La Rondine de Puccini, cien años después

Pola Suárez Urtubey
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25 de agosto de 2017  

No habían transcurrido ni siquiera dos meses desde su estreno mundial en Montecarlo cuando La Rondine (La golondrina) de Giacomo Puccini fue conocida en nuestro Teatro Colón. Esto ocurrió el 24 de mayo de 1917, con dirección de Gino Marinuzzi, quien la había dirigido por vez primera el 27 de marzo en el Teatro del Casino de Montecarlo con actuación protagónica de Gilda Dalla Rizza, acompañada por Tito Schipa. En nuestra ciudad la golondrina pucciniana reapareció tan sólo en 1971, con dirección de Miguel Ángel Veltri y Jeannette Pilou, para retornar en otras temporadas.

Recordemos que la acción transcurre en París y en un lugar cercano a Niza, durante los años del Segundo Imperio (1852-1870). Magda, la protagonista, es una dama "extraviada", aunque noble de nacimiento, la cual vive lujosamente gracias a sus relaciones con un rico banquero. El joven de quien se enamora es un estudiante provinciano que llega a la capital francesa. El muchacho la ama sinceramente, pero desconoce su situación: cree estar ante una buena chica de ciudad, no demasiado diferente de las de su pueblo, por cuanto ella oculta su verdadera situación e identidad bajo el nombre de Paulette. La pareja busca refugio para su amor en un apartado rincón no lejos de Niza, pero una carta de la madre de Ruggero -tal el nombre del enamorado- en la que acepta recibirla como nuera, siempre que sea "casta y pura", echa por tierra la historia de amor. La golondrina renuncia a entrar en un hogar decente (¿y aburrido?) y emprende nuevo vuelo, otra vez cerca de París, sabedora de que el banquero aún la espera.

La obra se divide en tres actos. Es una partitura relativamente breve, y en esa condición -brevedad, equilibrio, armonía de proporciones- reside parte de su mayor encanto. Entre otras razones porque ello le permite al autor realizar un trabajo de filigrana, de exquisita elaboración. Es cierto. Si se escuchan con atención la levedad y el refinamiento de los diálogos, la variedad rítmica de sus ariosos, que a veces apenas parecen apoyarse, tanta es su sutileza en la orquestación, se llega a la conclusión de que La Rondine es una muestra terminante de un Puccini maduro a carta cabal.

La presencia del vals, resultado de su punto de partida con la idea de una opereta, es aquí constante. En general sus valses tienen el acento, la languidez y el movimiento lento propios del vals francés, aunque en la algarabía del segundo acto se impone el movimiento arrollador del vals vienés. Pues bien, esta presencia resulta sincrónica respecto de una pieza frívola que se desarrolla en los años de Napoleón III. Sin embargo, tomándose licencias, a la manera de Richard Strauss en su Caballero de la rosa, Puccini recurre a especies danzantes de la década de 1910, completamente anacrónicas respecto de la época en que transcurre su historia. Algunos estudiosos advierten que el relato de Ruggero acerca de las jóvenes de Montauban está trazado sobre los rasgos del one step, danza norteamericana que surgió antes de la Primera Guerra. Y que el dúo de los enamorados en el segundo acto, "Per che mai cercate", adquiere carácter de fox trot lento. Y aun hay quienes creen descubrir que en el final del primer acto aparece un ritmo de tango, cosa bastante discutible. De todas maneras, de haber pensado Puccini en un tango argentino, que efectivamente ingresa en Francia antes de la Primera Guerra, se habría anticipado en un año al menos a la utilización de esta especie por Stravinski en su Historia del soldado.

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