 metros cuadrados de El Galpón de Guevara) supieron ser playas de estacionamiento. Sin ponerse de acuerdo, desde hace un tiempo en esas mismas arquitecturas ahora se cumple el viejo rito de compartir historias, de los aplausos.
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